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“La Boheme” o la fragilidad de la felicidad, una obra perfecta  

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Tras el éxito que Puccini alcanzó en 1893 con su “Manón Lescaut”,  necesitaba con urgencia consolidar su carrera de forma definitiva, con otra obra significativa. Para ello eligió el libro “Escenas de la vida bohemia” escrito inicialmente  en 1841 por  el autor inglés Henri Murger,  ofrecido al público como una especie de novela por entregas durante cinco años en el periódico “Le corsaire”, que sirvió a los libretistas  Giuseppe Giancasa y Luigi Illica para preparar el libreto que Puccini necesitaba, al que para desesperación de su editor, Ricordi, el compositor hizo numerosas correcciones y transmutaciones de textos y pasajes musicales. Tenía claro lo que quería  y como lo deseaba: “Me interesan solo la poesía y las pequeñas cosas de la pequeña gente”. Una idea que, tras la rígida proliferación de sus numerosos cambios, le proporcionó el  éxito que necesitaba  gracias al perfecto dibujo que hizo de aquellas “pequeñas gentes” con sus pequeñas tristezas y alegrías, que hicieron de este título el prototipo de la belleza musical y eficacia dramática.

Una belleza que, gracias a  esa deliciosa melodía cargada de  nostalgia y sentimiento  que  durante el largo recorrido de sus cuatro actos  cautivó a todos los públicos porque en ella no se desliza ningún tipo de ruptura ni violencia. Es solo una sencilla historia de amor en la que lejos de cualquier solemnidad o extrema pasión, los libretistas narran  de forma sencilla las vicisitudes y delicados sentimientos de dos parejas muy diferentes encabezadas por  Mimí y Musetta, donde Mimí, enferma, debe morir, no por necesidades del drama sino para que pueda continuar viviendo en la belleza de un  recuerdo lleno de esa sencillez y delicadeza con la que, a veces, los jóvenes plantean sus conductas.

Este atractivo título operístico, desde que el 1 de febrero de 1896,  un jovencísimo director de orquesta de 29 años, Arturo Toscanini, lo presentara por primera vez en el Teatro Regio de Turín, no dejó de atraer a todo tipo de espectadores en cualquiera de los  escenarios que sucesivamente fue presentándose,  a pesar del poco éxito que alcanzó  en su estreno, convertiéndose pronto  en  uno de los títulos más  atractivos de la historia de la lírica. Al Real llegó solo cuatro años más tarde  de su estreno –el 17 de febrero de 1900-volviendo ahora con una producción propia  realizada en colaboración con la Royal Ópera  House de Londres y la Lyric Ópera de Chicago. Una propuesta dramática dirigida por el director de escena británico Richard Jones y el escenógrafo y figurinista Steward Laing, estrenada en Londres en septiembre  del pasado año, donde volverá de nuevo el próximo verano.

La Bohème es la obra más convincente y bella de Puccini al mantener a lo largo de su recorrido un perfecto equilibrio entre la parte musical y la correspondiente  al dibujo de las emociones y sentimientos de sus diferentes protagonistas. Por ello puede considerársele como una obra maestra del melodrama.

Desde su reapertura en 1997, el Real la ha ofrecido en 60 ocasiones, todas con la producción de Giancarlo del Mónaco y la escenografía de Michael Schott estrenada en 1998. El director musical López Cobos en la temporada 2005/2006 la grabó en  DVD.

Resulta  curiosa la anécdota de que con este mismo título y fuente de inspiración literaria surgieran  dos óperas; la del autor de I Pagliacci,- León Cavallo- y la de Puccini. Una circunstancia que, como es natural, enfrentó fuertemente a ambos compositores. La 1ª desapareció por completo a los pocos meses, desbordada por la de Puccini.

Puesta en escena
Richard Jones, con su puesta en escena  tan minimalista  en la que, como signo poético significativo, la nieve  comienza a  caer antes de que se levante el telón y la presentación de los duros contrastes que se ofrecen a lo largo de los cuatro actos, propone al espectador que en lugar de  contemplar   la dramática historia de amor creada por Henri Murger y Puccini como una historia musical próxima  a ese verismo operístico que tan poco agradaba al compositor,  lo haga como  un melodrama convencional con pretensiones naturalistas, escénicamente resuelto en  algunas ocasiones  de forma poco atractiva y convincente – actos primero y tercero- y que en otras destaque por su llamativo  desarrollo teatral y musical -2º y 4º- , que se ofrecen  con un gran sentido escénico, especialmente en el pasaje final  de la muerte de Mimí. Probablemente, el  más bello y atractivo de la obra.  

El doble  elenco con el que la ópera  se presenta, integrado por los intérpretes Stephen Costello y Piero  Pretti (Rodolfo) , Anita Hartig y Yolanda Auyanet (Mimí),  Joyce  El-Khoury y Carmen Romeu (Mussetta) junto a José Manuel Zapata  (Benoit) Etienne Dupuis y Alessandro Luongo (Marcello), Mika Kares y Fernando Radó.  (Colline) y Roberto Accurso (Alcindoro), más acertados en la parte sonora que en la dramática. Paolo Carignani al frente de la Orquesta titular del Teatro planteó una versión con algunos desajustes en los pasajes claves  pero  acertada y vibrante en los brillantes momentos del 2º acto y en  la labor del grupo de Jóvenes Cantores de la Orcam dirigidos por Ana González acompañando al Coro titular del Real.

Como un auténtico regalo de Navidad para el espectador han resultado las 19 funciones de esta Bohème  que se han extendido  desde el 11 de diciembre hasta el 8 de enero,   acompañadas de un denso programa de actividades culturales paralelas, que darán paso, semanas más tarde,   al  conocido drama de Jake Heggie ((1961) “Dead Man Walking” (Ahí va el hombre muerto) enmarcado en otra conmemoración; el centenario del asesinato del Presidente Kennedy,  estreno  absoluto en el Real.
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