Anuario iSanidad 2025
Dr. Fernando Domínguez Cunchillos, consejero de Salud del Gobierno de Navarra
La sostenibilidad de los sistemas sanitarios públicos ha dejado de ser un debate prospectivo para convertirse en una urgencia en nuestro país. En 2025, la presión asistencial, el envejecimiento poblacional, el incremento del gasto farmacéutico y la crisis estructural de profesionales han conformado una tormenta perfecta que desafía la resiliencia del modelo y que tenemos que afrontar ya.
Sin embargo, reducir el problema a una falta de recursos sería una simplificación: el verdadero reto es transformar un sistema diseñado para el siglo XX en otro capaz de responder al perfil social, epidemiológico y tecnológico del siglo XXI.
En primer lugar, el cambio demográfico continúa tensionando la demanda. Las enfermedades crónicas concentran hoy más del 80% del gasto sanitario en muchos países europeos y requieren un abordaje continuado que el modelo asistencial basado en episodios y en normas de los años 80 y 90 no siempre garantiza.
La sostenibilidad de los sistemas sanitarios públicos ha dejado de ser un debate prospectivo para convertirse en una urgencia en nuestro país
Mientras tanto, la esperanza de vida no deja de crecer; sin embargo, también lo hacen los años vividos con alguna patología, lo que desplaza el foco hacia la cronicidad compleja. Sin una estrategia integral de prevención y autocuidado, seguiremos destinando recursos crecientes a problemas que podrían haberse mitigado mucho antes.
A ello se suma la escasez estructural de profesionales sanitarios, especialmente en medicina de familia y determinadas especialidades hospitalarias. Las jubilaciones masivas previstas para esta década, combinadas con la insuficiente planificación de plazas formativas en años anteriores, han generado un déficit que ya está comprometiendo la accesibilidad.
La consecuencia es doble: las listas de espera, por muchos recursos y energía que le dediquemos, no dejan de crecer; y, de la misma forma, lo hace la carga de trabajo para la plantilla, situación que erosiona la motivación de los profesionales que sostienen el sistema.
La sostenibilidad no es posible sin una política de recursos humanos que priorice la retención del talento, la negociación de las condiciones laborales según los intereses de las nuevas generaciones y la reorganización inteligente de roles y de recursos. Aunque esto conlleve cambios que, a priori, no son populares.
Otro factor clave es la transformación tecnológica. La inteligencia artificial, la interoperabilidad de datos y la medicina personalizada representan oportunidades inmensas, pero exigen inversiones iniciales, gobernanza sólida y criterios éticos claros. El riesgo no es la digitalización en sí, sino implementarla sin rediseñar los procesos.
El riesgo no es la digitalización en sí, sino implementarla sin rediseñar los procesos
La tecnología puede liberar tiempo clínico, mejorar la precisión diagnóstica y empoderar al paciente, pero sólo si se despliega de forma coordinada, con profesionales capacitados y sistemas interoperables que garanticen la atención. No se trata de digitalizar la ineficiencia, sino de solucionar un problema que cada vez es más grande con todas las herramientas disponibles hoy en día.
La financiación sanitaria es otro pilar en revisión. Aunque la mayoría de países mantiene el compromiso con un sistema público fuerte, la realidad es que el gasto sanitario crece por encima de lo que crece la inversión. Seguir aumentando el presupuesto sin cambiar el modelo de atención no es sostenible ni está siendo suficiente.
Seguir aumentando el presupuesto sin cambiar el modelo de atención no es sostenible ni está siendo suficiente
Tenemos que avanzar hacia un sistema que valore los resultados en salud, incentive la prevención, evalúe el valor terapéutico real de las innovaciones y potencie la atención comunitaria. La sostenibilidad pasa por gastar mejor, no solo por tener más dinero cada año o gastar menos; por afrontar y confiar en los cambios, no por perpetuar lo que tenemos por costumbre.
Y en este contexto, el paciente debe ocupar el centro de la transformación: pero no como un eslogan, sino como un actor corresponsable. La educación sanitaria, el autocuidado, la participación informada en decisiones y la adopción de estilos de vida saludables son elementos esenciales para garantizar la viabilidad futura del sistema. Sin ciudadanía implicada, cualquier política de sostenibilidad queda incompleta.
La cuestión, por tanto, no es si el sistema sanitario público es sostenible, sino a qué coste social y con qué reformas queremos garantizar su continuidad. El riesgo principal no es la desaparición del sistema, sino su degradación progresiva hasta perder equidad y capacidad resolutiva.
Para evitarlo, es necesario tomar decisiones que trasciendan ciclos electorales, incorporar la evidencia científica a la toma de decisiones y contemplar la sostenibilidad no sólo económica, sino también profesional y social.
El riesgo principal no es la desaparición del sistema, sino su degradación progresiva hasta perder equidad y capacidad resolutiva
2026 nos ofrece una oportunidad decisiva: tenemos la tecnología, el conocimiento y la experiencia de los errores acumulados, lo que falta es la determinación colectiva para impulsar un cambio profundo.
La sanidad pública puede seguir siendo el mayor patrimonio social si aceptamos que la sostenibilidad no es un destino, sino un proceso continuo de adaptación. Reformar, innovar y anticiparse ya no es una opción; es la única manera de conservar aquello que ha definido durante décadas nuestro concepto de bienestar y cohesión que todos y todas queremos seguir manteniendo.










