Luis de Haro. Director general de iSanidad
Existe una inercia persistente que presenta la sanidad pública y la privada como extremos de un balancín: si una falla, la otra mejora sus resultados de forma inmediata. Sin embargo, la práctica clínica y la gestión asistencial desmontan esta idea con frecuencia. Cuando la sanidad pública acumula tensiones, no impulsa automáticamente a la privada, sino que deteriora la confianza del conjunto del sistema sanitario. Esta percepción global condiciona tanto la demanda como la legitimidad de todos los actores implicados, una visión alineada con las tesis defendidas por José Manuel Baltar, presidente de ASPE.
La tensión en la sanidad pública erosiona la confianza de todo el sistema sanitario
El contexto actual obliga a abandonar este planteamiento binario e ideológico. Es un reto operativo que afecta directamente a la asistencia y a la capacidad de respuesta del sistema. Las listas de espera sostenidas, la presión asistencial creciente y la limitada disponibilidad de profesionales obligan a priorizar soluciones efectivas. En este escenario, la cuestión no es qué modelo prevalece, sino cómo se articulan todos los recursos disponibles para garantizar una atención adecuada.
La sanidad pública constituye el eje del sistema sanitario por su papel en la garantía de acceso universal y equidad. Esa centralidad implica asumir la mayor parte de la carga asistencial, especialmente en procesos complejos y de larga duración. Esta función estructural es imprescindible, pero también genera tensiones cuando la demanda supera la capacidad disponible.
La sanidad pública actúa como eje estructural sobre el que se articula todo el sistema sanitario
En ese contexto, la sanidad privada actúa como un complemento operativo que puede aportar capacidad adicional en ámbitos concretos, como la cirugía programada o las pruebas diagnósticas. Su contribución se centra en mejorar la accesibilidad y aportar flexibilidad organizativa. Esta complementariedad no implica sustitución, sino refuerzo. Integrar ambas capacidades permite responder mejor a situaciones de saturación sin comprometer la calidad asistencial ni la continuidad de los procesos clínicos.
Sin embargo, uno de los principales problemas del modelo actual es el uso reactivo de esta colaboración. La derivación de pacientes o los conciertos se activan, en muchas ocasiones, como respuesta a situaciones críticas. Este enfoque limita su impacto y dificulta una gestión eficiente de los recursos disponibles.
Una planificación estructurada permite optimizar esta relación y darle estabilidad. La integración de mecanismos previsibles facilita la reducción progresiva de listas de espera y evita picos de saturación. También permite reorganizar la carga asistencial y concentrar los recursos públicos en procesos de mayor complejidad, mientras otros procedimientos se resuelven en entornos complementarios con mayor agilidad.
Activar derivaciones y conciertos solo ante crisis reduce su efectividad y dificulta una verdadera optimización de los recursos asistenciales disponibles
El principal condicionante del sistema sanitario no es la infraestructura ni la tecnología, sino la disponibilidad de profesionales cualificados. Este factor limita la capacidad de respuesta tanto en la sanidad pública como en la privada, ya que ambos ámbitos comparten el mismo mercado laboral. El aumento de la demanda asistencial no se traduce en más capacidad real si no se acompaña de recursos humanos suficientes.
Por este motivo, la colaboración debe orientarse a optimizar el trabajo clínico disponible. La coordinación de agendas, la distribución adecuada de procesos y el aprovechamiento de la capacidad instalada permiten mejorar la eficiencia global. Así sí se puede avanzar sin incrementar la presión sobre unos profesionales ya tensionados.
El paciente no distingue entre modelos organizativos. Evalúa resultados. El tiempo de espera, la accesibilidad y la resolución del problema son los elementos que determinan su percepción. Cuando el sistema no responde de forma adecuada, la pérdida de confianza se extiende de manera global. Por el contrario, una respuesta coordinada mejora la experiencia asistencial y refuerza la credibilidad del sistema.
El paciente valora la respuesta asistencial, no la titularidad del sistema que la presta
El reto consiste en superar la visión fragmentada y avanzar hacia una lógica de sistema. La sanidad debe entenderse como un ecosistema único con diferentes herramientas que pueden coordinarse. Esta perspectiva permite optimizar recursos y mejorar la capacidad de respuesta ante una demanda creciente.
El envejecimiento de la población y el aumento de la cronicidad obligan a replantear los modelos de organización. En este contexto, la colaboración entre sanidad pública y privada deja de ser una opción coyuntural y pasa a ser un elemento clave de gestión. La eficiencia del sistema no depende de la competencia entre modelos, sino de su capacidad para actuar de forma coordinada y orientada a resultados.








