Luis de Haro. Director general de iSanidad
El sistema sanitario debe estar diseñado para todas las personas, sin importar edad, origen, género o condición. En especial, debe adaptarse a las personas con discapacidad, reconociendo sus derechos, necesidades y dignidad. Hablar de discapacidad exige sensibilidad. Términos como “minusválido” o “discapacitado” están en desuso. Aunque fueron comunes en el pasado, hoy se consideran inapropiados.
La expresión recomendada es “persona con discapacidad”. Este término pone a la persona en el centro, no a su condición. Es el término que reconoce la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Es lo mismo que recoge la legislación española.
Personas con discapacidad, no capacidades diferentes o diversas
En medios de comunicación y discursos motivacionales se ha popularizado “capacidades diferentes” o “capacidades diversas”. Aunque busca destacar lo positivo, puede invisibilizar las barreras reales que enfrentan muchas personas. Por eso, en ámbitos profesionales como sanidad o servicios sociales, se prefiere hablar de “discapacidad intelectual” o “diversidad intelectual”. Son expresiones claras, respetuosas y útiles para diseñar políticas públicas eficaces.
Más allá del lenguaje, lo esencial es la adaptación. El sistema sanitario debe prepararse para atender a todas las personas, sin excepción alguna. Esto implica ajustar protocolos, espacios, tiempos y actitudes. No se trata solo de cumplir con normativas. Se trata de entender que cada persona tiene necesidades únicas. Y que el sistema debe responder con flexibilidad, empatía y profesionalidad.
Hay ejemplos que invitan a reflexionar porque trabajan entendiendo que cada persona tiene necesidades únicas
Imaginemos a una persona con trastorno del espectro del autismo. ¿Cómo se le administra una vacuna, se le pone un implante o se le realiza una PCR? No basta con aplicar el procedimiento estándar. Es necesario adaptar el entorno, el lenguaje y el ritmo. La Estrategia Española en Trastornos del Espectro del Autismo (TEA) y la Convención de la ONU ofrecen guías valiosas. Pero también es fundamental escuchar a la persona, a sus familiares y cuidadores. Ellos conocen mejor que nadie sus necesidades y preferencias. Otro ejemplo: una persona con párkinson avanzado. Esta enfermedad neurodegenerativa puede implicar dependencia permanente. ¿Está el sistema preparado para atenderla con dignidad y eficacia?
La realidad es que, en muchos casos, el sistema sanitario no está suficientemente preparado. La atención depende de la capacidad de adaptación de cada profesional. Es una muy buena forma de generar desigualdades.
Más allá de los protocolos hay que tener humanidad y actitud de escucha: un cambio de mirada
Tenemos la suerte de conocer ejemplos inspiradores, de aprender de profesionales que se forman, que escuchan, que se esfuerzan por ofrecer una atención personalizada. Centros que adaptan sus instalaciones. Equipos que trabajan en red con servicios sociales y asociaciones. Estas buenas prácticas muestran que sí es posible avanzar hacia una sanidad inclusiva. No todo depende de los protocolos. También cuenta la actitud, la formación y el compromiso.
Hablar de discapacidad en sanidad no es hablar de limitaciones, es inclusión y respeto. Es reconocer que cada persona tiene valor, dignidad y voz. El enfoque centrado en la persona implica mirar más allá del diagnóstico. Implica preguntar: ¿qué necesita esta persona? ¿Cómo puedo ayudarla a sentirse segura, comprendida y bien atendida? Este cambio de mirada transforma la atención sanitaria. La hace más humana, más eficaz y más justa.
Formación y sensibilización: pilares del cambio de paradigma
Para lograr una sanidad inclusiva, es clave formar a los profesionales. No solo en aspectos técnicos, sino también en comunicación, empatía y derechos humanos. La sensibilización también debe llegar a todos los niveles del sistema. Desde la gestión hasta la atención directa. Todos los actores tienen un papel que desempeñar. Además, es fundamental contar con la participación activa de las personas con discapacidad. Ellas deben ser escuchadas, consultadas y respetadas en la toma de decisiones.
La discapacidad no define a las personas, es solo una parte de su vida. El sistema sanitario debe reconocerlo y actuar en consecuencia. Adaptar la atención, respetar el lenguaje, formar a los profesionales y escuchar a las personas son pasos esenciales. No se trata de hacer favores, se trata de cumplir derechos. Una sanidad centrada en la persona es una sanidad más justa, más humana y eficaz. Así se beneficia a toda la sociedad.











