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e-Health: Internet de las cosas médicas

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Una de las actividades más habituales es el consumo de información médica en Internet, que realizan el 90% de los usuarios, de acuerdo con el Primer Informe Doctoralia sobre Salud e Internet 2015. Esta es la punta de lanza de diversos usos que pretenden hacer los pacientes a nivel global de la red en el ámbito de la salud.

A pesar de este interés, hay una desconexión entre la tecnología personal y la salud individual, motivada a menudo por la escasa integración de elementos externos a los sistemas de salud tradicionales, pero también por la apuesta de los fabricantes por el gran consumo frente a la clasificación de uso clínico de los dispositivos. El ejemplo más paradigmático lo tenemos entre la misma industria del wearable o dispositivo llevable. Estos dispositivos, con presencia poco intrusiva, ayudan a mantener hábitos saludables a partir de la monitorización de determinados parámetros (pasos, distancias recorridas a diario, frecuencia cardíaca…). El adagio de “lo que no se mide no existe” nunca ha sido más cierto. Pero incluso los más populares a día de hoy, fabricados por la empresa de San Francisco Fitbit, no disponen de la etiqueta de dispositivo de uso médico por la cantidad de regulaciones y controles que deben pasar estos elementos.

Solo muy recientemente Google X, la empresa del gigante tecnológico destinada a nuevos proyectos y liderada personalmente por Sergei Brin, ha anunciado el lanzamiento en un futuro próximo de una banda inteligente para ayudar a los médicos a monitorizar a distancia a los pacientes. Ellos deducen que el mercado estará en los estudios clínicos y las pruebas de nuevos medicamentos, sin descartar nada. Esto supone un avance formal en la estrategia de Google para incorporarse al campo de la salud. Hay que recordar que su interés viene de lejos: en 2008 lanzaron Google Health, un reservorio personal de información online (Personal Health Record – PHR) que fracasó entre los usuarios y fue cerrado en 2013. Con el lanzamiento de Google Fit en el ecosistema Android en el año 2014, ha intentado resarcirse del problema de la falta de usuarios en temas de salud enfocándose más al control de ejercicio y a la nutrición, a semejanza de su competencia Samsung y su S Health.

Estos antecedentes en cuanto a la sensorización de los pacientes para incorporar sus datos a un sistema que los pueda procesar están teniendo un impulso firme en Apple. HealthKit fue la primera aplicación en ser lanzada el pasado 2014 en sus nuevos smartphones con la intención de convertirse en la historia clínica personal (personal health record) de sus usuarios. De este modo, ha trascendido el ámbito del autocuidado y recogida de datos a partir de los sensores del propio teléfono para buscar acuerdos con entidades como el fabricante de software de gestión de hospitales Cerner y la Clínica Mayo, pionera en la gestión digital de sus pacientes. Así, ha sido posible que en 2015 se lanzara una llamada a la acción a través de una nueva funcionalidad, Research Kit, que se centra en el reclutamiento para estudios clínicos entre los usuarios de smartphones Apple. En este sentido, la primera semana de funcionamiento de la citada plataforma, desde la Universidad de Stanford se lanzó una invitación a usuarios para reclutar pacientes para un estudio cardiovascular. En cuestión de horas, más de 10.000 pacientes se habían inscrito. Este es un hito, puesto que los expertos calculan que el esfuerzo para conseguir una cifra similar habría implicado más de 50 centros y un periodo de tiempo ciertamente mayor.

De cualquier modo, se toman estos avances como complementos a los sistemas habituales de reclutamiento, precisamente por la escasa penetración con suficientes datos en las citadas aplicaciones de historia clínica personal. La esperanza está ahora basada en los relojes inteligentes, los smartwatches, como portadores de sensores que faciliten la interacción en tiempo real con programas o recursos que les ayuden a gestionar los problemas de salud y calidad de vida de las personas. El gran motor debe ser el Apple Watch, pero su esperada llegada (que se ha visto anticipada por diferentes propuestas de Samsung, Google y tantos otros) no está siendo tan exitosa como decían los pronósticos, probablemente por su escasa autonomía y falta de aplicaciones en el ecosistema.

Los avances tecnológicos y la digitalización de contenidos en salud a nivel profesional no tienen todavía un diálogo adecuado que permita un aprovechamiento completo de las posibilidades que brinda la tecnología. Por poner un caso, recientemente (2014) en Cataluña se ha regulado la posibilidad de la visita médica no presencial, mediante su modelo de atención no presencial. En él se contempla la posibilidad de acceso a los servicios sanitarios públicos desde el lugar, la hora y el dispositivo que el ciudadano tenga a bien emplear. Este contexto se ve facilitado por la implantación pionera de la historia clínica compartida de Cataluña, que permite que toda la información sobre un paciente público quede recogida en un espacio virtual al alcance de todos los agentes del sistema público.

La interoperabilidad tecnológica hace tiempo que no es un problema: diferentes softwares ya hablan un lenguaje común, a base de protocolos compartidos. De este modo, se pretende cambiar el paradigma de modelo sanitario basado en infraestructuras por uno basado en la accesibilidad virtual. Esta revolución incluye el uso de la receta electrónica, que lentamente se va haciendo lugar en las 17 autonomías españolas, pero que ya está ampliamente extendida en el sistema sanitario público catalán. Este 2015 parece que va a ser el año definitivo en el que todos estos avances estén además a disposición del ciudadano catalán mediante La Meva Salut, que pretende ser el PHR de la sanidad pública catalana. El problema es la escasa interactividad que tiene hasta el momento con elementos externos al sistema público y que intervienen significativamente en la salud y calidad de vida de las personas, como es la sanidad privada (un 26% de la población tiene una cobertura sanitaria complementaria a la pública), que incluye también la odontología o la psicología.

Tampoco es sencillo resolver cuestiones más cercanas a la bioética que a la tecnología, como la securización del acceso a información sensible del individuo, la potestad de éste de compartir la información que él desee al nivel más bajo posible o el uso de los datos clínicos en estudios tras anonimizarlos. Este último punto ha levantado una gran polvareda en Cataluña, cuya sanidad ha intentado ser pionera con el proyecto VISC+, de big data sanitario, que tiene su inspiración en el tratamiento masivo de los datos médicos. Esta posibilidad se remonta a los primeros años del siglo XXI, y es posible merced a la digitalización de historiales. El primer estudio masivo exitoso de datos de los historiales médicos electrónicos fue el de la prestadora americana de servicios médicos Kaiser Permanente, que en 2005 fue pionera en el uso de big data sanitario. El citado estudio concluyó con la retirada de un fármaco antiinflamatorio estrella, el Vioxx, lo cual evitó miles de muertes que se hubieran debido a efectos secundarios cardiovasculares no detectados en 1999, cuando fue lanzado al mercado.

El gran reto que afrontan las sociedades modernas es el tratamiento de los pacientes crónicos, aquejados de las llamadas enfermedades no transmisibles. Es evidente que tanto la continuidad asistencial y de cuidados como la investigación se pueden beneficiar de un enfoque basado en la llamada Internet de las Cosas (IoT), la denominación genérica del binomio formado por sensores y conexión en tiempo real. Problemas como la adherencia a tratamientos, la hospitalización domiciliaria o la coordinación de cuidados entre especialistas ubicados en espacios diferentes cuentan con aliados efectivos en la tecnología.

Hasta ahora hemos podido ver los elementos que componen un escenario deseable para un adecuado cuidado de los individuos utilizando los recursos tecnológicos existentes. Pero hay que poder colocar en ese escenario elementos que permitan que hablemos de una smart health del mismo modo que podemos hablar de una smart city. Es un escenario de interoperabilidad total entre dispositivos, que configurarán una salud conectada, y con sensores que facilitarán la toma de decisiones médicas en tiempo real, incluso a distancia. Que el superordenador Watson de IBM esté siendo destinado a temas médicos podría llegar a suponer que los datos recogidos por sensores cercanos a pacientes podrían viajar a distancia en milisegundos y ser procesados para proponer acciones terapéuticas a través de Internet sin intervención humana. Un cuidador in situ podría ser el encargado de validar con un especialista ubicado en un centro de control, mediante la telemedicina, la propuesta del superordenador y ponerla en el contexto familiar. El objetivo es hacer el trabajo de los médicos y profesionales sanitarios más eficiente, pero probablemente los nuevos avances afecten a la forma en que se practica la medicina.

Los sensores jugarán un papel fundamental, con el análisis de grandes datos en tiempo real, en este escenario. Pero más allá del dispositivo llevable estarán los sensores en los hogares domóticos, que nos vigilarán sin interferir en nuestras actividades cotidianas. En Japón ya se comercializa un inodoro con sensores que advierten al médico en caso de cambios en la orina, pero suelos detectores de caídas o colchones detectores de inmovilidad para evitar la aparición de úlceras en personas encamadas ya son una realidad. También el automóvil parece un lugar perfecto para vigilar la salud de las personas. El riesgo de accidente hace que los fabricantes se esmeren en colocar detectores de comportamientos anómalos o problemas de salud diversos, facilitados por la inmovilidad relativa del conductor. Estas opciones se mostraban en el World Mobile Congress este 2015. El tiempo que muchos ciudadanos pasan a diario a bordo de su vehículo en desplazamientos es un elemento a tener muy en cuenta, y la detección de accidentes podría desencadenar una respuesta de emergencia en una ciudad conectada, que podría monitorizar el estado de salud de los habitantes de los vehículos implicados a distancia hasta la llegada de los sanitarios, y gestionar más eficientemente los recursos de emergencias.

Por último, no hay que olvidar la oportunidad que brinda la smart health de hacer llegar los cuidados médicos a países en vías de desarrollo o zonas de catástrofes. La telemedicina hace tiempo que es una realidad emergente, pero complementada con el uso de sensores para atender individuos en áreas remotas con cobertura de Internet (un campo en el que trabajan las acciones humanitarias de los gigantes y líderes tecnológicos) podría mejorar el soporte a problemas que no son graves en el primer mundo, pero sí causa de gran número de muertes en el tercer mundo, como la atención perinatal o la valoración de problemas de salud mediante herramientas de bajo coste conectables a smartphones (oftalmoscopios, otoscopios, ecógrafos…).

El escenario, pues, está montado. Aunque el visionario fundador de Sun Microsystems e inversor en tecnología Vinod Koshla predijo en 2014 que en diez años el 80% del trabajo de los médicos lo harían máquinas, será más relevante que nunca el papel de las personas en esta cadena de sensores conectados. Esperemos por el bien de todos que este camino hacia una salud conectada nos lleve, paradójica y felizmente, a una sanidad más próxima, de mayor cercanía y contacto, que es la esencia de la calidad de vida y la humanidad.
..Dr. Frederic Llordachs. Cofundador de Doctoralia. Profesor del Máster en Gestión Sanitaria de UIC Barcelona
Fuente: sumandohistorias.com (revista de UIC Barcelona)