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Blade Runner 2049, de Denis Villenueve

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Nadie daba un duro por  Blade Runner de Ridley Scott.  En la fecha de su estreno los resultados en taquilla no fueron los esperados y la crítica fue muy dura, pero se acabó convirtiendo en obra de culto. Los aficionados que la han visto con detenimiento coinciden en señalar que la original es una obra maestra y su final ha quedado marcado en nuestra retina por su carácter mesiánico, por su belleza estética y por las lágrimas en la lluvia.  

Aunque no somos partidarios de secuelas, todos estamos de acuerdo en que Denis Villenueve era el cineasta más indicado para esta secuela Blade Runner 2049, tras películas como Sicario o la cinta  de alienígenas La llegada. Para ello ha contado con un reparto de campanillas encabezado por Harrison Ford y al que acompañan Ryan Gosling, Ana de Armas o Robin Wright. 

El cineasta vendió la moto de su producción en declaraciones a Fotogramas: “La primera vez que escuché que querían hacer una secuela me dije ¿Están locos o qué? ¡Esta película es intocable! Me pareció una fantástica mala idea. Pero me picó la curiosidad, mucho más, al conocer que no sólo Ridley Scott estaba tras el proyecto, sino que Hampton Fancher, el sufrido y  nunca bien ponderado guionista del original, también se había subido al barco (…). Si  ellos estaban involucrados en una continuación, no podía ser algo mediocre. No busqué la película, ella llegó a mí”. 

La clave de esta historia la encontramos en la ambientación porque la atmósfera creada te ayuda a entender y te introduce en el pellejo, nunca mejor dicho, de los protagonistas.  

Ryan Gosling, el “replicante”, nos ha parecido después de verlo en pantalla como el actor idóneo  por su sobriedad y por el aire que se da con el anterior héroe interpretado por Harrison Ford. Este largometraje, a pesar del riesgo de hacer una segunda parte de una maravilla de la ciencia ficción, no se queda corto, rozando el sobresaliente. No obstante, no tengo claro que el público vaya a responder de modo masivo después del boca a boca por su peculiaridad. Los 163 minutos no se hacen pesados, si exceptuamos un par de escenas que se alargan innecesariamente.

Se puede decir, sin miedo a equivocarnos, que es heredera de la cultura judeo-cristiana, ya que todos recordarán como termina la primera parte en la que muchos vieron al personaje interpretado por Rutger Hauer como un guiño a Jesucristo. Esta película va en la misma línea. En ese sentido  espiritual hay personajes que creen en milagros; se destaca que la libertad no tienen precio y se afirma que el alma es esencial en una personas y los personajes entienden que se insufla en  el nacimiento y que se puede amar al desconocido en una escena trascendental, acuérdense de que san Pablo, cuando predicaba a los filósofos en el Areópago de Atenas,  enseñaba  a amar y a rezar  al  Dios desconocido de los griegos, trasmitiendo que  hay esperanza para el futuro. Por otra parte, la trama amorosa está muy conseguida para el contexto futurista en el que se desarrolla. 

El cineasta cambia las lágrimas en la lluvia por la nieve y vuelve a plantear  la idea de sobre sí es posible que las máquinas sientan como los seres humanos o  que  se pueda deshumanizar a los hombres para convertirlos en esclavos mediante la manipulación genética, quitándoles los sentimientos. Este director quiere que reflexionemos sobre si se puede llegar a controlar del todo lo que uno siente por un recuerdo o  por una situación impactante e inesperada por muy controlada que se encuentre a nivel científico.
..Víctor Alvarado