Patricia Durán Carrasco
Hace 17 años se produjo en España el último eclipse total de sol, un acontecimiento astronómico que volverá a repetirse el próximo 12 de agosto. A pesar de lo extraordinario del fenómeno, se trata de un evento que puede resultar peligroso para la salud ocular debido a la falsa sensación de seguridad que genera la ocultación casi completa del Sol. Tanto las autoridades como los profesionales sanitarios están alertando, a través de diversas campañas de concienciación, sobre los riesgos de observar un eclipse directamente sin la protección adecuada.
Según el Dr. Diego Martínez de Carneros, oftalmólogo de la Clínica Oftalmológica Martínez de Carneros, “aunque la Luna cubra una parte importante del Sol, la porción que continúa visible mantiene una intensidad suficiente para producir una lesión en la retina. Incluso cuando el disco solar está oculto casi por completo, no es seguro mirarlo directamente”.
La ocultación casi completa del Sol genera una falsa sensación de seguridad sobre los riesgos de mirar el eclipse sin la protección adecuada y homologada
Observar un eclipse o al Sol sin ocultación, el mecanismo del daño es el mismo: una lesión fotoquímica y térmica en la retina producida por la exposición a la radiación solar, especialmente a la luz visible de alta energía y a la radiación infrarroja. La diferencia radica en que, durante un eclipse, la disminución de la luminosidad ambiental genera una falsa sensación de seguridad que lleva a muchas personas a mantener la mirada fija durante más tiempo. Además, la pupila se encuentra más dilatada, lo que reduce los mecanismos naturales de defensa, como apartar rápidamente la vista o cerrar los ojos, incrementando así la cantidad de radiación que alcanza la retina. “El riesgo no reside en que el eclipse emita una radiación diferente, sino en el comportamiento visual que favorece este fenómeno astronómico”, apunta el Dr. Jesús Merayo, director del Instituto Universitario Fernández-Vega.
De hecho, según el especialista, la radiación solar se concentra sobre la zona central de la retina, especialmente en la mácula y la fóvea. Esta exposición puede provocar una retinopatía solar o fototoxicidad retiniana. “Incluso con un 99% del Sol oculto, la parte visible puede seguir causando una quemadura retiniana”, matiza el Dr. Martínez de Carneros.
Sintomatología de las lesiones oculares
Los síntomas de la retinopatía solar pueden aparecer en las primeras horas tras la exposición o manifestarse al día siguiente, e incluso posteriormente, dependiendo de la persona y de la gravedad de la lesión. En el caso de la queratitis actínica, causada por una exposición intensa a la radiación ultravioleta, “los síntomas suelen aparecer entre seis y doce horas después de la exposición e incluyen dolor intenso, sensación de cuerpo extraño, lagrimeo, fotofobia, enrojecimiento ocular y dificultad para abrir los ojos”, señala el Dr. Merayo.
Entre los principales síntomas destacan la visión borrosa o la disminución de la agudeza visual, la aparición de una mancha oscura, grisácea o borrosa en el centro del campo visual, la distorsión de las líneas rectas, que pueden percibirse onduladas, y una mayor sensibilidad a la luz. Sin embargo, cuando la lesión afecta a la retina normalmente no existe dolor, ya que carece de receptores para percibirlo. Esta situación cambia cuando la radiación ultravioleta afecta a la córnea, donde sí aparece dolor ocular. Además, la radiación puede dañar los fotorreceptores, como los conos y los bastones, así como el epitelio pigmentario de la retina, estructura esencial para el mantenimiento de la función visual.
La mácula y la fóvea son las zonas de la retina donde se concentra la radiación solar
Como consecuencia, a corto plazo, “la complicación más frecuente es la queratitis actínica, que suele evolucionar favorablemente si se diagnostica y trata de forma adecuada. En los casos de exposición directa al Sol también puede aparecer una retinopatía solar, cuya evolución es más variable y puede dejar secuelas funcionales”, explica el Dr. Merayo. A largo plazo, “la exposición acumulativa a la radiación ultravioleta se relaciona con un mayor riesgo de desarrollar cataratas, degeneraciones de la superficie ocular, como el pterigión, y determinadas lesiones de la conjuntiva y los párpados”, añade el oftalmólogo.
Respecto a la posibilidad de que el daño ocular provoque una pérdida permanente de visión, el Dr. Merayo matiza que “aunque muchas lesiones corneales agudas cicatrizan completamente, cuando la radiación solar produce daño en la retina existe la posibilidad de que la pérdida visual sea permanente. La fóvea, responsable de la visión central de alta precisión, es especialmente vulnerable a este tipo de lesiones”.
Según los expertos, la intensidad y la duración de la exposición, así como el grado de afectación de las distintas capas de la retina, condicionan el pronóstico. Algunos pacientes recuperan gran parte de la visión en los meses posteriores, mientras que otros mantienen de forma permanente una disminución de la agudeza visual o un pequeño escotoma central que puede interferir en actividades cotidianas como la lectura, la conducción o el reconocimiento de rostros.
Cuando existe un defecto epitelial importante, puede estar indicado el uso de antibióticos tópicos para reducir el riesgo de infección secundaria
Ambos profesionales recalcan la importancia de realizar un diagnóstico precoz para iniciar cuanto antes el tratamiento adecuado e identificar las lesiones retinianas que requieren seguimiento, con el objetivo de minimizar las secuelas oculares. Asimismo, insisten en reforzar las medidas preventivas, especialmente el uso de gafas homologadas específicas para la observación de eclipses (ya que unas gafas de sol con filtro UV no son suficientes) y evitar en todo momento la observación directa del Sol sin la protección adecuada.
Abordaje del daño ocular
En caso de producirse un daño ocular por la exposición prolongada al Sol, el tratamiento varía en función de la estructura ocular afectada y de la gravedad de la lesión. Durante las primeras horas o días es importante derivar al paciente al oftalmólogo si presenta pérdida de visión, dolor intenso persistente, síntomas que no mejoran en las primeras 24 horas o sospecha de afectación retiniana. Asimismo, la presencia de un escotoma central, metamorfopsias o una disminución mantenida de la agudeza visual requiere una valoración especializada para descartar lesiones maculares que puedan precisar controles evolutivos durante semanas o meses.
En los casos leves de queratitis actínica, el tratamiento suele ser conservador e incluye lubricación intensiva con lágrimas artificiales, analgésicos por vía oral, evitar el uso de lentes de contacto y proteger los ojos de nuevas exposiciones solares hasta la resolución del cuadro, ya que el epitelio corneal suele regenerarse en un plazo de 24 a 72 horas.
En los casos más graves, con defectos epiteliales extensos o riesgo de infección, puede ser necesario añadir tratamiento antibiótico profiláctico y realizar un seguimiento estrecho. Los antibióticos tópicos pueden estar indicados cuando existe un defecto epitelial importante para reducir el riesgo de infección secundaria, mientras que los antiinflamatorios oculares deben utilizarse únicamente bajo criterio oftalmológico. En el caso de la retinopatía solar no existe un tratamiento específico cuya eficacia haya sido demostrada, por lo que el manejo se basa fundamentalmente en la observación y el seguimiento, ya que muchas lesiones mejoran de forma espontánea, aunque la recuperación de la función visual no siempre es completa.
Los oftalmólogos recuerdan que el hecho de que el eclipse se perciba menos luminoso no significa que sea menos peligroso. La prevención mediante filtros certificados para la observación solar es la única forma segura de contemplarlo directamente.










