Profesor José Manuel Ribera Casado, académico de número de Geriatría y Gerontología de la Real Academia Nacional de Medicina de España (Ranme)
El hecho de envejecer determina cambios en los diferentes componentes de nuestro organismo, que se mantienen activos a lo largo de toda la vida. Se trata de un proceso de cuyos mecanismos implicados disponemos de algunas certezas y de bastantes lagunas. Llegamos al mundo con una carga genética determinada que condiciona el cómo somos en ese momento. Sabemos, también, que todos nuestros órganos disponen al nacer de un margen de reserva muy importante. Es lo que se conoce como «reserva fisiológica»: algo que se va a ir consumiendo en el tiempo a través de mecanismos muy dispares que, a día de hoy, nos ofrece dudas todavía muy importantes.
En ese marco, investigadores básicos de todo el mundo, biogerontólogos, llevan más de un siglo estudiando, desde perspectivas muy variadas, cuáles pueden ser los factores que condicionan nuestro envejecimiento, cómo actúan y cómo se produce ese agotamiento de esa «reserva fisiológica». También analizan las posibilidades de intervenir de forma positiva sobre estos fenómenos. Los objetivos de estas investigaciones son múltiples, como lo son los procedimientos utilizados, pero el fin último es siempre el mismo: prolongar la vida y prevenir el deterioro. Todos esto se encuadra dentro de lo que llamamos envejecimiento primario. Se avanza, pero muy lentamente. A día de hoy, a efectos prácticos ninguno de estos avances ha obtenido resultados significativos en la especie humana. En el mejor de los casos no pasan de ser promesas.
Biogerontólogos de todo el mundo llevan más de un siglo estudiando, desde perspectivas muy variadas, cuáles pueden ser los factores que condicionan nuestro envejecimiento
Pero sabemos más. Conocemos con certeza que, en paralelo al envejecimiento primario, existen muchos factores complementarios, incluibles dentro de las llamadas formas secundarias de envejecimiento. Son factores que empiezan a actuar también desde el primer momento y que continúan haciéndolo a lo largo de toda la vida. Tienen que ver, sobre todo, con los condicionantes ambientales y con los estilos de vida del sujeto. Hablo de medidas relacionadas con la higiene, la alimentación, la contaminación, los hábitos tóxicos, etc.
Se estima que a los 75-80 años la situación actual de la persona responde en un 80% a factores dependientes de este envejecimiento secundario y apenas un 20-25% se deriva del envejecimiento primario. Sobre estos últimos la posibilidad de intervenir es muy escasa, lo contrario que ocurre en el caso del envejecimiento secundario. Por ello, el máximo esfuerzo debemos situarlo en torno a las medidas relacionadas con esta forma de envejecimiento.
La palabra clave es prevención. Prevención primaria, que es la dirigida a evitar la enfermedad o cualquier otro problema relacionado con la salud de forma previa a su aparición y prevención secundaria, la orientada a impedir una repetición del problema una vez que este ha tenido lugar.
No existe una edad tope para dejar de aplicar medidas preventivas. Una persona de 90 años que deja de fumar se hace un favor
En relación con la prevención, todo el mundo acepta bien que cuanto antes se empiece mejor. Los niños deben adoptar desde muy pequeños medidas higiénicas relacionadas con la limpieza, la alimentación o la actividad física. También aplicarse las vacunas correspondientes. Igualmente, forma parte del sentir general que a lo largo de la vida adulta siguen siendo eficaces este tipo de medidas, así como la llamada lucha contra los factores de riesgo, sean esta cardiovascular o de cualquier otra naturaleza. Otra cosa es que se actúe en consecuencia con estos principios.
La cuestión se plantea cuando la persona se aproxima o llega a la vejez. Ahí la evidencia positiva también es importante, pero existe una cierta tendencia social hacia la condescendencia: «a su edad ya no tiene sentido», «haberlo pensado antes», «para lo que le queda, deja que disfrute». Estas y otras frases similares se escuchan a diario y chocan con la evidencia científica. No existe una edad tope para dejar de aplicar medidas preventivas. Una persona de 90 años que deja de fumar se hace un favor. Lo mismo ocurre con determinadas vacunas bien conocidas (antigripal, antineumococo, etc.) y con otras muchas medidas de carácter general.
Ese es el punto donde la sociedad, los sanitarios y las propias personas mayores, los más interesados, debemos poner el énfasis. No hacerlo así representa una forma más de edadismo, ese fenómeno nefasto tan extendido entre la sociedad como ignorado por la misma. Aceptemos y vivamos el mensaje de que no existe una edad tope para la prevención. Nos haremos un favor a nosotros mismos y a la sociedad como conjunto.







