Luis de Haro. Director general de iSanidad
Hace unos días escuché una historia que parece una metáfora perfecta. Un avión atravesaba turbulencias tan fuertes que el equipaje volaba de lado a lado. Los pasajeros estaban aterrados: unos rezaban, otros escribían mensajes de despedida, algunos se agarraban las manos como si eso pudiera frenar la gravedad. Mientras tanto, un niño jugaba con su Nintendo, sacando la lengua y moviendo los dedos con total tranquilidad. Cuando todo terminó, alguien le preguntó por qué no tuvo miedo. Su respuesta fue tan simple como demoledora: “¿Por qué? Mi padre es el piloto”.
La confianza del niño era total por que padre era el piloto, sabía que no iba a fallar
Ahora bien, ¿qué pasaría si todos tuviéramos esa fe en quien pilota el avión de la sanidad? ¿Estaríamos en una situación distinta? Porque, seamos sinceros, ¿alguien confía plenamente en quien está al mando? ¿O el sistema está tan marcado por intereses políticos y económicos que la confianza es un lujo imposible? Ahora mismo no es posible una confianza como la del niño y su padre piloto.
La conclusión es clara: necesitamos dirigentes que inspiren la misma seguridad que ese niño siente por su padre piloto. No basta con ocupar un cargo; hay que demostrar preparación, liderazgo y visión. ¿Está sucediendo eso? ¿O seguimos en turbulencias mientras los pasajeros —nosotros— rezamos, escribimos mensajes y esperamos que la tormenta pase sola?
No basta con ocupar un cargo en el Ministerio, hay que demostrar preparación, liderazgo y visión
De cara a 2026, la pregunta es inevitable: ¿qué le pedimos a un Ministro de Sanidad y a un Secretario de Estado? ¿Podemos hacer algo más que votar cada cuatro años? Tal vez una encuesta distinta: no sobre partidos, sino sobre características imprescindibles. ¿Queremos gestores con experiencia real, transparencia, capacidad de diálogo y de visión de futuro? ¿Quién cumple esos requisitos hoy?
Porque si seguimos eligiendo pilotos por simpatía o por cuotas de poder, no nos extrañe que el avión tiemble. Y mientras tanto, el niño seguirá jugando… pero no porque confíe, sino porque no sabe que estamos cayendo. Y eso, en sanidad, no es precisamente un buen plan de vuelo. Y además, la pregunta final es incómoda: ¿hay alguien preparado para pilotar con seguridad? ¿O el sistema está diseñado para que la cabina sea solo un escaparate político? Si la respuesta es la segunda, más vale que nos agarremos fuerte. Las turbulencias no han terminado, y el piloto automático no arregla la falta de confianza. Quizá 2026 sea el momento de exigir algo más que promesas: formación, responsabilidad y valentía para volar alto sin miedo. Merecemos un viaje seguro.








