Anuario iSanidad 2025
Dr. Fernando Mora @doctormora_, psiquiatra
Sería en torno al año 1930 cuando Gregorio Marañón pronunció una de sus frases más célebres: la mayor innovación que he conocido en toda mi carrera es… la silla. No habló de un fármaco ni un aparato sofisticado, sino un objeto que le permitía sentarse al lado del paciente, hablar con él y explorarlo.
En 2025, cuando la inteligencia artificial (IA) avanza a una velocidad que ningún clínico habría imaginado hace apenas unos años, conviene recordar esa imagen. La medicina siempre ha progresado gracias a la tecnología, sí, pero su esencia sigue estando en la capacidad humana de escuchar, comprender y acompañar o, lo que es lo mismo, en la relación que se establece entre un paciente y un profesional sanitario.
La pregunta de fondo es inevitable: ¿qué lugar ocupa la inteligencia emocional en una era en la que la inteligencia artificial promete respuestas rápidas, precisas y aparentemente empáticas? Lo que la IA ofrece… y lo que no puede dar.
La medicina siempre ha progresado gracias a la tecnología, sí, pero su esencia sigue estando en la capacidad humana de escuchar, comprender y acompañar
Algunos estudios recientes han generado titulares que, como mínimo, tienen que invitarnos a la reflexión. Y es que hay pacientes que encuentran más empáticas y de mayor calidad las respuestas escritas por chatbots que las ofrecidas por médicos reales. La IA siempre tiene una respuesta amable, no tiene días malos ni la presión del tiempo asistencial y no se cansa después de contestar a miles de personas.
Sin embargo, aún hay esperanza para nosotros, pues los pacientes siguen prefiriendo la interacción humana real y reconocen la importancia del lenguaje no verbal y de la precisión clínica que ofrecemos los profesionales. Así que, la llegada de la IA tiene que ser un revulsivo para reivindicar el papel de la relación médico-paciente y para potenciar una cualidad que nos hace únicos: la inteligencia emocional.
La llegada de la IA tiene que ser un revulsivo para reivindicar el papel de la relación médico-paciente y para potenciar una cualidad que nos hace únicos: la inteligencia emocional
Activar la inteligencia emocional supone, en primer lugar, generar una empatía auténtica. Una resonancia emocional genuina, que es algo inaccesible para una máquina. La IA no experimenta afectos, no comprende el sufrimiento, no capta los silencios, la mirada o la postura corporal.
Y la relación clínica, como demuestra la evidencia, depende más del cómo que del qué: el 55% de la comunicación emocional proviene del lenguaje corporal y el 38%, del tono de voz. Ahí la IA queda fuera de juego.
Además, la clínica no es solo un proceso técnico. Es una integración ética y contextual. El profesional conoce la historia de vida, las vulnerabilidades, la familia, los recursos y los miedos del paciente. La IA trabaja con patrones probabilísticos, el profesional sanitario trabaja con personas.
Y hay un último elemento decisivo, la relación longitudinal. La confianza no se genera por una respuesta brillante, sino por una presencia sostenida. En un momento en el que los sistemas sanitarios se llenan de dispositivos y algoritmos, la responsabilidad sigue siendo exclusivamente humana.
La IA puede ayudar enormemente, pero no puede responder por las consecuencias de un mal consejo ni comprender el impacto emocional de una información delicada. Por eso, la conclusión hoy es clara, la IA no puede, todavía, formar una relación clínica auténtica. Y, aun cuando algún día lo imite mejor, debemos preguntarnos si queremos delegar en una máquina el acto más humano de la medicina: cuidar.
La IA puede ayudar enormemente, pero no puede responder por las consecuencias de un mal consejo ni comprender el impacto emocional de una información delicada
Un pacto ético para la era de la IA
La pregunta no es si utilizaremos IA en sanidad y en la vida cotidiana. La pregunta es cómo. Para ello, propongo cinco ideas sencillas. La primera es cultivar nuestra inteligencia emocional como competencia clínica y personal. La segunda es enmarcar la IA como herramienta de apoyo, no como sustituto del juicio profesional o humano.
La tercera es proteger los espacios de interacción humana, especialmente en la consulta. La cuarta es evaluar de forma continua el impacto de la IA sobre la relación médico-paciente. La quinta, defender una cultura que valore la empatía y la presencia como parte de la excelencia sanitaria.
Al final, la medicina y la vida se reducen a aquello que Maya Angelou resumió magistralmente: la gente olvidará lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir. La inteligencia artificial seguirá creciendo, pero la inteligencia emocional y la capacidad de decidir seguirán siendo… profundamente humanas.










