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El papel del consentimiento informado: buscando el equilibrio

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Este asunto de los consentimientos informados no es un asunto baladí ni mucho menos, sino más bien es un asunto de vital importancia como no nos hartamos de leer una y otra vez. Pero a pesar de ello nos encontramos ante una constante controversia entre lo que se dice que debe ser el consentimiento informado y lo que realmente se hace en la práctica. A nadie se le escapa que la práctica del consentimiento se ha reducido casi de una manera generalizada a la firma de un papel, dónde al paciente se le describen los riesgos de la prueba o intervención a la que se le va a someter. Lo que lejos de tranquilizarle con seguridad le aporta mayor ansiedad e inseguridad que poco ayuda a su proceso clínico.

Leo un extraordinario documento publicado por el gobierno chileno que pretende ser una guía para la buena gestión del proceso que nos ocupa. El mismo documento repara que el acto de información debe incluir la naturaleza de la enfermedad, los efectos de la misma, los riesgos y beneficios de lo que se pretende hacer al paciente, las diferentes alternativas a las cuales se puede someter, así como los riesgos de no actuar.

Hacer esto ya es mucho más que el mero hecho de quedarnos en el acto de informar los riesgos con una firma del paciente. Acto qué refleja claramente que el fin del mismo está más en la defensa del profesional médico ante posibles complicaciones que en el ejercicio del derecho del paciente a ser informado. Papel que por otra parte no sirve absolutamente para nada, desde el punto de vista judicial, pues ya son numerosas las condenas por no haber informado bien al paciente. Más allá de la existencia de dicha firma.

Hay quien va más allá y expresa que en el proceso de consentimiento informado se pretende aportar información al paciente para que tome sus propias decisiones, y asuma una responsabilidad ante su enfermedad. No puedo estar más en desacuerdo en este aspecto. Al igual que no debe reducirse el absurdo de una firma previa exposición de riesgos y susto al paciente, tampoco creo que podamos convertir la relación médico paciente es una relación entre iguales. Porque una cosa es garantizarse buscar la confianza del paciente contándole informándole hablando con él y otra cosa es llegar a un punto donde la responsabilidad y criterio del profesional, con su experiencia y sus conocimientos, sea pasado al paciente.

Desde mi punto de vista hemos pasado de una relación paternalista donde el médico se reservaba todo información, y el paciente asumía, a una relación en la cual el paciente exige, esgrimiendo sus derechos y la ley. Ni una cosa ni la contraria. Como siempre se ha dicho en el término medio está la virtud, y el profesional sanitario tiene que saber dónde está el mismo. Y todo esto debe estar por encima de un papel.

Hecha esta reflexión, la pregunta es si el origen del error está en la propia definición de consentimiento informado o en los diferentes significados de las palabras.

Demos por tanto todos al papel y al hecho de la firma la importancia que realmente tiene, no sobredimensionamos las cosas. Pues al final si ocurre algo lo importante es que de alguna forma al paciente lo hemos desgraciado, o al menos fastidiado. El tema evidentemente da para muchas reflexiones. Schaeffer llega a afirmar que es comúnmente aceptado que “si las cosas salen bien, es gracias a Dios, y si no se busca un abogado”(Hans Schaefer, La medicina en nuestro tiempo, 1968)
..Antonio Burgueño Jerez. Director del Proyecto Impulso. Enclave Salud