De la ansiedad y estrés a la fotofobia u ojo seco: hacia un abordaje conjunto de la salud mental y la salud ocular

El Instituto Oftalmológico Fernández-Vega advierte de que la salud ocular y la salud mental siguen abordándose con frecuencia como ámbitos separados

Redacción
Determinados problemas de salud mental se relacionan con algunas patologías oculares, al igual que las enfermedades oculares pueden repercutir en el bienestar psicológico y la calidad de vida de los pacientes. A pesar de ello, desde el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega señalan que habitualmente la salud ocular y la salud mental se abordan como “ámbitos diferenciados” y subrayan la importancia de tener un enfoque integral del paciente.

Por un lado, la ansiedad, la depresión y el estrés pueden asociarse a determinados problemas de la superficie ocular y a otras patologías oftalmológicas. Por otro, convivir con una enfermedad ocular, sus síntomas, su evolución o las limitaciones que pueda causar podrían tener consecuencias sobre el bienestar emocional. “El estrés y la ansiedad pueden acompañarse de molestias como la fotofobia, la sensación de ojo seco, moderado o severo o la fatiga visual, y esto puede llevar a un empeoramiento percibido de la visión”, explica el Dr. Luis Fernández-Vega Cueto-Felgueroso, oftalmólogo del Instituto Oftalmológico Fernández-Vega.

“Y, del mismo modo, cuando una persona pierde visión o vive con una patología crónica, el impacto sobre su autonomía y su vida social puede favorecer síntomas de ansiedad o depresión. Por eso, es necesario no solo tratar estas patologías, sino abordar la situación de los pacientes de manera integral, no normalizar el malestar ocular y no obviar el impacto emocional que pueden generar los problemas de salud mental”, señala. Además, aclara que “en casos de pérdida de visión reversible, debemos intentar dar solución lo antes posible para que los problemas no se compliquen”.

Ansiedad, depresión y estrés pueden asociarse a síntomas y patologías oculares, mientras que la pérdida de visión y las enfermedades crónicas de los ojos pueden afectar al bienestar emocional y la calidad de vida

En situaciones de estrés o ansiedad, el organismo activa respuestas fisiológicas que pueden acompañarse de diferentes manifestaciones oculares, generalmente transitorias. Algunas personas pueden experimentar visión borrosa, mayor sensibilidad a la luz, fatiga o molestias oculares, especialmente cuando el estrés se mantiene en el tiempo. Los pequeños espasmos o tics del párpado, conocidos como miokimia palpebral, también se han relacionado con el estrés, la ansiedad, la fatiga y el consumo elevado de cafeína. A estos factores pueden sumarse otros habituales, como la falta de sueño o una exposición prolongada a pantallas, que se han asociado con una mayor presencia de fatiga visual y otros síntomas de astenopía.

En el caso del ojo seco, el componente emocional puede ser especialmente importante, y, si bien tiene múltiples desencadenantes (ambiente, pantallas, edad, enfermedades sistémicas o fármacos), “en personas con ansiedad o depresión se ha observado una mayor frecuencia y gravedad de los síntomas de ojo seco, y la intensidad de estos síntomas se ha relacionado con los niveles de ansiedad y depresión. Así, esta relación puede contribuir a generar un círculo en el que las molestias oculares afectan al bienestar y, a su vez, el estado emocional influye en la percepción y tolerancia de los síntomas”, apunta.

Además, existen determinados tratamientos farmacológicos para trastornos de ansiedad o depresión que pueden producir o favorecer efectos secundarios oculares en algunos pacientes, incluida la sequedad ocular. Por ello, “conviene comunicar cualquier cambio en los síntomas durante el tratamiento para valorar las medidas más adecuadas”, añade el doctor.

Convivir con una enfermedad ocular, especialmente en patologías limitantes, puede tener consecuencias sobre el bienestar emocional

Cuando los problemas de visión impactan en la salud mental

La otra cara de esta relación aparece cuando el origen del problema es visual. Vivir con una pérdida de visión, con limitaciones para conducir, leer, trabajar con pantallas o reconocer caras puede afectar a la independencia personal y a la vida social, y se ha asociado con mayor carga de síntomas depresivos y ansiosos.

En patologías crónicas como el glaucoma, la degeneración macular asociada a la edad u otras enfermedades que generan incertidumbre sobre la evolución, el seguimiento continuado y el temor a empeorar pueden añadir una presión emocional significativa, con impacto en el bienestar y en la calidad de vida relacionada con la salud.

“Es muy importante comunicar al oftalmólogo no solo los problemas que afectan directamente a la salud visual, sino también la presencia de síntomas emocionales. Tener una perspectiva integral de la salud del paciente permite ofrecer un abordaje adaptado a sus necesidades individuales y en definitiva unos mejores resultados”, concluye.

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