Redacción
El hospital líquido plantea una transformación profunda del modelo asistencial: el hospital deja de ser únicamente un edificio para convertirse en un servicio capaz de prestar atención presencial, digital o domiciliaria y de compartir conocimiento con atención primaria, los servicios sociales, la escuela y las familias. El Dr. Manel del Castillo, secretario general de Hospitality Europe y ex gerente del Hospital San Joan de Déu, explica cómo esta filosofía mejora la calidad de vida de los pacientes crónicos y reduce ingresos y urgencias, pero también obliga a incorporar nuevos perfiles profesionales y a sustituir la financiación por actividad por modelos que reconozcan el valor y los resultados obtenidos fuera del centro hospitalario.
¿Cómo definiría conceptualmente un «hospital líquido» y por qué esta filosofía supone una ruptura tan radical con la medicina tradicional centrada en el edificio físico?
Partimos del concepto de que un hospital es más un servicio que un sitio, y ese servicio se puede prestar en distintas ubicaciones. Existe la idea errónea de que el hospital líquido se limita a la atención virtual o telemática, pero esa es solo una de sus posibilidades.
Puede ofrecer atención presencial cuando aporta valor, atención digital o domiciliaria cuando es necesario, y relacionarse con otros agentes, como atención primaria, la escuela, los servicios sociales o la familia.
«La atención domiciliaria es un subconjunto dentro de un concepto más amplio: el hospital líquido»
Iniciamos este proyecto en 2010 gracias a una ayuda del Plan Avanza del Ministerio de Industria, que nos permitió desarrollar una serie de instrumentos. Desde entonces ha evolucionado hacia lo que conocemos como integrated health: una atención integral que conecta los ámbitos sanitario y social, los niveles asistenciales y los distintos perfiles profesionales. Incluso podríamos ir un poco más allá y hablar de una atención sanitaria líquida.
A menudo se confunde el hospital líquido con la hospitalización a domicilio. ¿Cuál es la línea divisoria entre ambos modelos y cómo coexisten en el día a día?
La atención domiciliaria es un subconjunto dentro de un concepto más amplio: el hospital líquido. Este modelo trasciende las paredes del hospital para prestar un servicio y comprende tanto la atención presencial como las alianzas que permiten difundir el conocimiento. Al final, un hospital es un hub de conocimiento y de innovación.
A mediados del siglo XX, los hospitales se convirtieron en catedrales de la medicina y el modelo alcanzó su máxima expresión con los grandes centros universitarios. Sin embargo, ha llegado el momento de empezar a deconstruirlo. No siempre se puede obligar al paciente a desplazarse al hospital; en ocasiones, su entorno natural es el mejor lugar para atenderlo.
«El impacto es especialmente relevante en las personas mayores, los pacientes de salud mental y los niños»
Cuando un paciente crónico pasa de acudir periódicamente a consulta a estar monitorizado de forma continua en su domicilio, ¿cómo se transforma su calidad de vida y su relación con la enfermedad?
El impacto es especialmente relevante en las personas mayores, los pacientes de salud mental y los niños. En las personas de edad avanzada, los ingresos prolongados pueden generar desorientación porque el hospital rompe sus ritmos circadianos y las aleja de su entorno natural. Además, la hospitalización conlleva riesgos, como las infecciones nosocomiales.
En salud mental, el regreso al domicilio después de un ingreso puede devolver al paciente al punto de partida y reproducir los problemas que motivaron su hospitalización. En el caso de los niños con enfermedades crónicas o raras, que requieren una atención familiar muy intensa, tratamos de ofrecerles en casa las mismas terapias y mecanismos de seguimiento que en el hospital. Para ellos y sus familias, un ingreso suele suponer una distorsión terrible.
Para sostener un hospital sin paredes, el personal médico no basta. ¿Qué nuevos perfiles profesionales se vuelven indispensables y cómo cambia el papel de médicos y enfermeras?
El papel de médicos y enfermeras no cambia demasiado; lo que se modifica es el entorno en el que trabajan. La atención puede prestarse en el domicilio o mediante videoconferencia, una práctica que ya está muy integrada y que dio un salto importante después de la pandemia, aunque nosotros trabajamos en este modelo desde 2010.
«En salud mental, el regreso al domicilio después de un ingreso puede devolver al paciente al punto de partida y reproducir los problemas que motivaron su hospitalización»
Para hacerlo posible es necesario incorporar tecnología y nuevos perfiles. Tenemos en plantilla a 15 bioingenieros y bioinformáticos, además de una sala de control desde la que custodiamos y supervisamos los datos de los pacientes atendidos en su domicilio.
Actualmente, seguimos en casa a unos 300 niños con enfermedades crónicas complejas mediante dispositivos que monitorizan parámetros como el oxígeno o la glucosa. También controlamos a 800 niños con diabetes tipo 1 y bomba de insulina, que solo acuden al hospital una vez al año.
En diabetes hemos creado la figura de la enfermera en la nube, que revisa cada mañana las interacciones entre los dispositivos y nuestro programa. Si detecta que algo no va bien, el niño pasa a un segundo nivel de control, con un seguimiento más intenso y, si es necesario, una consulta presencial.
¿Cómo afecta la transición hacia un hospital líquido a las partidas presupuestarias? ¿Requiere una gran inversión inicial en tecnología para ahorrar costes a largo plazo, o el retorno de inversión se mide en otros indicadores?
Un hospital líquido ya no produce estancias, como ocurría antes; produce conocimiento, decisiones y confianza. El problema es que los sistemas de financiación continúan retribuyendo a los hospitales por actividad: ingresos, días de estancia, consultas o urgencias. Si atendemos mejor a los pacientes y reducimos esa actividad, también disminuyen nuestros ingresos.
«Un hospital líquido ya no produce estancias, como ocurría antes; produce conocimiento, decisiones y confianza»
Lo vemos claramente en los niños con patologías crónicas altamente complejas. Antes ingresaban una media de 6,3 veces al año; con la atención domiciliaria, la telemonitorización y el seguimiento a distancia, hemos reducido esa cifra a 1,3 ingresos. Actualmente, más de un centenar pueden permanecer en su domicilio, incluso algunos con ventilación invasiva. Esto supone una mejora radical para los niños y sus familias, pero genera menos actividad facturable para el hospital.
Algo similar ha ocurrido con la diabetes. La atención a distancia ha reducido tanto los ingresos, las urgencias y las descompensaciones que hemos cerrado la planta específica de endocrinología y el hospital de día. Al mismo tiempo, han mejorado el control de la enfermedad, la hemoglobina glicosilada y la calidad de vida de los pacientes. Estamos mejor que antes y somos más eficientes, pero facturamos menos porque casi no tenemos ingresos, consultas presenciales, hospital de día ni urgencias.
Por eso estamos negociando con CatSalut un modelo que no pague únicamente por actividad, sino por valor, por cápita y por resultados. Nuestro objetivo no es ver muchas veces a los niños con diabetes, sino que estén bien. Cuanto menos tengan que acudir al hospital, mejor. Si avanzamos hacia un hospital líquido, el sistema de financiación también debe transformarse y reconocer la atención que se presta fuera del edificio y los resultados que se consiguen.






