Anuario iSanidad 2025
Federico Plaza, director de Relaciones Corporativas y Asuntos Públicos de Roche Farma España
El siglo pasado fue testigo de un avance extraordinario en la esperanza de vida. Este logro no fue fruto del azar, sino de la confluencia de distintos factores, como una mejor atención médica y, en especial, el impacto de una innovación farmacéutica a la hora de abordar enfermedades graves.
De hecho, entre los países desarrollados, donde figura España, entre 2006 y 2016 la esperanza de vida aumentó en 1,7 años. Pues bien, más del 70% de este incremento se puede atribuir al uso de medicamentos innovadores.
Sin embargo, este éxito nos sitúa ante un desafío de gran magnitud, sobre todo si atendemos al hecho de que la carga de las enfermedades crónicas no deja de crecer. Esta realidad ejerce una presión creciente sobre nuestros sistemas de salud, donde esas patologías ya representan la mayor parte de la carga asistencial, una carga que todo indica que seguirá creciendo en el futuro.
Si sumamos a esto un panorama económico incierto y la necesidad de incorporar innovaciones cada vez más costosas, no podemos permitirnos seguir mirando al corto plazo en nuestra política sanitaria.
Por el contrario, es imprescindible cambiar el paradigma, y entender la innovación en salud no como un gasto que tiene impacto presupuestario a corto plazo, sino como una inversión estratégica que genera muchos y muy diversos retornos no sólo a los pacientes y al sistema sanitario, sino al conjunto de la sociedad. No olvidemos que una economía fuerte y un país próspero sólo pueden construirse sobre una población sana.
Es imprescindible cambiar el paradigma, y entender la innovación en salud como una inversión estratégica que genera retornos a los pacientes, al sistema sanitario y al conjunto de la sociedad
Por ello, hay que empezar a medir y reconocer el valor social de la innovación en salud. Cuando hablamos de valor social nos referimos al impacto de un medicamento más allá de sus beneficios clínicos.
Este impacto —y este es un aspecto absolutamente clave— debe ser medible. El valor social engloba el bienestar y la productividad de los pacientes y sus cuidadores, así como la eficiencia del sistema sanitario. Pero también cómo impacta esta mejora de los resultados en salud en el tejido económico y productivo.
Hasta el momento, las evidencias son claras: cada euro invertido en medicamentos ahorra entre 2 y 7 euros en otros gastos sanitarios y genera retornos indirectos masivos en productividad.
En Roche hemos sido testigos, a lo largo de nuestros 130 años de historia, de cómo este valor social transforma realidades en distintas áreas. Es el caso de la oncología, donde la innovación es responsable del 96% de la mejora en la esperanza de vida; o de la esclerosis múltiple, donde tratamientos de alta eficacia permiten que la inmensa mayoría de los pacientes mantengan su autonomía y sigan caminando sin ayuda tras una década.
Cuando hablamos de valor social nos referimos al impacto de un medicamento más allá de sus beneficios clínicos
Pero el valor social también permite aliviar la carga que soportan las familias. En enfermedades como la atrofia muscular espinal (AME), el impacto económico y emocional es devastador. Además, la mayoría de los costes no son sanitarios, sino que los asume la familia, a menudo obligando a los cuidadores a abandonar su vida laboral.
En todo este contexto, a la hora de evaluar una terapia innovadora ¿cómo no vamos a tener en cuenta que estamos devolviendo tiempo de trabajo, salud mental y calidad de vida a todo un entorno familiar?
Incluso la innovación incremental, como ocurre con las formulaciones subcutáneas, genera valor social al liberar recursos hospitalarios, evitar el riesgo de infecciones, reducir desplazamientos del paciente y sus familiares, descongestionar el sistema y mejorar la experiencia del paciente.
En definitiva, desde Roche pensamos que, para garantizar la sostenibilidad y el acceso a las nuevas terapias, nuestros líderes políticos, gestores y profesionales sanitarios deben adoptar este enfoque integral y evitar que visiones cortoplacistas o marcos regulatorios restrictivos retrasen el acceso a la innovación en salud.
Es el momento de actuar. Priorizar hoy la innovación es ayudar a generar un círculo virtuoso de salud y prosperidad para nuestra sociedad. Medir el valor social de la innovación en salud es hoy la mejor garantía de futuro para nuestro sistema sanitario y un motor para el avance de la sociedad.










