Luis de Haro. Director general de iSanidad
El diagnóstico de cáncer sigue siendo uno de los momentos más duros que puede afrontar una persona. Sabemos que, incluso cuando intentamos ofrecer calma, la palabra “cáncer” sigue golpeando con una intensidad casi física. Emilia —nombre ficticio— lo vivió así, estaba realmente con un miedo paralizante por el qué me pasará y cómo afectará a mi entorno. Sin embargo, es una persona distinta, su punto de apoyo esencial es no caminar sola.
En oncología, hay que elegir un “timonel”. Para unos es la oncóloga Raquel, para otros es Javier o es Antonio y la verdad es que técnicamente la figura importa mucho. Pero humanamente importa mucho más el equipo. Y, por encima de cualquier profesional lo que importa es atender lo que dice el equipo. Y el equipo de Emilia solo tiene un Capitán, que le hace no estar sola, por eso eligió a Raquel como timonel. Los resultados acompañan, el barco avanza, el viento empuja y la travesía continúa. Pero lo que más impresiona no es el rumbo, sino ver cómo está sostenida. Ella me expresaba por escrito que está agradecida por el recorrido que hace con el Capitán, con el timonel y con el resto de tripulantes y pasajeros.
Emilia vive agradecida por el recorrido que hace en su enfermedad con el Capitán, con el timonel y con el resto de tripulantes y pasajeros que le acompañan
Aunque a veces tiene miedo reconoce que se le pasa cuando se ve tan sostenida y cuidada, entonces solo se fija en que está. Y mira lo que dice ella del Capitán: “Ando por mi camino, pasajero, y a veces creo que voy sin compañía, hasta que siento el paso que me guía, al compás de mi andar, de otro viajero. No lo veo, pero está. Si voy ligero, Él apresura el paso; se diría que quiere ir a mi lado todo el día, invisible y seguro compañero. Al llegar a terreno solitario, Él me presta valor para que siga, y, si descanso, junto a mí se reposa. Y, cuando hay que subir monte (Calvario lo llama), siento en su mano amiga, que me ayuda, una llaga dolorosa”. Aunque tiemble, siempre está la mano de quien no se separa nunca de mí, insiste Emilia.
Los médicos centran su labor en datos, fármacos y decisiones, es su función porque son los timoneles, pero el paciente vive de otra forma. La enfermedad es una misión para la que, como ella dice, siempre se nos “capacita”. No tiene energías infinitas, sino que se adapta al momento real, a veces se avanza con paso firme y a veces se sobrevive al día. Pero para Emilia todas las etapas son válidas, conforman su persona, no la destruyen. El cáncer es solo un capítulo más en su vida, una historia que tiene más de sesenta años, y que, en apenas veinte semanas, ha girado por completo. No, no le ha hecho perder la certeza de que la seguridad no viene del tratamiento, ni del sistema sanitario, ni siquiera del médico. Viene de sentirse parte de un equipo ganador.
A Emilia todas las etapas de este camino son válidas y conforman su persona, no la destruyen
Es una suerte estar a su lado y recorrer el camino con ella porque se aprende mucho. Se aprende a relativizar, a escuchar y a no olvidar por qué queremos ser del equipo del Capitán. Pero hay que reconocer que las cosas salen bien porque el rostro del Capitán está reflejado en una Raquel, y otra Raquel, y un Víctor y una Paloma. También los rostros de los pasajeros, compañeros de viaje, para ella son reflejo del Capitán. Cómo no agradecerles a ellos que se tomen en serio la vida de Emilia, que tampoco es un nombre tan ficticio.







