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¿El médico es hombre o mujer?

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Lola Granada
Desde el momento en que la mujer –tras superar no pocas dificultades-se ha incorporado de pleno derecho a todas las actividades sociales y profesionales de la sociedad actual, han empezado a surgir las clásicas preguntas que se relacionan con su competencia para desarrollar una determinada labor. Sin esgrimir ninguna postura antifeminista o machista, sino realista, hablando solamente con plena sinceridad, no hay más  remedio que reconocer que, hoy, la mujer está tan capacitada como el hombre para desempeñar cualquier trabajo profesional. Toda discusión sobre este tema resulta tan vaga como inadecuada  De ahí que no se entiendan muy bien  los comentarios que en algunos sectores han surgido tras el análisis de los resultados de los últimos exámenes de los MIR que ha dado un balance muy positivo de mujeres aprobadas respecto al de hombres.

El Jesuita P. Teilard de Chardin, en su ensayo “el fenómeno humano” se expresaba de esta forma: “No es solo el hombre, el centro de la perspectiva del universo,  sino también el centro de su construcción. Si realmente ver  es ser más, hay que mirar al hombre con un concepto global -es decir, sin distinción de sexo- para poder vivir más intensamente cualquier aspecto de la vida”. Aristóteles sostenía que la ética está  establecida sobre la conciencia del hombre, considerado en su más amplio sentido, sin descender a distinción alguna que separe  la idea de si es hombre o mujer y porque la ciencia de la medicina, a fin de cuentas, es la ciencia del hombre –con el concepto sobre él que se ha indicado- pero que no debe creerse, por celo, que es el verdadero y único  descubridor  de todo lo que se refiere al cuerpo humano, “su componedor” o “arreglador”. Si fuera así podría, con cierta facilidad, ser sustituido o suplantado por un cerebro electrónico capaz de realizar diagnósticos o inventar fórmulas. No. Debe estar dispuesto y capacitado, además, para tratar otros aspectos como el somático, que es una parte muy importante de su profesión, como es la preocupación amplia de los problemas anexos que afectan  al paciente o enfermo, como quiera llamársele.

Precisamente a la ética humanista se le ha objetado en bastantes ocasiones de cierta carencia de algo que trasciende al hombre, especial para el comportamiento ético del médico. Si se acepta la tesis teologal de que el hombre ha sido hecho a imagen  de su Creador, no queda otra salida que la de considerar que el ocuparse de esa persona para cuidar y proteger ese preciado bien que es la salud, no hay más remedio que considerar que es un trabajo envuelto necesariamente en una ética trascendente.

Si, en cambio, por un momento, se pudiera dejar de lado la idea teologal, el famoso psicoanalista alemán Erich Fromm (1900/1980) que sostiene que no hay nada más superior o digno como el ocuparse de los problemas físicos inherentes a la existencia humana. Esta existencia, no conviene olvidarlo, está íntimamente ligada a lo que hace el médico, para ser un buen cultivador de ella. Por ello, además de ciencia, debe ponerle oficio, arte, sentimiento y, hasta, pasión, en definitiva, alma.

El hombre, sin distinción de si es varón o mujer, en el desempeño de su trabajo de escultor en todo lo que se refiere al cuerpo humano para analizarlo y corregirlo con objeto de que todo él funcione a la perfección, a diferencia de otras especies animales no racionales, como dice tambíen  Chardin, apareja un valor implícito admirable, que hace inútil o vana la discusión del sexo de la persona que ejerza esa encomiable función.

Para los que asimilan y definen que la ética  médica es, ante todo, “ética humanista”, dado que se basa en una ciencia del hombre que, cuanto más científico sea el actuar profesional del médico, que no debe despojarse del ropaje sentimental o espiritualista que le rodea, para basarse únicamente en los resultados que le ofrecen las “máquinas” que captan únicamente unos datos fríos del estado de los órganos examinados al paciente. La sociedad valorará muy bien toda la ciencia que el profesional despliegue en el cuidado de su enfermo, pero teniendo en cuenta que el profesional no debe olvidar nunca ese concepto de la “ética humanista”, que tanto bien le aporta al ejercicio de la medicina.

Con todo esto se puede deducir que resultan algo inoportunos ciertos comentarios que han surgido del seno de algunas instituciones o asociaciones sanitarias que ven un peligro en ese exceso de feminización en que ha entrado, o está entrando, nuestra medicina, al recordar el dato antes mencionado de la  proporción tan elevada de mujeres que han  superado las últimas pruebas del MIR. De los 6.112 médicos admitidos, el 64,8 % – es decir, 3.960 personas son mujeres, de esa cifra, el 85% pertenecen a la especialidad de obstetricia y  ginecología y el 79% a pediatría, según un informe realizado por el servicio de estadística del Sindicato Médico de Granada que informa al  mismo tiempo del hecho de  que el 85% de alumnos de varias facultades está compuesto por mujeres. Una prueba más de la inmediata feminización de la medicina.

Una de las voces más críticas de estos comentarios ha sido la del Presidente de la Asociación Española de Pediatría (AEP), Serafín Montoya, quien no le da más importancia a estas matizaciones numéricas y no se plantea que haya que ejercer un control en este acceso de la mujer  a la carrera de medicina, a pesar de que esta feminización no haya hecho nada más que empezar.

Esta dificultad, de existir, solo planteará, de momento, problemas por las posibles bajas por maternidad y de carácter personal para que las profesionales femeninas puedan atender debidamente sus necesidades familiares, más propias de la mujer que del hombre. Un problema que solo se da ahora en España. En Gran Bretaña, por ejemplo, no sucede así, dado que son los médicos de familia los que atienden a los menores, en lugar de los pediatras.