Juan León García
Casi 6 de cada 10 personas en España (57,7%) no tiene el peso que debería según su IMC, y de esta parte de la población, el 23,4% presenta algún tipo de obesidad: el 15,3%, en su grado I, y otro 8,1% con los subtipos más severos (II y III). Sin embargo, un panel de especialistas reunido este martes en Madrid ha identificado, en base a los resultados de la encuesta nacional ‘Autopercepción del peso corporal y el afrontamiento del sobrepeso y la obesidad’ elaborada por el Grupo OPEN España, cuatro perfiles de pacientes que conviven con la obesidad.
Uno de los objetivos está precisamente en personalizar cada caso para, así, ofrecer un abordaje integral y personalizado y mejorar los resultados que ofrecen las actuales opciones terapéuticas (cada vez más amplias con la llegada de nuevas moléculas, más el estándar en variantes avanzadas, la cirugía bariátrica).
El Dr. Francisco Tinahones Madueño, jefe del Departamento de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario Virgen de la Victoria (Málaga) e integrante del Comité de Dirección del Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN), desgrana las cuatro experiencias frente a la obesidad que se recogen en el estudio: los sobrepasados (el 16,5%); los persistentes (15,6%); los despreocupados (14,4%) y los voluntariosos (11,5%).
El también Catedrático de Medicina en la Universidad de Málaga se detiene en la experiencia sobrepasada, que representa a aquellos que han intentado dietas, pero no pierden peso, y sienten como “imposible” lograr esa meta. “Gente que ha tirado la toalla”, resume. Se da la circunstancia de que además suelen tener un nivel socioeconómico y de estudios más bajo, presentan un peor estado de salud y su tasa de paro es mayor que la media.
El 52,6% de la población percibe estar al menos cinco kilos por encima de un peso adecuado, según la encuesta realizada por OPEN España
Aquí añade la Dra. Susana Monereo Megías, jefa del Servicio de Endocrinología del Hospital Ruber Internacional de Madrid y exjefa del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, que las personas con obesidad severa tienen diez puntos porcentuales más de desempleo (21,4%) frente a aquellas con normopeso (11,3%). Lo que conlleva, además, más bajas médicas, mayor impacto emocional y, en resumen, una peor calidad de vida. “Tienen una actitud menos proactiva, en parte por el estigma de la enfermedad, lo que hace que tiren la toalla mucho antes”, precisa.
Las vivencias persistentes tienen relación con la vergüenza que genera a este grupo de personas, con grados de sobrepeso u obesidad II y III, pedir ayuda. “La buscan, pero tienen un problema que ha persistido en el tiempo y la ven como una enfermedad crónica”, relata. Le sigue la experiencia despreocupada, con grado leve (I) y donde predominan hombres, ya que ellos también tienen una autopercepción más baja de su sobrepeso u obesidad reales.
Quizá el espectro poblacional más manejable sea quienes encajan en experiencias voluntariosas, porque “saben que pueden salir de la obesidad y el exceso de peso” y, para el Dr. Tinahones, “lo único que hay que darle son recursos, porque la voluntad ya la tienen”.
Mejora la concienciación sobre la obesidad, pero se trata tarde
Es algo de lo que advierte el Dr. Felipe F. Casanueva, Catedrático de Medicina de la Universidad de Santiago de Compostela y del Instituto de Investigación Biomédica IDIS. De entre las conclusiones del estudio se desprende que “la conciencia de la obesidad como enfermedad está generalizada”, pero “lo que faltaría son programas transversales más importantes, extensos, para que la obesidad tuviera esa tasa de aceptación y siguiera creciendo”, apunta el exjefe del Departamento de Nutrición y Endocrinología del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago (CHUS).
Otro ámbito en el que mejorar es, desde el punto de vista del Prof. Andreu Palou Oliver, Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de las Islas Baleares y director del Laboratorio de Biología Molecular, Nutrición y Biotecnología y del grupo nutrigenómica y obesidad de UIB e IDISBA, la precocidad en la intervención. “Las personas llegan tarde” porque aún no hay una percepción social de que la obesidad sea una enfermedad, avisa.
Al respecto, apunta a que además de las opciones terapéuticas, hace falta “formar al paciente” y aprovechar la saciedad que generan los fármacos ya disponibles. Para Palou, “el gran reto en investigación pasa, por un lado, por la personalización, y por el otro, por el mantenimiento” del peso corporal.
Es ahí donde incide el presidente de la Asociación Nacional de Personas que viven con Obesidad (ANPO) y vicepresidente de la European Coalition for People Living with Obesity (ECPO), Federico Luis Moya, que cree que la estrategia principal se debe centrar en la reeducación de los pacientes, lo que repercutirá en mejores resultados en salud y en el sistema sanitario en su conjunto.
La salud motiva querer perder peso
Uno de los puntos que se han destacado de la encuesta, realizada a una muestra de 2.546 individuos, es que la principal motivación para iniciar hábitos con el objetivo de perder peso, confiesa el 65,6% de los participantes, está en evitar problemas de salud presentes o futuros derivados de su patología. La obesidad es causante de alrededor de 200 comorbilidades asociadas. Otro 28,4% responde que lo hace más bien para reducir limitaciones a la hora de realizar actividades físicas.
Ello motiva la visita a consulta. Pero ahí es donde también hay otro obstáculo: aunque la obesidad y el sobrepeso son problemas de salud pública debido a su alta prevalencia, los especialistas reconocen que “existe ese estigma también dentro de los profesionales sanitarios”, entre los que hay “baja conciencia y baja formación” respecto a esta patología, y han expresado el desconocimiento que también se han encontrado entre la clase política.










