Sanidad híbrida: lo virtual para sostener lo presencial

Germán Gutiérrez, director de Soluciones Integradas de Salud para Iberia y Director de Salud Digital e Innovación para EMEA en Medtronic

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Anuario iSanidad 2025
Germán Gutiérrez, director de Soluciones Integradas de Salud para Iberia y Director de Salud Digital e Innovación para EMEA en Medtronic
España presume, con razón, de una sanidad que durante décadas ha sido referencia. Pero hoy esa máquina empieza a mostrar señales de fatiga. Está entrando en una fase en la que la demanda crece más rápido que la capacidad de respuesta. Lo vemos en listas de espera, en urgencias tensionadas y en profesionales que trabajan con el modo maratón activado. La cuestión ya no es si hay presión, sino qué hacemos con ella.

Los datos ponen escala al reto: a 1 de enero de 2025, los mayores de 65 años ya representan el 20,7% de la población. Y la tendencia no afloja: según las proyecciones demográficas del INE, en torno a 2055 esa proporción alcanzaría el 30,5%, casi uno de cada tres.

Traducido a la clínica: más pacientes frágiles y pluripatológicos, más episodios de descompensación, más necesidad de seguimiento continuo… y menos margen para seguir respondiendo de forma convencional, solo con más presencialidad y más ladrillo.

Vivimos más —la esperanza de vida alcanzó 84,01 años en 2024— y eso implica más años conviviendo con patologías de larga duración. Las enfermedades crónicas concentran en torno al 80% del gasto sanitario público y generan aproximadamente tres de cada cuatro consultas en atención primaria.

Las enfermedades crónicas concentran en torno al 80% del gasto sanitario público y generan aproximadamente tres de cada cuatro consultas en atención primaria

A esto se añade una realidad incómoda: Europa estima un déficit de 1,2 millones de médicos, enfermeras y matronas (dato de 2022) y en España seguimos con menos enfermeras por habitante que la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE): 5,9 por 1.000, frente a 9,2.

Ante este escenario, la reacción instintiva es reforzar lo conocido: más camas, más agendas, más derivaciones. Algo de eso será necesario, pero no será suficiente. La salida pasa por rediseñar el modelo asistencial. Y ahí es donde la atención híbrida —presencial y virtual, integrada— deja de ser una palabra de moda y se convierte en una necesidad estructural.

Híbrido no significa pantalla para todo ni telemedicina por defecto. Significa usar la presencialidad donde aporta valor clínico y humano (explorar, decidir, intervenir, acompañar) y apoyarse en lo virtual para lo que puede hacerse sin perder calidad: seguimiento, educación terapéutica, ajuste de tratamientos, detección precoz de descompensaciones y coordinación entre niveles.

En otras palabras: no se trata de sustituir al profesional, sino de ampliar su alcance y reservar el tiempo presencial para lo que de verdad lo requiere.

No se trata de sustituir al profesional, sino de ampliar su alcance y reservar el tiempo presencial para lo que de verdad lo requiere

El caso de la hospitalización a domicilio es un buen ejemplo de la importancia de esta aproximación. En España existen en torno a 130 unidades activas, según datos recientes de la Sociedad Española de Hospitalización a Domicilio (Sehad), y la evidencia internacional es consistente: para determinados perfiles puede ser una alternativa segura, con alta satisfacción y costes menores a la hospitalización convencional.

El problema aparece cuando intentamos escalarla a pulmón. Si cada paciente exige el mismo número de visitas y llamadas, aumentar el número de pacientes significa aumentar los recursos dedicados en la misma proporción. Digitalizar la hospitalización a domicilio rompe esa dinámica.

Si una parte relevante de la vigilancia clínica se convierte en información estructurada y accionable —constantes, síntomas, adherencia, alertas—, el equipo puede dedicar el tiempo presencial a quien lo necesita.

No es ciencia ficción: dispositivos conectados (tensión, saturación, peso), cuestionarios breves, protocolos de escalado y un centro de mando clínico que prioriza a quién llamar, a quién visitar y a quién derivar. El resultado no es hacer menos, sino hacerlo mejor: menos variabilidad, más anticipación y más capacidad con los mismos recursos.

El resultado no es hacer menos, sino hacerlo mejor: menos variabilidad, más anticipación y más capacidad con los mismos recursos

Esta lógica se extiende más allá de la hospitalización a domicilio y la inmensa mayoría de las especialidades clínicas podrían aplicar estrategias efectivas de asistencia híbrida. Por ejemplo, en insuficiencia cardíaca un metaanálisis reciente de 41 ensayos (más de 16.000 pacientes) observó una reducción de hospitalizaciones y menor mortalidad cuando se aplica una estrategia de monitorización remota no invasiva, especialmente cuando se combina con educación, autocuidado y comunicación efectiva (incluida la videollamada).

Ese mismo enfoque —datos + intervención clínica— se está aplicando, entre otras, a la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), la diabetes, el seguimiento postquirúrgico, al manejo oncológico, la rehabilitación… En definitiva, menos visitas innecesarias, más seguimiento proactivo y detección temprana de complicaciones.

Ahora bien, el principal reto no es tecnológico, sino organizativo. La atención híbrida exige protocolos claros (qué se hace en remoto y qué no), criterios de selección y escalabilidad, integración con la historia clínica y métricas compartidas.

Exige también rediseñar roles —con enfermería en el centro del seguimiento— y cuidar el lado humano: evitar trasladar más carga al cuidador, garantizar la accesibilidad digital y mantener la continuidad cuando el paciente pase de lo virtual a lo presencial.

Si lo hacemos bien, la sanidad híbrida no deshumaniza; más bien, todo lo contrario. Porque libera tiempo clínico para el encuentro presencial que importa y permite que la mayor parte de la vida —y de la enfermedad— suceda donde realmente sucede: en casa.

Si lo hacemos bien, la sanidad híbrida no deshumaniza; más bien, todo lo contrario

La pregunta ya no es si debemos avanzar hacia modelos híbridos. La pregunta es si vamos a diseñarlos con rigor clínico, gobernanza y evaluación; o si dejaremos que se implanten de forma fragmentada, como parches: a base de pilotos, con herramientas digitales inmaduras y sin un modelo de servicio detrás.

Porque la sanidad híbrida no se sostiene con una app y buena intención: exige tecnología robusta (segura, interoperable, integrada en el flujo clínico); servicios continuos (soporte a la digitalización, seguimiento de la adherencia de los pacientes, formación, analítica de datos, integración de nuevos sensores, etc.); y, sobre todo, conocimiento del entorno asistencial y capacidad real de gestión del cambio.

Y eso rara vez lo aporta una startup puramente tecnológica en solitario: requiere compañías —o alianzas— con músculo operativo, experiencia clínica y responsabilidad a largo plazo. En un sistema tensionado por el envejecimiento, la cronicidad y la escasez de profesionales, integrar lo virtual y lo presencial no es el futuro: es la condición para sostener el presente.

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