Teresa de Cepeda y Ahumada decía algo así como que «la vida es una mala noche en una mísera posada». Yo, con un amarillo zumo de naranja, un café con leche, una tostada de pan recién hecho perfumado con aceite de oliva y sazonado con sal, sentado confortablemente a media mañana en los jardines del maravilloso Campus de la Universidad de Alicante, con una temperatura otoñal de 23 grados centígrados, rodeado de estudiantes y profesores que conversan animadamente, no me siento identificado precisamente con la idea de Santa Teresa sobre la vida. Ella expresaba su impaciencia por ver a Dios: «Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero«. A pesar de esta inquietud, murió longeva. Yo, de momento, todavía me encuentro bien en este mundo.
Estando en un campus universitario no fue difícil que surgiera este comentario a propósito de dos artículos que acabo de leer sobre la universidad española. Uno lo escribe la profesora Clara Eugenia Núñez, catedrática de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Educación a Distancia. Lo tituló La universidad española se dirige hacia la irrelevancia total y lo publicó en las páginas 2 y 3 del diario El Mundo el pasado 2 de septiembre. Denuncia los males que lastran las universidades como la endogamia, la incapacidad para atraer talento o la falta de rendición de cuentas. Y concluye con contundencia:
«Esta institución no está diseñada para apoyar la excelencia ni un buen servicio público, sino que ha acabado siendo patrimonio de los profesores y la gestionamos a nuestro libre albedrío, sin control alguno desde fuera. Eso es malo para una institución que está en caída libre. Yo creo que es un problema de calado que debería ser abordado, aunque no tengo la esperanza de que alguno de los partidos políticos le dé la importancia que merece«.
La universidad española «camina hacia la irrelevancia total», comenta la profesora Clara Eugenia Núñez.
El segundo artículo me lo acercó su autor, el profesor Juan Carlos Argüelles, catedrático de Microbiología de la Universidad de Murcia. Lo tituló ¿Quién quiere a la Universidad de Murcia? Las opiniones de Juan Carlos sobre la Universidad de Murcia son parecidas a las de Clara Eugenia sobre la universidad en general: la endogamia, las comisiones viciadas para la promoción de profesorado o la superburocratización. Y finaliza su artículo así:
«Debo confesar mi relativo pesimismo sobre el futuro de la Universidad de Murcia a medio-largo plazo. Una preocupación extensible al conjunto del elefantiásico y mediocre sistema universitario público español, aquejado de males muy similares«.
Ingresé en la Universidad Central (hoy rebautizada como Universidad Complutense de Madrid) cuando daba comienzo el otoño de 1963. Allí estudié Medicina y me doctoré. Luego trabajé en las universidades de Nueva York, Valladolid, Alicante y la Autónoma de Madrid. También he hecho estancias de semanas o meses en otras universidades de Europa y América. A día de hoy continúo vinculado a la Universidad Autónoma de Madrid en calidad de profesor emérito. He vivido, pues, la universidad durante 60 de mis actuales 78 años. He tenido tiempo de conocer de primera mano los problemas de la universidad española a los que se refieren Clara Eugenia Núñez y Juan Carlos Argüelles en sus artículos arriba citados. Y hace tiempo que llegué a la conclusión de que me gustaría otro tipo de universidad para España. Aun así, he vivido experiencias científicas y docentes extraordinarias y satisfactorias en las universidades en las que he tenido la fortuna de practicar ciencia y docencia.
El profesor Juan Carlos Argüelles tilda a la universidad española de «conjunto elefantiásico superburocratizado y mediocre».
Me gustaría que los campus de las universidades españolas estuvieran poblados por profesores y alumnos impregnados de los valores que nos hemos dado durante siglos. Estos principios se relacionan con la libertad de expresión de las ideas de cada cual con el debido respeto a nuestros semejantes; la inteligencia y el esfuerzo para practicar docencia de altura, enseñando a pensar; pero, sobretodo, centrar el foco en la generación de nuevos conocimientos en la ciencia y la tecnología, el afán por hacer las cosas bien.
Me gustaría una universidad española que conociera y fuera sensible a los problemas de los ciudadanos que la financian: que los estudiara y aportara soluciones; que preparara a los estudiantes para servir a la sociedad, trabajando por y para diagnosticar sus problemas y resolverlos, siquiera fuere parcialmente.
Me gustaría que la universidad española incorporara a sus aulas a más alumnos extranjeros; pero alumnos notables que acudieran atraídos por el talento de sus profesores, verdaderos maestros del saber aprendido y creado por ellos mismos.
Me gustaría una universidad que contratara profesores mediante comisiones internacionales que aseguraran la excelencia científica y docente
Me gustaría que los buenos estudiantes de la universidad española, que tienen auténtica vocación científica, no tengan que irse a otros países para desarrollar sus inquietudes creativas; si les gustara, la ciencia llenaría sus vidas, en el sentir de Severo Ochoa, quien, sin embargo, tuvo que desarrollar sus proyectos científicos en Nueva York.
Y, al contrario; me gustaría que tantos y tantos jóvenes y veteranos científicos españoles que pueblan las universidades estadounidenses, encontraran salida a sus aspiraciones profesionales en universidades de España.
Y ya puestos a pedir, me gustaría que los premios Princesa de Asturias, los Laskers o los Nobel visitaran, si acaso de tarde en tarde, pero alguna vez, alguna universidad ibérica; ello significaría que habríamos logrado transformar nuestras aulas y laboratorios en centros en los que se generan nuevos y punteros saberes, más allá de nuestra arraigada costumbre de limitarnos a transmitir a nuestros alumnos los conocimientos generados allende nuestras fronteras. «¡Qué inventen ellos!» decía, paradójicamente, Miguel de Unamuno, quien tanto creó en los ámbitos de la filosofía y la literatura.
Me gustaría una universidad competitiva a nivel internacional.
Esta nueva universidad española que tanto añoro podría parecerse, siquiera de lejos, a las británicas Oxford, Cambridge o University College London; o a las estadounidenses Stanford, Columbia o Harvard; o a las europeas París, Gotinga o Maastricht. Podría argüirse que en esas áreas geográficas del planeta también hay universidades más mediocres. Es posible. Solo que algunas de ellas, que he conocido, están aún muy por encima de las mejores de las nuestras; por ejemplo, las Universidades de Montreal y Ottawa en Canadá, la State University of New York, o el Instituto Karolinska y la Universidad de Göteborg en Suecia, o la de Gotinga en Alemania. Se dice, curiosamente, que el cementerio de Gotinga tiene enterrados más premios Nobel por metro cuadrado que ningún otro cementerio del mundo.
¿Por qué es mejor una universidad que otra? ¿Cómo se llega al establecimiento de esta diferencia? ¿Cómo se elaboran los listados sobre el orden de calidad y relevancia de cientos de universidades de todo el mundo? No lo sé ni me interesa. Lo que sí sé es que en los entornos universitarios mundiales todos saben qué son Harvard o Cambridge y casi nadie sabe qué son las dos supuestamente más importantes universidades españolas, Complutense y Barcelona. ¿Y por qué esa diferencia? Cuestión del número de Premios Nobel de unas y otras. ¿Nada más? No; también cuenta la docencia. No es lo mismo un grado de Harvard que un grado en la Complutense, ciertamente. ¿Y por qué es esto así?
Me gustaría una universidad española que se acercara en su práctica científica a algunas excelentes universidades de Europa y América.
Bueno, se me ocurre que los países avanzados tienen universidades avanzadas porque buscan y cultivan la excelencia, que consiguen mediante la competitividad. En las universidades españolas prima la «igualdad» que enrasa por abajo buscando la fácil mediocridad, el profesor «amigo» de cada departamento que no da problemas, el café para todos, el reparto de presupuestos miserables, el profesorado que visita su centro, da su clase y ya no vuelve hasta días después, como el que va al cine o asiste a un concierto.
Hay islotes del buen hacer, faltaría más. Grupos de excelencia que crean ciencia y hacen buena docencia. ¿Cuántos de esos grupos podemos encontrar en las 80 universidades españolas? Quizás en 10-12 de ellas hallemos 2-3 grupos por centro. En el resto, poca cosa. Entonces, ¿qué hacer para que la universidad española salga de la irrelevancia que preconiza en su artículo Clara Eugenia Núñez? ¿De verdad quieren conocer mi opinión? Pues piensen en la viabilidad de las siguientes medidas: (1ª) sacar la política y a los políticos de la universidad; (2ª) nombrar como rectores y decanos a gestores profesionales, siguiendo los procedimientos de las grandes empresas para contratar a sus CEO-directores; (3ª) contratar a los profesores siguiendo concursos internacionales, gestionados por comisiones mixtas de expertos en la materia, de la propia universidad (30%) y de universidades extranjeras (70%); (4ª) antes de otorgar la estabilidad a un profesor, hacerle un contrato quinquenal durante 10 años, a fin de asegurar su competencia y rendimiento; (5ª) conceder presupuestos a cada universidad, según su rendimiento y productividad docente, pero, sobre todo, científica, desterrando el «café para todos»; (6ª) crear cinco universidades de excelencia con presupuestos especiales y supervisión estrecha de su rendimiento, por ejemplo en Salamanca, Valencia, Sevilla, Madrid y Barcelona; (7ª) supervisar el rendimiento docente y científico por comisiones adecuadas, formadas por miembros ajenos a la universidad inspeccionada bienalmente; (8ª) conferir a las universidades un sello excepcional de calidad que vaya acompañado de dotaciones presupuestarias adicionales, tanto para los profesores como para infraestructuras y equipamientos; (9ª) enseñar a pensar.
Me gustaría, en fin, una universidad española cuyo objetivo principal fuera enseñar a pensar a sus estudiantes.
Dirán que esta transformación es utópica. Si se evalúa con los parámetros actuales y por las personas que pueblan las universidades y están invadidas por ese espíritu de «funcionario-antiuniversitario» actual, desde luego que sí que es utópica. El cambio no va a venir nunca desde arriba; quizás sea más fácil que, con un elevado grado de autonomía, que no tiene ahora, cada universidad pueda propiciarlo gradualmente. ¿Los frutos? Para dentro de varias décadas. Pero si se inicia, quizás pueda cambiarse el rumbo y alejar la universidad española de esa irrelevancia total que preconiza certeramente la profesora Clara Eugenia Núñez.









