Cuando la ignorancia se viraliza: el desafío médico ante la desinformación sanitaria

Dr. Manuel Viso @manuelvisothedoc, jefe de Hematología y Urgencias del Hospital San Rafael de A Coruña

Anuario iSanidad 2025
Dr. Manuel Viso @manuelvisothedoc, jefe de Hematología y Urgencias del Hospital San Rafael de A Coruña
Vivimos un momento en el que la información sanitaria, sin conocimiento, circula con una ligereza que roza lo temerario. Las redes sociales se han convertido en un escenario donde cualquiera puede opinar sobre diagnósticos, tratamientos, alimentación, suplementos o enfermedades con una seguridad que, en la mayoría de los casos, no se corresponde con ningún tipo de formación ni responsabilidad profesional. Y lo peor es que muchos de esos mensajes tienen mucho más alcance que una consulta médica, una guía clínica o un artículo científico. Seamos claros: esto es un problema de salud pública.

Como médico, me preocupa profundamente la normalización de esta pseudodivulgación sanitaria. Personas sin formación sanitaria ni un mínimo conocimiento científico se presentan como supuestos referentes capaces de desmontar mitos, abrir los ojos o incluso corregir aquello que, según ellos, los médicos no aprendemos ni en la carrera ni en nuestro estudio constante y permanente de la ciencia.

Vivimos un momento en el que la información sanitaria, sin conocimiento, circula con una ligereza que roza lo temerario

Mientras tanto, millones de usuarios consumen esos contenidos pensando que reciben información fiable. Todo ello condimentado con un lenguaje emocional, una narrativa simplista y, en demasiadas ocasiones, intereses económicos muy evidentes.

Esta situación está generando tres efectos extremadamente graves: confusión masiva, desconfianza hacia los profesionales y retrasos diagnósticos. Con mayor frecuencia de la que desearía veo en consulta casos de pacientes que llegan tarde porque alguien en redes les aseguró que su síntoma era normal o que se solucionaba con tal mejunje o con determinado suplemento.

Y también lo contrario: personas alarmadas por supuestos riesgos inventados, innecesariamente preocupadas o incluso abandonando tratamientos por recomendaciones de influencers sin ningún fundamento clínico.

Esta situación está generando tres efectos extremadamente graves: confusión masiva, desconfianza hacia los profesionales y retrasos diagnósticos

No podemos seguir suavizando este fenómeno. La información incorrecta o tergiversada puede modificar conductas, influir en decisiones críticas e incluso costar vidas. Ahora bien, también debemos asumir nuestro papel en esta crisis comunicativa.

Durante años, los médicos hemos hablado para otros médicos, utilizando un lenguaje que para la población resulta inaccesible, ininteligible o intimidante. Hemos dejado espacios vacíos que otros han ocupado sin ningún pudor. Y cuando digo otros, me refiero a personas que en muchos casos tienen más habilidad comunicativa que formación, más interés económico que responsabilidad ética. Son verdaderos charlatanes.

Aquí quiero ser especialmente crítico: no es aceptable que la salud se convierta en un negocio basado en la influencia digital, donde lo importante no es la veracidad de un mensaje, sino su capacidad para generar likes, visualizaciones, ventas o seguidores. La información en salud no puede depender de algoritmos, estrategias de marketing ni colaboraciones remuneradas.

La información en salud no puede depender de algoritmos, estrategias de marketing ni colaboraciones remuneradas.

Frente a esto, nuestra labor como profesionales no puede limitarse a lamentar el ruido. Tenemos que competir, sí, pero desde el rigor. Y eso implica tres compromisos ineludibles. El primero es reivindicar la ciencia sin complejos. La medicina basada en la evidencia no es una opinión más, sino el resultado de décadas de investigación y revisión crítica. No puede ponerse al nivel de recetas caseras, consejos naturales o teorías conspirativas.

El segundo es comunicar con claridad y firmeza. Explicar no es simplificar en exceso, sino traducir el conocimiento científico a un lenguaje comprensible sin perder rigor. Si no lo hacemos nosotros, otros ocuparán ese espacio con mensajes más atractivos, pero peligrosos.

El tercero es mantener una ética intachable. Para que la población confíe en nosotros, la transparencia debe ser total: sin colaboraciones dudosas ni recomendaciones interesadas. Cada mensaje debe basarse únicamente en evidencia y responsabilidad profesional.

La transparencia debe ser total: sin colaboraciones dudosas ni recomendaciones interesadas

La salud no puede ser un espectáculo ni un nicho de mercado. Quien comunica sobre salud en altavoces tan poderosos actualmente como las redes sociales tiene una responsabilidad enorme, pero esa responsabilidad sólo la asumimos los profesionales que sabemos lo que está en juego.

Por eso, debemos alzar la voz con claridad: las redes sociales están llenas de ruido sanitario y gran parte de ese ruido es dañino. No es arrogancia defender la ciencia. Es ética. Es deber profesional. Es protección de la población.

En definitiva, si no somos nosotros los que tenemos la formación, la experiencia y la responsabilidad quienes lideramos la conversación sanitaria, seguiremos cediendo terreno a voces que, por muy populares que sean, no están preparadas ni legitimadas para orientar la salud de nadie. Y ese, sinceramente, es un riesgo que no podemos permitirnos.

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