Dicebamus hesterna die

Antonio G. García, médico y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Teófilo Hernando

Alzheimer

Antonio G. García, médico y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Teófilo Hernando
Daba comienzo el curso académico 1982-1983 cuando me incorporé a la joven Universidad de Alicante con una plaza de catedrático. Pasé allí un quinquenio que fue de los más fructíferos de mi vida universitaria, pues pronto me rodeé de jóvenes y entusiastas colaboradores con los que desarrollé algunas investigaciones interesantes y actividades docentes innovadoras. La Universidad se había creado dos años antes; su Campus era un aeródromo militar destartalado, hoy convertido en un vergel por el que resulta muy grato pasear, dada la bondad del clima mediterráneo y la belleza de sus jardines.

En 1982 no sabía qué me iba a encontrar aquel primer día de clase en que acudí a un antiguo dormitorio de soldados reacondicionado como aula. Cuando entré en el aula, los 100 alumnos de la clase hablaban animadamente; mientras me dirigía a la mesa del profesor, me ignoraron. Les di los buenos días, pero siguieron alborotados hasta que cogí una tiza y comencé a escribir en la pizarra las primeras pinceladas de mi clase. Se hizo el silencio, abrieron sus cuadernos y aquellos alumnos que aspiraban a ser los médicos de la primera promoción de la Universidad de Alicante, comenzaron a anotar mis palabras escritas, por si eran materia de examen.

La temática de aquella primera clase de la asignatura de farmacología se centraba en la búsqueda y desarrollo de nuevos medicamentos. ¿Qué será de aquellos jóvenes ahora, 44 años después en que escribo esta reflexión? Pues si entonces, en 1982, eran veinteañeros, ahora estarán en los sesenta y tantos, camino de la jubilación. ¿Habrán sido buenos médicos técnicamente? Y, sobre todo, ¿habrán sido médicos buenos con sus pacientes?

Cuento aquí una curiosa experiencia docente acerca de una clase de farmacología que impartí a los alumnos de Medicina de la Universidad de Alicante

Pasado mi quinquenio lucentino, en 1987 me reincorporé a la Universidad Autónoma de Madrid, de la que actualmente soy profesor emérito. Siempre consideré que no me fui del todo de aquella universidad mediterránea, ya que mantuve el contacto con mis amigos y colaboradores, compartiendo proyectos científicos y docentes, a modo de puente tendido entre ambas universidades. A mitad de la década de 1990 ocurrió un hecho insólito: la Facultad de Medicina de Alicante, con sus infraestructuras y gran parte del profesorado, se incorporó a la nueva Universidad Miguel Hernández de Elche, dejando a la Universidad de Alicante sin su Facultad de Medicina.

Desde entonces, la Universidad de Alicante ha luchado por volver a contar con los estudios médicos. Tras tres décadas de gestiones, las autoridades políticas autorizaron la creación de una nueva Facultad de Medicina que inició sus actividades docentes en 2023, también en el Campus de San Vicente del Raspeig. Así pues, desde hace 2 años y pico, la provincia de Alicante, cuenta con dos universidades, la Miguel Hernández y la de Alicante, cada una con su Facultad de Medicina.

Invitado por la profesora Victoria Maneu, en enero de 2026 impartí la primera clase de la asignatura de Farmacología a los alumnos de tercer curso de la nueva Facultad de Medicina, en la Universidad de Alicante. Así pues, los alumnos de la primera promoción fueron mis alumnos, por una hora, en enero pasado, 44 años después de aquella otra mi primera clase de farmacología en el mismo Campus de San Vicente del Raspeig. Como si nada hubiera ocurrido en este largo lapso de tiempo.

La curiosidad reside en el hecho de que mi primera clase fue en 1982 y esta segunda edición de la misma clase aconteció en febrero de 2026, 44 años después

Se me ocurrió iniciar la clase de 2026 recordando la otra clase con contenidos parecidos que había impartido hacía 44 años y conté a los alumnos la anécdota de Fray Luis de León, quien, después de pasar 5 años en la cárcel condenado por la Inquisición, inició su primera clase con su afamada frase: «Dicebamus hesterna die» («Decíamos ayer»). En mi caso el lapso de tiempo fue de 44 años, pero la idea de la frase es la misma. Con ella, Fray Luis de León ignoró el castigo de la Inquisición y continuó su actividad académica como si nada hubiera pasado. En el caso de la Universidad de Alicante el lapso de tres décadas no ha mermado su empeño por cultivar la docencia de la medicina, consiguiendo recuperar su Facultad de Medicina.

Tras la anécdota humanística conté a los alumnos de la nueva Facultad de Medicina (ahora se le ha dado en llamar Facultad de Ciencias de la Salud) las etapas que preceden al nacimiento de un nuevo medicamento, las vicisitudes por las que pasaría en su más o menos larga vida de uso clínico-terapéutico, es decir, su ciclo de vida. A modo de introducción al tema y en el contexto de las estrategias que se siguen en la búsqueda y el desarrollo de nuevos fármacos, les presenté la curiosa historia de la penicilina, desde su descubrimiento por Alexander Fleming en 1927 hasta su desarrollo clínico por Walter Florey y Ernest Boris Chain, 15 años más tarde.

El espectacular caso de una mujer con aborto séptico que evolucionó a una septicemia por estreptococo beta-hemolítico, fue un ejemplo preclaro de su poder curativo. La enferma tenía fiebre muy alta y abundantes colonias bacterianas en sangre. Tras 1 mes de tratamiento con sulfadiazina y dos intervenciones quirúrgicas no se logró controlar a la paciente, cuya vida estaba seriamente amenazada. A la quinta semana se le administraron las pequeñas cantidades de penicilina disponibles que, sin embargo, pronto redujeron a cero el número de colonias bacterianas circulantes; también la fiebre disminuyó para alcanzar niveles normales.

Y aún más curioso es que los alumnos pertenecían unos a la primera promoción de la antigua Facultad de Medicina (los de 1982) y los otros a la primera promoción de la recuperada Facultad de Medicina, que la Universidad de Alicante perdió a mitad de los años de 1990

Esta espectacular respuesta terapéutica impulsó la rápida síntesis de penicilina a nivel industrial, que facilitó la realización de un ensayo clínico en 200 pacientes de un hospital militar estadounidense; esta rapidez se debía al hecho de que los Estados Unidos iban a entrar en la II Guerra Mundial y sus soldados heridos en combate necesitaban el «milagroso» fármaco penicilínico. El ensayo clínico fue muy positivo, lo que impulsó el uso amplio de la penicilina. Obviamente, Fleming, Florey y Chain fueron galardonados con el Premio Nobel de Medicina en 1945.

Conseguí con esta historia ganarme la atención de los alumnos futuros médicos y entré de lleno en las bien estructuradas etapas que desde hace años se siguen para la búsqueda y el desarrollo de un nuevo medicamento. Las plantas como fuentes de medicamentos, la química sintética, los anticuerpos monoclonales, las hormonas y enzimas y hasta los genes y las células como medicamentos. Me entretuve un momento en contarles la intuición del Paul Janssen para descubrir fármacos tan impactantes como el haloperidol (que vació de enfermos los hospitales psiquiátricos, antiguos manicomios) o el potente analgésico fentanilo. A propósito del haloperidol, comenté el inicio de la película «Amadeus», que cuenta la vida de Mozart.

Antonio Salieri, un compositor contemporáneo de Mozart, había enloquecido por la frustración que le causaba la facilidad con que la música brotaba de la cabeza de Wolfgang Amadeus Mozart. En el inicio de la película aparecía el terrorífico ambiente de un antiguo manicomio, que el haloperidol borraría en pocos años. Salieri estaba internado en aquel manicomio, desde el que recuerda su tortuosa relación con Mozart. Con pocos pacientes esquizofrénicos, el psiquiatra amigo de Janssen pudo demostrar la fuerza sedante y antipsicótica del haloperidol, que se comenzó a utilizar rápidamente en todo el mundo.

Siguiendo con el tema del origen de los medicamentos, recurrí a algunos ejemplos basados en fármacos extraídos de las plantas y les comenté el caso de la morfina, que todavía hoy se extrae del opio, dada la complejidad de su síntesis orgánica en el laboratorio, que la haría excesivamente cara. Las herramientas computacionales y más recientemente, la inteligencia artificial son otras aproximaciones que ayudan en la búsqueda de nuevas estructuras químicas susceptibles de convertirse en fármacos.

La exploración de nuevas dianas terapéuticas (receptores, proteínas, ácidos nucleicos), el uso de quimiotecas con cientos de miles de compuestos y la búsqueda de actividades sobre un receptor o proteína expresada en una línea celular, con potentes robots, finalizaron mi exposición sobre las varias fuentes que utilizan los buscadores de fármacos para encontrar nuevas entidades químicas. Resalté que un elevado porcentaje de los medicamentos que hoy aprueban las agencias reguladoras tienen estructura proteica; han ocupado una importante parte del terreno de las pequeñas moléculas, que tanto éxito tuvieron en la búsqueda de fármacos durante la segunda mitad del siglo XX.

Siguiendo el guion de mi clase, comenté las etapas del desarrollo preclínico de un fármaco en estudios celulares y animales (galénica, farmacocinética, toxicidad, farmacodinamia) para entrar en el ensayo clínico de fase I, que suele hacerse en voluntarios sanos o en pacientes si se trata de moléculas oncológicas, y las fases II y III que se desarrollan en pacientes con una determinada enfermedad. Toda la vasta información recogida en los estudios preclínicos y clínicos se presenta en la agencia reguladora, bien en la prestigiosa Agencia de Medicamentos y Alimentos estadounidense (FDA, acrónimo del inglés Food and Drug Administration), en la Agencia Europea del Medicamento (EMA, del inglés European Medicines Agency) o en la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS).

Estas agencias someten al nuevo candidato a medicamento a un exhaustivo proceso evaluador, que descansa en la definición de la relación beneficio/riesgo del nuevo fármaco, llevada a cabo por una comisión de expertos en el área terapéutica de que se trate. La aprobación por la agencia del nuevo medicamento se sigue de aspectos relacionados con la fijación del precio del medicamento, su acceso a médicos prescriptores y enfermos y el establecimiento de programas de farmacovigilancia para asegurar su seguridad durante su uso clínico en la población general.

Los estudios poscomercialización se centran precisamente en la seguridad del nuevo medicamento, la extensión de su ciclo de vida con nuevas indicaciones (mieloma múltiple en el caso de la talidomida, impotencia masculina en el caso del sildenafilo) con asociaciones de medicamentos (sida, hipertensión, infecciones complejas, cáncer) o la preparación de nuevas formulaciones galénicas para facilitar la administración y llegada a la diana del nuevo medicamento (prolongación de su vida media, acceso al cerebro, administraciones a intervalos prolongados, incluso de meses).

Finalmente, facilité a los alumnos un esquema didáctico que incluía todas las etapas de investigación, desarrollo y comercialización de un nuevo medicamento. Y dediqué los últimos 5 minutos de mi clase a la poesía, actividad que he practicado durante toda mi carrera académica. Estando en Alicante, elegí una afamada poesía del poeta oriolano Miguel Hernández, «Las nanas de la cebolla»; al principio de la clase di a alumnos tres fragmentos de este poema, que leyeron al resto de la clase: La poesía, una herramienta pedagógica que he utilizado durante medio siglo con mis alumnos de Medicina y de otros foros docentes. Poesía para contribuir a la formación humanística de los estudiantes futuros médicos para que ejerzan su oficio con empatía y compasión hacia sus pacientes que sufren la dolorosa enfermedad.

Pacientes que no son solo máquinas rotas que hay que reparar; son también personas como los veían los médicos de la historia, Hipócrates en la Antigüedad, William Osler a finales del siglo XIX y principios del XX, o Gregorio Marañón y Teófilo Hernando en la primera mitad del siglo XX.

Un hecho curioso que en distintos contextos recuerda la experiencia de Fray Luis de León en la Universidad de Salamanca, con su afamada frase «Dicebamus hesterna die»

Fray Luis de León, poeta, filósofo y religioso agustino, enseñaba en su cátedra en la Universidad de Salamanca, en el Renacimiento. Sus éxitos le granjearon envidias y enemistades de los dominicos, patronos de la Inquisición. La acusación principal se basaba en el hecho de que prefiriera el texto hebreo del Antiguo Testamento a la versión latina oficial (traducción Vulgata de San Jerónimo). A ella se añadió el hecho de que tradujera el Cantar de los Cantares de Salomón a la lengua vulgar, algo que se había prohibido por el Concilio de Trento.

Cuando fue liberado, tras 5 años de silencio en la cárcel de la Inquisición en Valladolid, Fray Luis de León retomó sus enseñanzas en la Universidad de Salamanca, en una cátedra extraordinaria de Teología. Y en su primera clase, según la tradición, es donde pronunció su famosa frase «Dicebamus hesterna die», «Decíamos ayer». Frase que ha pasado a la historia como la reafirmación de una mente libre, resistente al viento y a las mareas. La experiencia de la cárcel le llevó a escribir en las paredes de la cárcel, su afamada oda XXIII «A la salida de la cárcel» en 1576: «Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado. / Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado, / y con pobre mesa y casa / en el campo deleitoso / con sólo Dios se compasa / y a solas su vida pasa / ni envidiado ni envidioso».

Esta décima es una poesía ascética que se centra en la renuncia a lo material, en el vivir con lo imprescindible, en apartarse de lo urbano y retirarse a lo rural, en soledad, para cultivar el alma, la espiritualidad y la fe.

 

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