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La subcontrata de la relación médico-paciente

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Los legisladores, al tratar sobre los sistemas sanitarios, ponen al paciente en el centro de sus prioridades, como no podría ser de otra manera. También a los políticos y gestores sanitarios se les llena la boca con argumentos a favor de que toda la planificación sanitaria y la actuación médica debe girar en torno a la figura del actor principal de la sanidad, el paciente. Pero la experiencia de los que vivimos la sanidad desde dentro, día a día, se aparta bastante de esta situación ideal y los criterios que rigen la organización asistencial, pues sus prioridades y recomendaciones van más bien encaminados hacia la consecución perentoria de unos objetivos de tinte más bien propagandístico y electoral que beneficiosos para nuestros pacientes. Existen muchos ejemplos al respecto, pero lo que está ocurriendo con la gestión de la lista de espera quirúrgica en Madrid es un paradigma de planificación asistencial con intereses particulares, sin tener en cuenta a nuestros pacientes, incluso con perjuicio de su situación.

El acto quirúrgico, es en sí una situación de intensa repercusión emocional en el paciente. Incluso ante indicaciones de intervenciones quirúrgicas de poca complejidad, el español medio siente un gran miedo escénico. Influyen en este sentimiento factores culturales y sociales. Cuando alguien va a ser “operado” en nuestro medio se produce un movimiento familiar de solidaridad, con toda su parafernalia, que en ocasiones incrementa la solemnidad del hecho.Los médicos hemos aprendido a gestionar estas situaciones conflictivas y sabemos “quitar hierro” al impacto psico-social y personal que significa enfrentarse a una intervención quirúrgica, con su correspondiente acto anestésico, a veces también engrandecido por nuestro acervo cultural.

La relación médico-paciente es una gran herramienta para poner las cosas en su justa medida en estos casos y tranquilizar al paciente, en caso necesario, dándole la medida justa de la importancia del hecho clínico. La imagen de un “cirujano” que conduce tu proceso diagnóstico y te convence de la necesidad de esa actuación , al mismo tiempo que explica todas las dudas y elimina los temores infundados, es la mejor medida para que el paciente afronte su intervención quirúrgica con menor ansiedad, con unas expectativas de resultados razonables, donde el consentimiento informado se convierte, más que en una dejación de responsabilidades, en un documento de depósito de confianza plena en una persona con nombre, conocimientos, cara y ademanes que hacen que “pongamos nuestra vida en sus manos” , como se dice vulgarmente , con total confianza.

Pero lo que esta ocurriendo en los últimos años en Madrid, y cada vez con mayor frecuencia, es que cuando esa persona en la que confiamos nos da el impreso de inclusión en la lista de espera quirúrgica y acudimos con él a la oficina de Admisión del correspondiente hospital, todo cambia. Ahora ya no prima la relación de confianza. Todo lo que nuestro cirujano nos ha aportado desaparece, y a partir de ese momento todo se convierte en una carrera contra el tiempo: hay que cumplir unos plazos sí o sí y esta es la única finalidad, da igual la opinión del paciente. Sus expectativas y su tranquilidad pasan a un segundo término. Y lo que es peor , los plazos los ha definido un político sin atender para nada al razonamiento clínico.

Al paciente se le dice que para poder ser intervenido en un plazo adecuado, debe optar por otro centro, otro cirujano, otras circunstancias…, nadie quiere saber nada de sus preferencias. Si el paciente da a conocer su deseo de seguir en manos del cirujano que le ha diagnosticado , aconsejado y aclarado todo el proceso, se le dice que esta opción de confianza (relación médico-paciente) tiene un castigo y que se considera que está renunciando al compromiso de plazos razonables. Se le saca del sistema y se le coloca en la llamada lista de espera de rechazo (nombre ya de por sí peyorativo) que teóricamente dura 6 meses, pero que en la experiencia es muchas veces de más de un año. Acaba de convertirse en un proscrito por ser fiel a la persona en la que ha depositado su confianza.

Eso sí, si el paciente, abrumado por las amenazas, acepta la derivación a otro centro, se le promete que va a ser intervenido en un plazo inferior a un mes, plazo irracional y marcado por compromisos políticos y para nada adecuado a la espera razonable de la patología que sufre, que muchas veces no es urgente.

Los dictados políticos, sacan al paciente del centro del sistema sanitario, como todas las leyes estatales y autonómicas le prometen, y le embarcan en una aventura que no quiere.

Reconozcamos que la asistencia que va a recibir es correcta desde el punto de vista médico, pues los centros que realizan las intervenciones derivadas de listas de espera cuentan con profesionales capaces, pero las circunstancias son diferentes. El paciente es recibido por una empresa subcontratada por el nuevo centro, que le realiza el estudio preanestésico y le explica la intervención antes de que firme el consentimiento; esto lo realiza un médico que nunca ha visto y nunca vuelve a ver al paciente y, eso sí, antes de un mes es intervenido por un cirujano al que no conoce y que estudia su caso en el antequirófano. Toda la relación medico paciente acaba de ser subcontratada, la “obra“ al final es realizada, y los resultados la gran mayoría de los casos son satisfactorios, pero el paciente ha estado desamparado durante todo el proceso quirúrgico.

Esta no es la forma de actuar . La Medicina y su práctica clínica no son equiparables a las obras públicas: la realización de una intervención quirúrgica tiene un componente humano que no tiene la realización de un tramo de un viaducto de una autopista, no se pueden gestionar de igual forma. La relación medico-paciente no se puede subcontratar.
.. Dr. Cristóbal López-Cortijo y Gómez de Salazar. Vicepresidente de AMYTS