Luis Herrera, director médico de Schwabe
Cada 7 de abril, el Día Mundial de la Salud invita no solo a reflexionar sobre los desafíos sanitarios globales, sino también a analizar cómo evolucionan las herramientas terapéuticas disponibles. En este contexto, los fitofármacos, medicamentos de origen natural con evidencia científica, están consolidando su papel dentro de un modelo de salud que apuesta cada vez más por la integración, la prevención y la personalización de los tratamientos.
Lejos de la percepción tradicional y casi que ya obsoleta que los vincula exclusivamente con lo “natural” o lo alternativo, los fitofármacos actuales se desarrollan bajo estándares de calidad equiparables a los de cualquier medicamento de síntesis química. Esto implica investigación preclínica, ensayos clínicos controlados, estandarización de principios activos y cumplimiento de normativas regulatorias exigentes, como las establecidas por la Agencia Europea de Medicamentos (EMA).
Así, según la EMA y su Comité de Medicamentos a Base de Plantas (HMPC), un fitofármaco debe demostrar no solo seguridad, sino también eficacia a través de estudios científicos robustos. Esta distinción resulta clave para entender su papel dentro del abordaje terapéutico actual.
Pero, hoy, vamos aún más allá de la normativa. En los últimos años, la evidencia disponible ha crecido de forma significativa. Múltiples estudios han documentado la eficacia de determinados compuestos de origen natural en el manejo de trastornos y patologías frecuentes, como la ansiedad leve o alteraciones digestivas funcionales3.
Múltiples estudios han documentado la eficacia de determinados compuestos de origen natural en el manejo de trastornos y patologías frecuentes, como la ansiedad leve o alteraciones digestivas funcionales
Uno de los ejemplos más estudiados es Silexan, cuya eficacia en el tratamiento de los síntomas transitorios de la ansiedad ha sido demostrada en ensayos clínicos aleatorizados, con resultados comparables al de algunos tratamientos convencionales y con un perfil de seguridad favorable. Este tipo de evidencia ha contribuido a su progresiva incorporación en la práctica clínica, especialmente en contextos donde se priorizan opciones bien toleradas.
En España, este avance científico comienza a reflejarse en documentos de consenso y guías clínicas. Un ejemplo de ello es el documento ‘Ansiedad – Consulta rápida para médicos de Atención Primaria’ de Semergen, que sitúa a Silexan como la única alternativa farmacológica en los casos de ansiedad leve y contempla su uso en combinación con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina en cuadros de ansiedad moderada-grave, reforzando un abordaje escalonado y basado en la toma de decisiones clínicas desde la consulta del médico de familia.
En paralelo, distintos estudios señalan que el 27 % de la población recurre actualmente a medicamentos de origen natural, un dato que refleja el creciente interés por estas alternativas. Esta tendencia se enmarca, además, en un contexto más amplio de mayor conciencia sobre el autocuidado y la salud preventiva, en el que los pacientes adoptan un papel cada vez más activo en la gestión de su bienestar. Todo ello refuerza la necesidad de abordar estas opciones desde criterios de evidencia, calidad y supervisión médica.
Distintos estudios señalan que el 27 % de la población recurre actualmente a medicamentos de origen natural, un dato que refleja el creciente interés por estas alternativas
Además, en un contexto marcado por el envejecimiento poblacional, la cronicidad y la necesidad de optimizar recursos, contar con opciones terapéuticas seguras, bien toleradas, sin interacciones medicamentosas descritas y basadas en evidencia puede favorecer la adherencia al tratamiento y mejorar la calidad de vida.
La combinación de todos estos aspectos, que forman parte de la actualidad médica, científica y social, demuestran que los fitofármacos representan una oportunidad para avanzar hacia una medicina más personalizada, donde las decisiones terapéuticas se adapten al perfil del paciente. Lo que debe ser fundamental es diferenciar claramente entre productos con respaldo científico y aquellos que no cuentan con evidencia suficiente. Para ello, la formación de los profesionales sanitarios y el acceso a información rigurosa serán determinantes para garantizar un uso adecuado por parte de los pacientes y solidificar la credibilidad de estos fármacos entre los expertos.









