Especial Formación Odontología 2026-2027 iSanidad
Antonio Longo, coordinador de Calidad e Innovación Clínica de Sanitas Dental
La odontología atraviesa uno de los periodos de transformación más acelerados e irreversibles de su historia. La digitalización de los flujos clínicos, la incorporación de la inteligencia artificial y la creciente complejidad de los tratamientos están redefiniendo la práctica profesional a una velocidad difícil de imaginar hace apenas una década. Como odontólogo millennial, pertenezco a una generación que creció en la bisagra de dos mundos, habituada al cambio tecnológico continuo. Desde esta perspectiva generacional, resulta evidente que la irrupción del flujo digital en nuestro sector no ha sido una evolución lineal, sino una revolución radical, equiparable a la llegada de la pantalla táctil a los teléfonos móviles.
En poquísimo tiempo, el teclado físico desapareció para siempre; del mismo modo, los métodos tradicionales del box dental están siendo sustituidos por pantallas y escáneres, transformando las reglas del juego de la noche a la mañana. Sin embargo, en medio de esta revolución constante, existe una cuestión crítica que genera una profunda incertidumbre entre los odontólogos: ¿dónde formarse para responder a las demandas de la odontología actual y futura?
“La velocidad de innovación de la industria dental supera por amplio margen la capacidad de actualización de los programas educativos tradicionales”
El abismo entre la facultad y el box digital
Tradicionalmente, el recorrido educativo seguía un guion predecible: la universidad proporcionaba una base teórico-práctica sólida sobre la que posteriormente se construía la experiencia laboral. Hoy, nos enfrentamos a una paradoja preocupante. Muchos estudiantes finalizan sus estudios tras haberse formado principalmente en entornos académicos analógicos, tomando impresiones con alginato, montando en articulador y planificando con encerados físicos, pero al incorporarse al mercado laboral se topan con procesos totalmente digitalizados.
No se trata de cuestionar la calidad de la formación universitaria, cuyas bases biológicas y diagnósticas siguen siendo el pilar insustituible de la profesión. Se trata de reconocer una realidad evidente: la velocidad de innovación de la industria dental supera por amplio margen la capacidad de actualización de los programas educativos tradicionales. La llegada al mundo laboral se convierte entonces en un proceso de adaptación acelerada a herramientas digitales sobre las cuales se poseen a veces conocimientos anecdóticos.
El laberinto de la oferta educativa digital
Ante este vacío, la respuesta natural es buscar formación complementaria. Sin embargo, es precisamente aquí donde el escenario se vuelve complejo y atomizado. Másteres, diplomas, cursos modulares, incluso gurús digitales y propuestas de todo tipo compiten ferozmente por captar la atención de profesionales desorientados, convirtiéndose en un laberinto de ofertas formativas difícil de interpretar. Paradójicamente, nunca ha habido tantas oportunidades de aprendizaje y, al mismo tiempo, tanta incertidumbre.
“La odontología del futuro requerirá profesionales técnicamente excelentes, pero sobre todo preparados para desenvolverse en escenarios de cambio permanente”
Existe una preocupante escasez de programas integrales que aborden el flujo digital como un ecosistema continuo y libre de sesgos comerciales. Muchos profesionales se enfrentan a la duda constante de si un curso les dotará de habilidades clínicas reales o si, por el contrario, se tratará de un escaparate patrocinado por marcas para vender un software, un escáner o una herramienta determinada. La pregunta ya no es únicamente qué aprender, sino cómo identificar formación objetiva y con verdadero aval científico.
Desarrollar criterio por encima de las modas
Para superar este desafío, la elección de un programa educativo no debería basarse en una tecnología concreta o en una marca específica. Las herramientas cambian, los softwares se actualizan y las modas se transforman. Lo verdaderamente relevante en esta era de transición es desarrollar competencias clínicas y críticas que nos permitan adaptarnos al cambio de forma continua. Por ello, los programas formativos con mayor valor real seguirán siendo los que combinen el rigor científico, la práctica clínica y una visión estratégica de la profesión.
Las instituciones educativas y los posgrados deben asumir la responsabilidad de convertirse en entornos capaces de acompañar al profesional durante las distintas etapas de su carrera, ayudándole a discriminar la evidencia científica basada en excelencia de la mercadotecnia con fines comerciales pasajeros. La odontología del futuro requerirá profesionales técnicamente excelentes, pero sobre todo preparados para desenvolverse en escenarios de cambio permanente. En una profesión donde el conocimiento evoluciona al ritmo de un algoritmo, la diferencia en el éxito no la marcará quien se deje llevar por la “titulitis”, sino quien sea capaz de adaptarse al cambio en el momento adecuado, navegando con criterio médico el ecosistema digital para transformarlo en una oportunidad para ofrecer una mejor atención para sus pacientes.








