Redacción
Millones de personas en todo el mundo están expuestas de forma cotidiana a metales pesados sin ser conscientes de ello. El contacto continuado con sustancias como el plomo, el arsénico o el cromo puede provocar daños significativos en el ADN humano, incluso a niveles considerados habituales. Así lo indica un estudio internacional que cuenta con la participación del Instituto Bioma de la Universidad de Navarra.
Trabajadores de soldadura, fundiciones, reciclaje de baterías, minería o manufacturas, así como poblaciones que viven cerca de vertederos, industrias o suelos contaminados por actividades pasadas, pueden inhalar o ingerir estos metales día tras día, acumulando sus efectos en el organismo.
El trabajo, publicado en la revista Mutation Research Reviews, es un metaanálisis internacional en el que ha participado Amaya Azqueta, investigadora del Instituto Bioma en el grupo Mitox. Tras analizar 66 estudios realizados durante 25 años, los autores concluyen que las personas expuestas a metales pesados presentan más roturas en su material genético, un biomarcador asociado a enfermedades graves como el cáncer o los trastornos cardiovasculares.
Para evaluar este daño, los investigadores revisaron estudios basados en el ensayo del cometa, una técnica que permite observar la migración del ADN en un campo eléctrico cuando presenta roturas. Según los resultados, los trabajadores expuestos al plomo muestran casi el doble de daño genético que la población no expuesta. «Además, observamos que quienes inhalan humos de soldadura, ricos en cromo, muestran los niveles más altos de daño», añade Amaya Azqueta.
Las personas expuestas a metales pesados presentan más roturas en su material genético, un biomarcador asociado a enfermedades graves como el cáncer o los trastornos cardiovasculares
Mayor impacto en países de renta media
El estudio advierte de que el impacto del daño genético es especialmente preocupante en países de renta media, donde la exposición suele ser mayor y las medidas de protección laboral y ambiental son más limitadas. «El hecho de que el daño genético sea mayor en países de renta media no sorprende, pero sí alarma: refleja desigualdades en protección laboral, regulación y control ambiental«, afirma la investigadora.
Aunque el riesgo no es inmediato, la investigación muestra que la exposición prolongada a estos compuestos puede ir erosionando lentamente el material genético, lo que incrementa la probabilidad de desarrollar enfermedades graves a largo plazo. Por ello, los autores reclaman una mayor vigilancia sanitaria, mejoras en las condiciones de trabajo y políticas más estrictas que limiten la emisión de metales pesados al medioambiente.





