Anuario iSanidad 2025
Rosa Molina @dr.rosamolina, psiquiatra
La consulta psiquiátrica ha cambiado sin que apenas nos demos cuenta. El cuerpo sigue entrando por la puerta, pero buena parte de la vida mental queda fuera, especialmente entre los más jóvenes: archivada en forma de clics, comentarios, mensajes y experiencias en plataformas digitales.
La psicopatología no es nueva, pero el andamio sobre el que se expresa, sí. En 2025, el reto no ha sido solo observar, escuchar, intuir, empatizar… ha sido también comprender el yo digital.
Un informe de Unicef indica que más del 90% de los adolescentes ya forman parte activa de las redes sociales, y un 76% posee móvil propio a los 12 años. Esto indica que su experiencia vital —identidad, relaciones, autoimagen— se media en pantallas desde edades tempranas. Y el 5,7% de jóvenes presenta un uso problemático asociado a ansiedad, peor calidad de vida y presión estética.
Las redes sociales y la inteligencia artificial han introducido una capa intermedia entre las personas y ellas mismas, reconfigurando síntomas, defensas y vulnerabilidades. La ansiedad, el desánimo o el insomnio a menudo brotan de la fricción entre lo que se vive y lo que se exhibe.
Las redes sociales y la inteligencia artificial han introducido una capa intermedia entre las personas y ellas mismas, reconfigurando síntomas, defensas y vulnerabilidades
El yo digital funciona como un escaparate: filtra emociones, deseos y ambiciones, amplificando la brecha entre la identidad íntima y la identidad mostrada. Si la disonancia es grande, puede generar tensiones y malestares, ansiedad, sensación de irrealidad, fatiga emocional…
Mantener un personaje digital exige constancia, vigilancia y una coherencia que, a veces, es impostada y termina drenando. La persona corre el riesgo de quedar atrapada en una versión de sí mismo que no descansa, siempre expuesta y siempre evaluada ante el ojo ajeno. Y así germinan, entre nuevas formas de presión, nuevas formas de sufrir.
Nuestra memoria también se externaliza en fotografías, mensajes, historiales, conversaciones… Actúan como un archivo externo que influye en procesos como la represión, el olvido o la reconstrucción de la historia personal. Revisar el pasado ya no es solo recordar, es navegar.
Si Freud naciera hoy, quizás no buscaría el inconsciente en los sueños, sino en las redes sociales: en lo que compartimos, escribimos, omitimos, repetimos o buscamos en el navegador de madrugada…
Revisar el pasado ya no es solo recordar, es navegar
Los algoritmos se han convertido en reguladores emocionales: orientan la atención, refuerzan afectos, mantienen estados internos o los distorsionan/amplifican. La exposición constante puede potenciar la ansiedad social, la inmediatez puede reforzar la impulsividad y los filtros distorsionar la imagen corporal. El cuerpo ya no se mira en un espejo, sino en miles de ellos.
Asimismo, se ha observado un aumento de las alteraciones del sueño derivadas de la hiperestimulación nocturna y un incremento del estrés anticipatorio fruto de la conectividad perpetua.
Por mencionar algún otro aspecto, la internalización de ideales estéticos inalcanzables, pero percibidos como próximos, ya no vienen de celebridades lejanas, sino de personas corrientes que aparecen en el móvil como si fuesen pares, haciendo la comparación más constante y difícil de ignorar.
La psicopatología de siempre, sí, pero vestida con una estética digital
Evaluar al paciente ya no puede limitarse a la biografía interna, sino que debería enriquecerse con la narrativa y la experiencia digital. Pero este avance no está exento de dilemas. Algunos profesionales se plantean consultar las redes de sus pacientes cuando intuyen incoherencias, como cuando sospecha que está exagerando la sintomatología para obtener una baja.
Sin embargo, acceder a esa información sin consentimiento comprometería la confianza terapéutica y plantea interrogantes éticos. ¿Qué ocurre cuando se manejan datos que no han sido compartidos en consulta? ¿Cómo se mantiene una relación clínica limpia si el profesional no distingue ya entre lo escuchado y lo rastreado? En esta nueva frontera, el riesgo no es solo metodológico, es relacional.
Mientras la tecnología se infiltra en nuestro día a día, tampoco el clínico es el mismo. Ahora pasa mucho más tiempo delante de la pantalla, completando formularios y encadenando clics mientras intenta sostener la presencia, la escucha y la empatía con menos tiempo que nunca. La tecnología prometía liberar tiempo clínico; hoy, lo consume.
La tecnología prometía liberar tiempo clínico; hoy, lo consume
La relación con los pacientes también es distinta. Llegan más informados —o, a veces, desinformados— que nunca y, en ocasiones, con expectativas moldeadas por fuentes que simplifican o exageran. Por eso, identificar qué saben, qué creen saber y qué esperan del proceso terapéutico se convierte no en una necesidad, sino en un pilar de la intervención.
La brecha generacional multiplica la complejidad. Por un lado, los jóvenes, nativos digitales, construyen su identidad en dos planos, físico y virtual. Parte de sus conflictos psicológicos se expresan en línea: exclusión, visibilidad, validación, comparación, competencia, exposición… Además, consultan antes, preguntan más y esperan explicaciones inmediatas.
Por otro lado, los mayores llegan de una cultura donde ir al psiquiatra implica atravesar la barrera del estigma. La psicopatología se esconde, no se verbaliza, y el malestar se somatiza o se normaliza. Su relación con lo digital es marginal o secundaria. En ellos, la huella útil no es la digital, sino la del cuerpo y la biografía afectiva de siempre.
La psicopatología se esconde, no se verbaliza, y el malestar se somatiza o se normaliza
Así, el médico debe manejar simultáneamente dos gramáticas: la del yo analógico y la del yo digital. Diversas formas de sufrir, dos formas de narrarse y dos formas de pedir ayuda.
El desafío de 2025 quizás haya sido reconocer que, pese a que la tecnología avanza con vértigo, las fuerzas que nos mueven siguen siendo las de siempre: miedo, deseo, pertenencia, ambición, vulnerabilidad… Lo que ha cambiado es el escenario donde se representan. Hoy, reconocemos viejos patrones desplegados en un territorio nuevo, híbrido, a medio camino entre lo vivido y lo publicado.
La psiquiatría del presente y futuro inmediato deberá ser capaz de escuchar el sufrimiento en los dos planos en los que hoy se expresa: el de la experiencia íntima y el de su eco digital. Comprender al otro en toda su complejidad exige mantener intacta la responsabilidad esencial de siempre: navegar con rigor, ética y sensibilidad.











