Redacción
Aunque la supervivencia de los pacientes oncológicos ha aumentado con los avances tecnológicos, sigue siendo necesario prestar atención a las consecuencias que la propia enfermedad y los tratamientos pueden tener sobre su capacidad física, funcionalidad y calidad de vida. En este contexto, la fisioterapia adquiere un papel relevante al acompañar al paciente durante una hospitalización, especialmente en el postoperatorio inmediato, y continuar durante la quimioterapia, radioterapia u otros tratamientos para contribuir a mantener la actividad física y prevenir el deterioro funcional. Posteriormente, permite trabajar sobre las secuelas que pueden mantenerse o aparecer a medio y largo plazo.
El Hospital Ruber Internacional ha puesto en marcha una unidad de Fisioterapia Oncológica para ofrecer una atención especializada e individualizada que puede comenzar desde el momento del diagnóstico y mantenerse durante las distintas fases del proceso oncológico. El objetivo de esta unidad es anticiparse a posibles complicaciones, detectar precozmente alteraciones físicas y funcionales y tratar las secuelas relacionadas tanto con el cáncer como con la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia y otros tratamientos.
El tratamiento fisioterapéutico en pacientes oncológicos puede realizarse durante la quimioterapia, radioterapia u otros tratamientos
Según la Dra. Sara Catalá Rivero, especialista en Medicina Física y Rehabilitación, y Sara García Pavón, experta en Fisioterapia Oncológica y Fisioterapia del Deporte, “no debemos entender la fisioterapia oncológica únicamente como una herramienta para recuperarse una vez finalizado el tratamiento. Podemos intervenir desde el diagnóstico, durante el tratamiento y posteriormente, adaptándonos en cada momento a la situación clínica y funcional del paciente”.
Una de las claves del nuevo servicio es precisamente la intervención precoz, mediante una valoración integral en la que se tienen en cuenta los antecedentes médicos, el tipo y estadio del tumor, su localización, los tratamientos realizados o previstos, los posibles efectos secundarios, los síntomas y la capacidad funcional. De esta forma, se puede establecer un plan adaptado a las características de la enfermedad y del tratamiento. Asimismo, cuando está indicado, esta intervención puede comenzar incluso antes de iniciar el tratamiento mediante programas de prehabilitación. El objetivo es mejorar aspectos como la fuerza, la movilidad, la capacidad cardiorrespiratoria y la reserva funcional para afrontar en mejores condiciones una cirugía u otros tratamientos oncológicos.
“Entre los problemas que pueden abordarse desde la fisioterapia oncológica se encuentran la fatiga relacionada con el cáncer, la pérdida de masa muscular, la disminución de la capacidad funcional, el desacondicionamiento físico, el dolor, las cicatrices y adherencias, las neuropatías periféricas, las alteraciones del suelo pélvico y el linfedema”, destaca la Dra. Catalá. Consecuencias físicas que varían en función del tipo de tumor, localización, tratamiento recibido y características de cada paciente.
La unidad de fisioterapia oncológica tiene la finalidad de mejorar aspectos como la fuerza, la movilidad, la capacidad cardiorrespiratoria
Por ejemplo, según ambas especialistas, en pacientes con tumores de cabeza y cuello pueden aparecer dolor, trismo o dificultades de movilidad de la boca, la cabeza y el cuello. Las personas intervenidas de cáncer de pulmón pueden necesitar fisioterapia respiratoria y ejercicios destinados a mejorar la movilidad torácica y la expansión costal. Mientras que los pacientes con cáncer de colon que precisan una ostomía pueden trabajarse el fortalecimiento abdominal y el control lumbopélvico, y determinadas personas con cáncer de vejiga pueden presentar alteraciones del suelo pélvico susceptibles de un abordaje específico.
Entre las intervenciones disponibles en esta unidad, se encuentran el ejercicio terapéutico y el entrenamiento de fuerza y resistencia, el tratamiento de cicatrices y adherencias, técnicas dirigidas a recuperar la movilidad y la función, el abordaje del dolor y del linfedema y la educación terapéutica para ayudar al paciente a mantener una actividad física segura. Además, el tratamiento no permanece estático, sino que se revisa y modifica en función de la evolución clínica, la tolerancia a los tratamientos oncológicos y las necesidades que puedan ir apareciendo.
Respecto al ejercicio, su indicación debe realizarse de forma individualizada y teniendo en cuenta el diagnóstico, el tratamiento que está recibiendo el paciente, sus efectos secundarios y su capacidad funcional. Antes del tratamiento, el ejercicio puede formar parte de la prehabilitación para aumentar las reservas funcionales. Durante el proceso oncológico, puede contribuir a reducir la fatiga, preservar la masa muscular y la densidad mineral ósea, mejorar la capacidad cardiorrespiratoria y disminuir determinados dolores articulares, además de ayudar a mantener la autonomía.











