Redacción
El calor extremo derivado de las altas temperaturas afecta de forma directa al funcionamiento del cerebro, especialmente cuando se superan los 36-38 grados. Esto puede alterar la memoria, el estado de ánimo, el comportamiento, el sueño y la sensación de hambre. En personas con patologías neurológicas previas, estas alteraciones se intensifican, incrementando el riesgo de episodios de confusión, desorientación y agitación.
El cerebro activa mecanismos para regular su temperatura interna a través del hipotálamo, que redirige recursos desde otras áreas como el lóbulo frontal. Esta zona cerebral es clave para funciones como la atención, la memoria de trabajo y el razonamiento.
«Cuando se produce este fenómeno, el hipotálamo se concentra al máximo en cumplir su función de mantener el cuerpo fresco y si es necesario, saca recursos del lóbulo frontal, el área dónde se alojan la flexibilidad cognitiva, la atención, la memoria de trabajo y el razonamiento, por lo que la función cognitiva general también se resiente», explica la Dra. María García Galant, jefa del Servicio de Neuropsicología del Hospital HM Nou Delfos.
Además, el sistema límbico, implicado en la gestión emocional, también se ve afectado, lo que puede derivar en irritabilidad, apatía o agresividad. El calor extremo puede impedir un sueño reparador y alterar el apetito, ya que el cuerpo entra en modo de ahorro energético y prioriza la hidratación sobre la ingesta de alimento.
Cuando se superan los 36-37 grados, automáticamente y en pocos minutos, el cerebro detecta la necesidad de regularse, por lo que destina la mayor parte de sus recursos al hipotálamo, la zona encargada de mantener la temperatura corporal regular
Vulnerabilidad neurológica en verano
Pacientes con enfermedades neurológicas como demencia, epilepsia o daño cerebral adquirido son especialmente vulnerables a los efectos del calor. La Dra. María García señala que el calor extremo, la deshidratación, los cambios de rutina propios del verano como pueden ser los viajes, la interrupción de terapias o las alteraciones del entorno habitual pueden actuar como un desencadenante de síntomas neurológicos o comportamentales, como un síndrome confusional. «Además, ciertos tratamientos farmacológicos, como los psicotropos o anticolinérgicos, pueden aumentar la vulnerabilidad ante un golpe de calor con manifestaciones cognitivas, conductuales o neurológicas», precisa.
Los expertos del hospital HM Nou Delfos subrayan la importancia de mantener una correcta hidratación, adaptar las actividades de estimulación cognitiva y evitar la exposición solar en las horas centrales del día. Asimismo, destacan que es importante adaptar las actividades de estimulación cognitiva para que se mantengan durante todo el verano, aunque sea de manera más flexible.







