Anuario iSanidad 2024
Rafael Cofiño, portavoz de Sumar en la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados | Diputado de Sumar
Decía el historiador David Lowenthal que el pasado es un país extraño. Aún no ha pasado un lustro desde la pandemia de la Covid-19, pero cuando echamos la vista atrás, parece que miramos un mundo diferente. Todas las tendencias que conducían a la hiperfragmentación de la sociedad y al deterioro de los servicios públicos ya estaban, qué duda cabe, más que presentes: la crisis había arruinado el poder adquisitivo de las clases populares, y el estado del bienestar cedía cada vez más espacio a los intereses de las multinacionales. La pandemia actuó como un acelerador de la historia, tanto en el fondo como en la superficie. En la superficie, celebramos durante un tiempo una renovada confianza en nuestro sistema sanitario y en la necesidad de que lo común se impusiera a lo particular; en el fondo, en cambio, se rearmaban los discursos de odio y negacionismo que, hoy en día, atacan a lo público y a cualquier idea compartida del bien común.
En ese mundo previo a la pandemia, que ahora se nos antoja extraño, casi inocente, ya teníamos claro que la única respuesta a las sucesivas crisis del capitalismo era profundizar en nuestra apuesta por lo público, desde una perspectiva no por tantas veces repetida menos difícil de alcanzar: la importancia de la salud y el bienestar desde las perspectivas fundacionales de la salud pública, la promoción de la salud y la salud comunitaria.
«No es casual que durante la segunda década del siglo proliferase el trabajo académico y las experiencias piloto centradas en el enfoque salutogénico»
No es casual que durante la segunda década del siglo proliferase el trabajo académico y las experiencias piloto centradas en el enfoque salutogénico. Lo que a principios del siglo XX era casi anecdótico en nuestra salud pública se fue reforzando con el trabajo integrador de experiencias de diversos lugares de España: nuestro trabajo desde el Observatorio de Salud en Asturias, por ejemplo, o las experiencias del modelo de activos del Projecte Riu en Valencia y el trabajo de la Escuela de Salud Pública de Andalucía.
Sería impropio negar que se habían conseguido grandes avances a todos los niveles, desde la Organización Mundial de la Salud, hasta el Ministerio de Salud, o el trabajo en los municipios en proyectos de desarrollo comunitario, pero los pies de barro de estos – magros- progresos quedaron al descubierto cuando la pandemia barrió nuestros esfuerzos. La evidencia es la siguiente: necesitamos servicios sanitarios robustos, pero integrados con los recursos sociales (de protección social) y dentro de comunidades con entornos saludables fuertes. Es necesaria una triple alianza entre lo sanitario, lo social y lo comunitario avanzando en un modelo de atención integrada.
Ncesitamos servicios sanitarios robustos, pero integrados con los recursos sociales (de protección social) y dentro de comunidades con entornos saludables fuertes
La atención integrada, lejos de lo que pueda parecer en ocasiones, no es tanto un desarrollo institucional que se impone de arriba a abajo como un proceso de transformación comunitaria que permea, y, en muchos casos, arrastra incluso a las instituciones más reacias a los cambios. Por eso mismo, el ataque sostenido de los discursos de odio y negacionistas contra cualquier forma de vida comunitaria o contra la existencia de políticas sociales de protección y contra cualquier conocimiento socialmente legitimado complica sobremanera el necesario proceso de integrar todos los niveles de la atención a la salud de las personas.
Si las residencias para mayores caen en las manos de fondos buitre, si al lado de los colegios e institutos hay salas de apuestas, si acceder a una ayuda social o un dispositivo de atención domiciliaria puede convertirse en un vía crucis, si se destruyen parques y zonas verdes para construir viviendas de lujo, si el turismo expulsa a las personas más vulnerables de sus barrios, si perdemos ingresos a causa de una fiscalidad regresiva, si la hipermedicalización compromete incluso la viabilidad del sistema sanitario en su conjunto…, ¿Cómo avanzar hacia un proceso en el que la salud, y no la enfermedad, sean el centro de la intersección entre la común, lo sanitario y lo sociosanitario?
Y, sin embargo, seguimos avanzando. Seguimos trabajando en leyes, como la de universalidad, o la de equidad, que nos ayudarán a establecer mejores marcos de trabajo comunitario. Seguimos dejándonos llevar por proyectos comunitarios y entidades del tercer sector que tejen comunidades más amables, inclusivas y solidarias. Como decía Guillermo Rendueles, nada hay tan subversivo y repugnante para el capitalismo posmoderno como intentar construir un nuevo proyecto social a partir de lo que somos y siempre fuimos: hijos e hijas, madres, novios, amigos, compañeras. Construir desde la persona real, desde su entorno y su comunidad, no desde el consumidor, no desde el cliente, es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.







