Adolfo Albistur. Fundador de Valores de Nuestros Médicos
El16 de febrero los médicos en España están llamados a la huelga. No se trata de una movilización coyuntural ni de una reivindicación puntual, sino de la consecuencia natural de un proceso largo en el que múltiples factores se han ido acumulando hasta hacer imposible seguir avanzando sin detenerse. Ha llegado un momento en el que los médicos necesitan decir “hasta aquí”, no por una sola razón, sino por la suma de muchas que, juntas, han terminado por desbordar el ejercicio normal de la profesión.
Ha llegado un momento en el que los médicos necesitan decir “hasta aquí”, no por una sola razón, sino por la suma de muchas
Durante años, la medicina se ha sostenido en gran medida sobre la vocación. Una vocación profunda y real que ha llevado a los médicos a centrar su atención casi exclusivamente en la asistencia, dejando en un segundo plano cuestiones que parecían ajenas a su identidad profesional, como las condiciones laborales, los tiempos de descanso o el reconocimiento económico y social. De alguna manera, se ha asumido que el médico solo podía hablar de medicina y de sus pacientes. Sin embargo, esta inercia ha ido normalizando una situación que hoy resulta sencillamente insostenible.
A esta realidad se suma, además, la llegada de nuevas generaciones de médicos. Como ocurre en cualquier ámbito profesional, estas generaciones observan su trabajo desde una perspectiva diferente a la de hace cincuenta o sesenta años. No se trata de una pérdida de vocación, sino de una evolución lógica de la profesión y de la sociedad. Precisamente por eso, esta evolución obliga a poner sobre la mesa una serie de cuestiones que durante demasiado tiempo se han evitado. Ignorarlas no solo es injusto para los profesionales, sino que compromete directamente el futuro del sistema sanitario.
Entre todas ellas, hay una urgencia que destaca por encima del resto: la carga horaria. En la actualidad, muchos médicos trabajan jornadas extremadamente largas, en ocasiones de hasta veinticuatro horas seguidas, manteniendo desde el primer momento hasta el último el mismo nivel de responsabilidad. Esta situación no es humana. No lo es para el profesional, pero tampoco lo es para el paciente. Nadie querría ser atendido u operado por un médico que lleva veinte horas trabajando sin descanso y, sin embargo, esa realidad se ha convertido en algo habitual.
Muchos médicos trabajan jornadas extremadamente largas, de hasta veinticuatro horas seguidas, manteniendo desde el primer momento hasta el último el mismo nivel de responsabilidad
Las consecuencias son evidentes. Estas jornadas afectan directamente tanto a la salud del médico, como a la calidad de la atención que recibe el paciente. A ello se añade el escaso tiempo disponible por consulta, que dificulta enormemente que el profesional pueda desarrollar su trabajo adecuadamente. El resultado es un círculo vicioso en el que el médico no puede atender como le gustaría, el paciente se siente mal atendido y la frustración acaba recayendo sobre quien menos responsabilidad tiene en esta situación.
Resulta llamativo que, en otras profesiones con un alto nivel de responsabilidad, como los bomberos o las fuerzas de seguridad, existan regulaciones específicas para evitar que una sola persona asuma durante tantas horas consecutivas una carga tan elevada. En el ámbito médico, esta regulación sigue siendo una asignatura pendiente que urge abordar.
Junto a las condiciones de trabajo, emerge con fuerza la cuestión económica. España se encuentra a una distancia muy considerable de otros países europeos en cuanto a las retribuciones de sus médicos. No hablamos de diferencias menores ni de pequeños ajustes salariales, sino de una brecha profunda. Esta situación empuja a muchos profesionales, formados en nuestro país a marcharse al extranjero o a verse obligados a trabajar en varios centros para poder llevar un salario digno a casa. Ninguna sociedad puede permitirse perder así a sus profesionales.
España se encuentra a una distancia muy considerable de otros países europeos en cuanto a las retribuciones de sus médicos
En este contexto se sitúa también el debate sobre el Estatuto Médico, no desde una posición de superioridad frente a otros profesionales sanitarios, sino desde el reconocimiento de una realidad distinta: la responsabilidad que asumen, el exigente recorrido formativo que han tenido que superar y todo lo que han debido hacer para poder ponerse delante de un paciente, diagnosticar, tratar u operar con seguridad. Y si nos centramos en la perspectiva de los valores, el riesgo es claro. Si la sociedad no es capaz de reconocer mínimamente este esfuerzo, la vocación acabará quedando relegada. La vocación no puede convertirse en un argumento para justificar condiciones que no permiten vivir con dignidad. Los médicos no pueden sostener su vida únicamente sobre ella.
Con todo, la huelga del 16 de febrero aspira, al menos, a corregir lo más básico, aquello en lo que existe un consenso social evidente. Nadie quiere médicos exhaustos, profesionales que se ven obligados a marcharse, ni una práctica médica condicionada por la precariedad o el miedo. Esta situación afecta a toda la sociedad, incluidos quienes toman decisiones y sus propias familias, porque todos somos, en algún momento, pacientes. Por eso, más que una huelga, esta movilización debe entenderse como un acto de responsabilidad colectiva. Ignorarla no es una opción razonable. Afrontarla y corregirla es una necesidad urgente.








