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“Lucía de Lammermoor” vuelve con todos los honores al Real

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..Redacción.
Estrenada en el Teatro San Carlo de Nápoles el 25 de septiembre de 1835, este “dramma trágico” en tres actos de Gaetano Donizetti subió por primera vez al escenario del Real el 31 de mayo de 1851.

Vuelve de nuevo con una interesante producción de la English National Opera, estrenada con gran éxito en el año 2010, con dirección escénica de David Alden, musical de Daniel Oren y escenografía de Charles Edwards, con la Orquesta y el Coro titulares del Teatro y un destacado doble elenco.

Donizetti es, sin duda, un compositor con el que el Real tiene una particular afinidad. Por muchas razones este título es también una de las óperas más paradigmáticas de la ópera italiana del romanticismo, el más logrado de su autor y el que, desde su estreno en 1835 más admiración despertó entre la crítica y los aficionados. Su autor hizo de ella un auténtico vehículo para conmover profundamente al aficionado, siendo a la vez el que le abrió las puertas de casi todos los teatros de ópera del mundo. Actualmente es una de las obras líricas más apreciadas y esperadas por el público, tanto por el atractivo general que su partitura encierra, como por los numerosos pasajes que ponen a prueba la técnica y cualidades de todos sus intérpretes, especialmente los de Lucia y Edgardo . Basta citar como muestra la espléndida y extensa secuencia de la locura y el conocido sexteto del comienzo del 2º acto, considerados como parte fundamental de la historia de la lírica, según comenta el crítico musical Pablo Meléndez.

Superados los diversos avatares que bien por cuestiones económicas o por las exigencias del carácter del propio Donizetti sufrió esta obra, así como por el contenido del libreto de Cammarano que tuvo que luchar contra las exigencias de la censura, “Lucia” fue el título que consagró definitivamente a su autor que con un Rossini que, a pesar de su juventud, se negaba a seguir componiendo y tras la prematura muerte de V. Bellini, el público vió en él a un nuevo gran autor al que admirar.

Salvatore Cammarano encontró en la obra homónima del escocés Walter Scott elementos suficientes para realizar el libreto ideal para que Donizetti preparara una obra con gran atractivo, incluyendo los principales elementos del romanticismo, así como sus aspectos filosóficos y sicológicos, en los que los deseos de la razón priman sobre los del corazón que se consideran superiores a aquellos. De ahí que el propio Goethe opinara que los románticos habían perdido su confianza en ella, considerando que lo único auténticamente válido que debía prevalecer eran los sentimientos de las personas. Ideas que el libretista intentó reflejar en su texto y que el compositor plasmó con gran delicadeza y atractivo en la partitura de su “Lucía”, reflejando, como pocos compositores han sabido hacerlo, los sentimientos más delicados del amor, la soledad, el mundo interior de sus atormentados protagonistas, así como la tristeza, la melancolía y un aspecto tan importante en estos casos como es la desesperación, que tan bien refleja W. Scott en su obra original “The bride of Lammermoor”, que Donizetti refleja en su música de forma tan apasionada como bella.

Cuando tras los cuatro minutos iniciales de la obertura, la orquesta estalla esplendorosamente para dar entrada al primer aria, “reinando el silencio”, interpretada por la protagonista, es cuando verdaderamente comienza el drama de la obra. Un aria que, igual que en la inicial de Gilda en el Rigoletto de Verdi, representa la alegría, la desazón y la intimidad de su alma. De ahí que su intérprete, que ha de afrontar uno de los papeles más duros y difíciles de la historia de la lírica, debe poseer unas cualidades musicales especiales para encarnar a una mujer joven, para la que Donizetti ha diseñado unas dificilísimas arias de bravura y ser capaz de representar alternativamente las lágrimas, la alegría y la desazón con gran verismo a lo largo del extenso desarrollo de la obra, además de la intimidad de su alma. Como heroina de este título, excepto en el gran dúo amoroso que mantiene en el primer acto con Edgardo, no disfruta en toda la ópera de ningún momento de felicidad o descanso amoroso. Su posterior derrumbe físico y sicológico es el resultado normal de esa permanente tensión que vive, no consiguiendo encontrar su paz y serenidad interior hasta el final, cuando se entrega a las sombras de la muerte. Las brillantes coloraturas situadas en la citada escena de la locura son el gran complemento del atractivo y complejo esquema musical que la obra contiene, que constituyen los mejores momentos para el lucimiento de la soprano protagonista.

Esta producción del Real tiene dos aspectos interesantes, el primero es que su puesta en escena es casi completa. Apenas se han suprimido momentos de la obra original, como de forma tan habitual suele hacerse en otras representaciones y la segunda es la sustitución en la citada secuencia de la locura del tercer acto en la que la flauta que inicialmente acompañaba en su delirio a Lucía, por otro instrumento conocido como armónica de cristal que aporta un tono mucho más melódico y romántico a la expresividad y angustia que en esos momentos vive la protagonista.

Entre las grandes intérpretes modernas de este personaje se encuentran las sopranos María Callas, Joan Sutherland y Renata Scotto. Cada una de ellas aportó su particular personalidad a los ricos matices interpretativos con que debe vivirse este sufrido personaje, consiguiendo que el desarrollo de su acción a lo largo de toda la obra, haya resultado cada vez más atractivo. La “Lucía” de Donizetti es, probablemente, hasta hoy, la ópera que más se ha representado en la historia del campo de la lírica y subido a más escenarios del mundo. Es también el título más socorrido para los intereses de cualquier teatro de ópera que decida afrontarla.

Puesta en escena
David Alden ha concebido una dirección de escena muy esquemática y sencilla, situándola en un antiguo castillo victoriano, facilitando con ello que la atención del espectador pueda centrarse con mayor facilidad en el disfrute de la melodía, La idea de utilizar la vieja técnica del “teatro dentro del teatro” con la presentación de un hipotético escenario que sirva para resaltar la fantasía e imaginación del sentido de la acción de los protagonistas, aportó poco o nada. La partitura de Donizetti tiene tanta fuerza y su texto tanta convicción que no precisa aditamentos de ningún tipo para ganar en atractivo, No así la escenografía de Charles Edwards que tuvo demasiadas incongruencias en los movimientos de algunos protagonistas, especialmente en los momentos relacionados con el hipotético intento de incesto de su hermano Enrico.

El particular registro sonoro de la soprano Lisette Oropesa, así como su significativa fuerza dramática, le permitió entrar de forma brillante en el desarrollo del protagonismo de un personaje tan complejo como el de Lucía, haciendo gala de la amplitud de su variado campo sonoro, sumamente atractivo en los tonos medios y en las numerosas subidas que con tanta frecuencia plantea Donizetti. Javier Camarena brilló con la misma intensidad en ese tampoco fácil papel de Edgardo, para el que el compositor ha reservado también numerosos pasajes de lucimiento, no exentos de dificultad, similares a los de Lucía, mostrándose con auténtico atractivo tanto en los momentos de fogosidad apasionada como en los del más puro belcantismo, especialmente en las generosas arias con que se cierra la obra.

El resto del elenco, entre ellos el conocido como 2º reparto, encabezado por Venera Gimadieva -Lucía- e Ismael Jordi -Edgardo, , actuó sin ninguna distinción de categoría,tan brillante como el primero, así como el Coro, muy bien preparado por Andrés Máspero y la orquesta titular del teatro dirigida con auténtica sensibilidad melodista por Daniel Oren. Todos han contribuido eficazmente a que esta “Lucía “ se haya convertido en el mejor “Lieto fine” que podía tener esta brillante temporada escénica.