La docencia en odontología también ha tenido que reinventarse

Ana Mª González-Sánchez, profesora co-directora del Máster de Periodoncia e Implantología Oral en la Universitat de Barcelona

Ana María González, docencia odontología perodoncia

Especial Formación Odontología 2026-2027 iSanidad
Ana Mª González-Sánchez, profesora co-directora del Máster de Periodoncia e Implantología Oral en la Universitat de Barcelona
Cuando comencé mi actividad docente, la enseñanza en odontología seguía un modelo que hoy muchos reconoceríamos como tradicional: el profesor explicaba, el estudiante escuchaba y, posteriormente, demostraba lo aprendido en exámenes o prácticas clínicas. Durante años, asumimos que transmitir conocimientos era el principal objetivo de nuestra labor educativa. Sin embargo, la experiencia, la investigación educativa y los avances científicos nos han demostrado que enseñar es mucho más que explicar.

En las últimas dos décadas he sido testigo de una transformación profunda en la forma de entender la educación sanitaria. No solo ha cambiado la odontología; también hemos cambiado quienes tenemos la responsabilidad de formar a las nuevas generaciones de profesionales. Y, probablemente, este cambio en nuestra manera de enseñar ha sido tan importante como los avances tecnológicos que han revolucionado nuestra profesión.

Uno de los aspectos que más ha influido en esta evolución ha sido la incorporación de conocimientos procedentes de la psicología aplicada al aprendizaje. Hoy sabemos que los estudiantes no aprenden de manera eficaz simplemente escuchando información durante horas. Aprenden cuando participan, cuando reflexionan, cuando relacionan conceptos y cuando encuentran significado en lo que estudian. Esta evidencia nos ha obligado a replantear muchas de nuestras prácticas docentes.

“Los estudiantes aprenden cuando participan, cuando reflexionan, cuando relacionan conceptos y cuando encuentran significado en lo que estudian”

Personalmente, he pasado de considerar la clase magistral como el eje central del aprendizaje a entenderla como una herramienta más dentro de un ecosistema educativo mucho más amplio. Cada vez tiene más valor generar espacios de debate, plantear casos clínicos, promover la resolución de problemas y estimular que los estudiantes formulen preguntas y desarrollen su propio razonamiento. En definitiva, hemos aprendido que el protagonismo del aprendizaje debe recaer en el alumno y no en el profesor.

La neurociencia también ha contribuido de forma decisiva a este cambio de perspectiva. Comprender cómo funciona el cerebro cuando aprende nos ha permitido diseñar experiencias formativas más eficaces. Sabemos que la atención es limitada, que las emociones influyen directamente en la consolidación de la memoria y que el aprendizaje activo genera conexiones neuronales más sólidas que la simple memorización. Estas evidencias han reforzado la necesidad de crear entornos educativos estimulantes, donde la curiosidad y la participación sean elementos centrales. En odontología, esta realidad adquiere una relevancia especial.

Formamos profesionales que deberán tomar decisiones clínicas complejas, interpretar evidencia científica, comunicarse con pacientes y adaptarse a una disciplina en constante evolución. Por ello, nuestro objetivo ya no puede limitarse a transmitir protocolos o técnicas. Debemos enseñar a pensar, a analizar críticamente y a aprender de manera autónoma durante toda la vida profesional. En este escenario aparece una herramienta que está generando tanto expectativas como interrogantes: la inteligencia artificial (IA). Como docente, considero que nos encontramos ante una oportunidad extraordinaria. La IA permite personalizar procesos de aprendizaje, facilitar el acceso a información actualizada y ofrecer recursos educativos que hace apenas unos años parecían impensables. Los estudiantes pueden contrastar conceptos, generar simulaciones, analizar literatura científica o recibir apoyo inmediato para resolver dudas.

Cada vez tiene más valor generar espacios de debate, plantear casos clínicos, promover la resolución de problemas y estimular que los estudiantes formulen preguntas y desarrollen su propio razonamiento

Sin embargo, el verdadero valor de estas herramientas no reside en que proporcionen respuestas rápidas, sino en cómo las utilizamos para estimular el razonamiento. Nuestro papel como docentes es, más que nunca, ayudar a formular mejores preguntas. Debemos enseñar a nuestros estudiantes a cuestionar la información, verificar las fuentes, identificar sesgos y utilizar la tecnología de manera crítica y responsable. Lejos de sustituir al profesor, la inteligencia artificial pone aún más en valor aquellas competencias que ninguna tecnología puede reemplazar completamente: la capacidad de inspirar, orientar, acompañar y generar pensamiento crítico.

La educación sanitaria sigue siendo, ante todo, una actividad profundamente humana. Mirando hacia atrás, creo que la mayor transformación que hemos vivido no ha sido tecnológica, sino conceptual. Hemos dejado de preguntarnos únicamente qué debemos enseñar para centrarnos en cómo aprenden nuestros estudiantes. Hemos comprendido que el conocimiento se construye mejor mediante la participación que mediante la recepción pasiva y que el aprendizaje más duradero nace de la reflexión y la experiencia.

Como docentes universitarios tenemos el privilegio y la responsabilidad de formar a los profesionales que atenderán a los pacientes del futuro. Para lograrlo, también nosotros debemos mantenernos en constante aprendizaje. Porque, al igual que ocurre en la odontología, la excelencia docente no consiste en repetir lo que siempre hemos hecho, sino en evolucionar continuamente para responder mejor a las necesidades de quienes aprenden.

Podcast

Podcast

Economía

Accede a iSanidad

Buscar
Síguenos en