Dr. Antonio G. García. Médico y Catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Teófilo Hernando
Las ideas acuden en tropel a nuestra cabeza; y se van. Alguna se queda, y se pone en práctica. Tal fue la de ubicar un laboratorio de química médica junto a otros laboratorios de farmacología en una facultad de medicina. Pongo un ejemplo sobre el sentido de dicho laboratorio:
Un día de la década de 1990 Paul Janssen me llevó a un laboratorio dotado de potentes ordenadores con los que jugaban 3-4 químicos computacionales. Habían llegado a un modelo de molécula que el doctor Paul (como le llamaban sus colaboradores en el inmenso complejo de los Laboratorios Janssen en Beerse, al norte de Bélgica, casi en la frontera con Países Bajos) me mostraba entusiasmado. Con los programas de química computacional, sus colaboradores habían explorado un millón de estructuras y llegaron a la conclusión de que aquella pequeña molécula desplegaba actividad antifúngica y poseía propiedades farmacocinéticas favorables para un eventual uso clínico.
Poner en práctica una idea no es difícil; desarrollarla y consolidarla es lo verdaderamente complicado
Los químicos médicos (me dijo) la han podido sintetizar, los microbiólogos confirmaron experimentalmente su espectro antimicótico, los farmacólogos estudiaron su farmacocinética y seguridad y, finalmente, los farmacólogos clínicos y los médicos especialistas en enfermedades infecciosas definieron su perfil favorable eficacia-riesgo en varios ensayos clínicos. Un camino de rosas, divertido: una predicción informática que llegó en forma de nuevo medicamento, a la cabecera del enfermo, concluía sonriente y feliz el doctor Janssen.
¿Es posible trasladar esta ingeniosa estrategia al entorno farmacológico universitario? Posible es todo, hasta lo imposible, como aseveraba San Francisco de Asís. Con esa fe del santo, intenté desarrollar la idea de un ambiente médico universitario, hace ya dos largas décadas. Si se investigaba en células, órganos, tejidos y modelos de enfermedad, en laboratorios aptos para ello, quizás también se podría investigar en el diseño y síntesis de nuevas entidades químicas con potencial terapéutico en, por ejemplo, el alzhéimer. Con el asesoramiento de excelentes químicos médicos de dos universidades y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) logramos montar un laboratorio de química médica en el corazón mismo de varios laboratorios de farmacología, en un entorno médico universitario. Pero la adquisición de equipos y mobiliario ad hoc no fue lo más relevante, aunque necesario para el desarrollo de la idea.
La búsqueda y el desarrollo de nuevos medicamentos es un proceso complicado, largo y pluridisciplinar, que exige la colaboración de múltiples especialistas
Lo más importante fue la formación doctoral mixta, en química médica y farmacología, de algunos jóvenes graduados en ciencias químicas que, además, harían también estancias posdoctorales en buenos laboratorios de los Estados Unidos y el Reino Unido. Este original programa mixto fue posible gracias al propicio marco colaborador de brillantes químicos médicos del CSIC y de sólidos farmacólogos de la universidad.
Obviamente, la implementación de este original programa de formación y de creación de las infraestructuras “a lo Paul Janssen”, requiere tiempo. Pero ese tiempo lo tuvo y a fuerza de luchar contra lo imposible, comenzaron a brotar los frutos en forma de moléculas multidiana con potencial neuroprotector en el alzhéimer y otras enfermedades neurodegenerativas, con patentes internacionales, gran número de publicaciones en revistas científicas punteras y apoyos monetarios nacionales y europeos, públicos y privados. Todo parecía sonreír a la idea de la química en medicina (somos química, decía el doctor Severo Ochoa): personal bien formado, infraestructuras de laboratorio excelentes, grupo de trabajo competitivo a nivel internacional, apoyos económicos diversos…. Partiendo de ese experimento piloto, creí que la idea podría extenderse a otros centros en los que la química va por un lado y la farmacología camina por otro, en paralelo, sin encontrarse.
La creación de un laboratorio de química médica y cribado farmacológico en un entorno universitario, fue un experimento piloto rompedor
Pero claro, la lucha contra lo imposible cansa. Y más aún si la idea es extraña a lo establecido firmemente en la universidad española. Cada partido político ha hecho su modelo de universidad; y ni siquiera en casi medio siglo de democracia, se ha logrado hacer de la universidad española una cuestión de estado. Por eso estamos donde estamos en los rankings internacionales de universidades, a la cola.
En la buena marcha de cualquier idea o proyecto hay un elemento fundamental que puede asegurar su éxito: las cabezas bien amuebladas que, además, tienen un serio compromiso con su trabajo, que ejercen con pasión. De estas cualidades estaban bien dotados los químicos médicos-farmacólogos de los que hablo. Pero no solo no encontraron apoyo en los entornos universitarios en los que se hizo el híbrido experimento piloto; de hecho, se ignoraron sus justos y necesarios deseos de promoción y estabilización. Tuvieron que emigrar a otros centros de investigación. Y la idea de fundir la química médica con la farmacología en un mismo centro, tras dos décadas de lucha, sucumbió. Lo imposible hizo posible tal deceso; la universidad española volvió a frustrar las ideas rompedoras.
Sin embargo, las rígidas estructuras de la universidad española impidieron la consolidación de la idea integradora
Mi primera convivencia con la universidad fue en 1963, cuando iniciaba mis estudios de medicina en la Universidad Central de Madrid, hoy Complutense. A día de hoy, en mi condición de profesor emérito, continúo inmerso en ese mundo universitario, tan atractivo y estimulante. En 60 años de convivencia con varias universidades españolas y extranjeras he tenido tiempo de vivir todo tipo de experiencias, positivas y negativas. El doctor Paul Janssen y yo hemos sido contemporáneos en nuestros caminos virtuales, él en la fabulosa y productiva compañía farmacéutica que creó y yo en la universidad; por ello me permito fabular con la idea de qué hubiera pasado si el doctor Janssen hubiera vivido su trayectoria profesional en la universidad española.
Dotado de gran inteligencia, inquietud, entusiasmo y coraje es seguro que habría creado un gran equipo de investigadores y que habría identificado múltiples dianas para el desarrollo de nuevos fármacos. Obviamente, dada la rigidez de las estructuras universitarias en España, la veterana e indestructible endogamia, la promoción del profesorado basada en la “fidelidad” al jefe y al grupo, y no en la competencia, el profesor Paul Janssen habría dejado la universidad y habría escapado de tanta mediocridad y pobreza de miras.
Necesitamos que la universidad sea una cuestión de estado, si queremos salir de la mediocridad, que ya denunciaba don Santiago Ramón y Cajal, hace 100 años.
Habría buscado en otros países dotados de universidades más respetables y punteras lo que no encontró en España, como hicieron y siguen haciendo tantas buenas cabezas de jóvenes investigadores españoles. Y de haber trabajado en la universidad española, la humanidad habría perdido los más de 80 medicamentos que el doctor Paul Janssen puso a disposición de médicos y enfermos, y que tanto han contribuido al bienestar y a la calidad de vida de los seres humanos. Esta es la triste realidad de un país que no ha dado al mundo ni un solo medicamento verdaderamente original. Para pensar.









