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“Dead Man Walking” de Jake Heggie, impactante estreno en el Real

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Tras la discutida presentación de “La Boheme”, El Teatro Real continúa con la programación del bicentenario ofreciendo a continuación el novedoso título “Dead Man Walking”, primera ópera del norteamericano Jake Heggie, centrada en el libro del mismo título de la religiosa Helen Prejean, que ya en su día, con el nombre de “Pena de muerte” fue llevada al cine por el director Tim Robbins, protagonizada por Sean Penn y Susan Sarandon, obteniendo el Oscar a la mejor actriz y a la mejor película del año 1996.

Este título surgió por encargo de la San Francisco Ópera, estrenándose en la War Memorial Ópera House de San Francisco el 7 de octubre de 2000 con rotundo éxito como prueba el hecho de que, desde esa fecha se ha representado en más de trescientas ocasiones en los teatros líricos más importantes del mundo, considerándose actualmente como una de las óperas más populares de norteamérica. La WNO, una de las voces más importantes y significativas contra la pena de muerte, la ha representado cincuenta veces como parte de la conmemoración del centenario del Presidente Kennedy y como llamada de atención y condena por el hecho de que en dicho país existan todavía treinta y un estados en los que aún se lleva a efecto la pena de muerte.

El argumento de “Dead Man Walking” parte del hecho real de que un hombre es acusado de haber cometido un monstruoso crimen y condenado a muerte. No se centra en si la aplicación de esta pena capital es justa o injusta, sino que, yendo bastante más allá, se basa realmente en quien merece nuestro perdón. Este es el verdadero dilema que la hermana Helen Prejean –joven religiosa de Luisiana, elegida para prestar ayuda espiritual al reo Josep de Rocher en los momentos previos a su muerte- plantea en su dramática historia: es más una profunda reflexión sobre el poder redentor del perdón basado en el amor, dado que ella, sin excepción, defiende al máximo, la dignidad de todas las personas.

El compositor americano Jake Heggie (1961), autor de otras óperas como “La vida es bella” y de numerosas canciones dotadas de una especial melodía que son interpretadas actualmente por los mejores cantantes norteamericanos, encontró en esta historia de redención, el material apropiado para la preparación de una ópera norteamericana de carácter universal. Una idea que, unida al denso y expresivo libreto que en dos actos preparó el escritor Terence McNally y sobre el que Heggie, a partir de unos pasajes musicales cargados de motivos melódicos y rítmicos que van alcanzando poco a poco una fuerte intensidad para decrecer en el instante en que la religiosa, agobiada y superada por la presión física y emocional que le supone el trato con el reo, se derrumba.

Momento crucial en el que la carga de la música, perfectamente identificada con la trama trágica de la obra, pone a prueba la capacidad de empatía del espectador para que, por sí mismo vaya, poco a poco, sacando sus propias conclusiones, cuestionando sus ideas para responder lo que él haría si se encontrara en la misma situación que la trama le está ofreciendo en el escenario, pensando que Prejean podríamos ser cualquiera de nosotros, pudiendo descubrir directamente a través de sus ojos las peculiaridades de cada uno de los personajes que se integran en la historia; el reo, su familia y la de la víctima. Una trama en la que todos sus protagonistas son personas vulgares y corrientes, gente normal llevada circunstancialmente al límite, individuos no diferentes a ninguno de nosotros, por lo que –como una forma de meter directamente al espectador en el corazón de la obra- cabe preguntarse ¿Cuál y cómo sería nuestra respuesta si nos viéramos envueltos en situaciones parecidas?

Cuando el reo solicita la ayuda espiritual de la religiosa -que trabajaba con desheredados de los alrededores de New York- , lo hace con una arrogancia y falta de escrúpulos total, porque en principio solo desea utilizarla como palanca para atenuar la gravedad de su caso y hasta obtener, si puede, su indulto. Pero a lo largo de sus densas conversaciones, tras un traumático proceso de diálogo, va cediendo progresivamente y asumiendo la realidad del daño causado, llegando, incluso, al arrepentimiento y, en los momentos finales, solicitar el perdón de los padres de las víctimas. A través de este difícil itinerario, tan duro para ella como para todos los demás, Prejean propone una seria reflexión sobre el poder redentor de ese amor, que puede perdonar, por lo que la verdadera tensión del drama, a través de un doble itinerario, recae en los diálogos entre la monja y el preso, así como con la particular reacción que, con este motivo, se genera en las respectivas familias, resultando deliciosa la conversación de madre e hijo.

Jake Heggie, un auténtico melodista, a través de su riquísima y moderna partitura, bucea y navega con gran pericia por los estilos musicales más diversos, manteniendo siempre una misma orientación dulce y armoniosa llena de sencillez y atractivo, para ponerlo todo al servicio del mejor desarrollo de la trágica trama. Su realización musical se articula, fundamentalmente, a través en un lenguaje tonal lleno de modernidad y verismo, sin olvidar nunca, según el momento, de las orientaciones melodiosas que deben tener los largos recitativos que, partiendo de la línea del “Porgy and Bess” de Gershuin y la “Street Scene” de Kurt Weill, tiene claras referencias a autores como Britten, Ravel, C. Debussy, Prokofiev , Mozart, Verdi y Puccini.

Puesta en escena
Leonard Foglia, para reflejar escénicamente en toda su magnitud la variedad de sentimientos que encierra la historia de Prejea – muy bien recogidos por Terrence McNally en su libreto-, ha diseñado un tríptico muy diverso de situaciones, compactas y con mucho ingenio y efectividad, para resolver con prontitud y sencillez ese cúmulo técnico tan variado de escenas que la obra requiere; los brutales momentos del comienzo con la reproducción del mostruoso crimen de De-Rocher, así como los realistas instantes finales de su ejecución , junto a un atisbo real de la vida de los reclusos en les célebres “patios carcelarios”, a los que se unen los trascendentales momentos de las “conversaciones” entre todos los personajes, para dar cauce a las numerosas ideas que constituyen la verdadera trama de la historia. Un tríptico escénico lleno de atractivo y aciertos que destaca también por la afortunada iluminación de Brian Nason, magníficamente adobado por las sentimentales voces de los pequeños cantores de la JORCAM, bien dirigidos por Ana González y las cortas pero eficaces intervenciones del coro titular redondeado por la exquisita versión de Mark Wigglesworth al frente de la Orquesta titular del Teatro.

La mezzosoprano Joyce Didonato (Hermana Prejean ) y el barítono Michael Mayes (Reo de Rocher), principales soportes de la trama de la ópera, vocal y escénicamente han realizado un trabajo auténticamente modélico, lleno de sinceridad y convencimiento, lo mismo que el resto del elenco, del que cabe destacar a Measha Bueggergosmann (hermana Rose) y, muy especialmente a María Zifchak (madre de De Rocher) por la particular dulzura y serenidad con que ha sabido defender el papel tan delicado de madre de un asesino.

Para cerrar el círculo de esta novedosa e impactante producción -que, por sus aciertos, puede convertirse en la líder del bicentenario-, como viene siendo habitual, El Real ha preparado una amplia batería de actos culturales paralelos que, sin duda, reforzarán la presencia de esta excepcional obra de Jake Heggie.
..Redacción
..Fotografía. Javier del Real

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