Fátima del Reino Iniesta
El infarto agudo de miocardio en pacientes jóvenes presenta un perfil de riesgo cardiovascular diferenciado, en el que el consumo de drogas recreativas adquiere especial relevancia. Un estudio realizado en el Hospital Clínico Universitario Virgen de la Arrixaca (Murcia) y la Universidad Católica San Antonio de Murcia, que incluye a 2.753 pacientes atendidos entre 2021 y 2025, revela que el 17,5% tenía 50 años o menos. Entre estos pacientes, el 22% presentó resultados toxicológicos positivos, aunque solo se realizaron determinaciones al 40,2%.
En una entrevista con iSanidad, con motivo del Congreso Sociedad Española de Cardiología 2026 de la Salud Cardiovascular, que se celebra en Sevilla del 29 al 31 de octubre, el Dr. Claudio Piqueras analiza estos hallazgos, los mecanismos por los que sustancias como la cocaína pueden favorecer eventos coronarios agudos y la necesidad de reforzar la prevención cardiovascular desde edades tempranas.
Casi uno de cada cinco pacientes con infarto remitidos a angioplastia primaria tiene 50 años o menos. ¿Es una cifra preocupante? ¿Estamos asistiendo a un cambio en el perfil de las personas que sufren un infarto?
Sí que creemos, a partir de nuestro estudio, que es una cifra clínicamente relevante y que debe hacernos reflexionar sobre la importancia de la prevención cardiovascular, incluso desde edades tempranas. En nuestro estudio analizamos 2.753 pacientes incluidos en el Programa Regional de Código de Infarto durante cinco años, entre 2021 y 2025. De todos ellos, 482 tenían 50 años o menos, lo que representa el 17,5% de la cohorte que registramos.
«La detección de una sustancia en orina no demuestra necesariamente que haya sido la responsable del infarto»
Si atendemos a pacientes aún más jóvenes, 91 tenían 40 años o menos. Es importante matizar que estas cifras corresponden a los pacientes incluidos de forma consecutiva en nuestro Programa Regional de Atención al Código de Infarto con indicación de angioplastia primaria. No representan la incidencia real de infarto en la población general y deben interpretarse en ese contexto.
Respecto a si estamos asistiendo a un cambio epidemiológico, sabemos que en las últimas décadas la incidencia de infarto ha disminuido considerablemente en numerosos países, sobre todo gracias al desarrollo de programas de prevención cardiovascular que incorporan medidas de prevención primaria y secundaria. Sin embargo, numerosos registros muestran que este descenso no ha sido homogéneo entre los diferentes grupos de edad, aunque los resultados dependen de la subpoblación y del lugar donde se hayan realizado los estudios. Algunos registros europeos y estadounidenses han mostrado que la reducción ha sido menos pronunciada en los grupos más jóvenes, e incluso se han descrito leves incrementos en algunos subgrupos concretos. No obstante, nuestro estudio no estaba diseñado para demostrar si la incidencia real de infarto está aumentando entre los jóvenes ni para atribuir estos cambios al consumo de drogas de abuso.
Lo que sí hemos observado, al comparar las características clínicas, los factores de riesgo clásicos, la forma de presentación y otras variables, es que los pacientes jóvenes presentan un perfil clínico diferente al de los mayores. Tienen menor prevalencia de hipertensión, diabetes y dislipemia o hipercolesterolemia, pero presentan con mayor frecuencia tabaquismo activo, un factor de riesgo clásico. También hemos objetivado resultados toxicológicos positivos en un porcentaje que consideramos clínicamente relevante, del 22%. Es importante tener en cuenta que no se realizó un cribado sistemático: únicamente se analizó al 40% de la población joven. Al tratarse de un estudio retrospectivo, analizamos lo que sucedía en la práctica clínica habitual de nuestro medio.
«El tabaquismo activo continúa siendo el factor de riesgo tradicional más frecuentemente encontrado»
El estudio revela que el consumo de cocaína y otras drogas de abuso adquiere especial protagonismo entre los pacientes jóvenes, por encima de factores de riesgo cardiovascular clásicos como la hipertensión, la diabetes o el colesterol elevado. ¿Qué peso tiene realmente el consumo de estas sustancias y qué diferencias encuentran respecto a los pacientes de mayor edad?
Probablemente, uno de los hallazgos más llamativos de nuestro estudio fue la elevada frecuencia con la que detectamos sustancias recreativas en pacientes jóvenes que acudieron a nuestra sala de hemodinámica con sospecha de infarto o infarto agudo de miocardio. En nuestra cohorte de 482 pacientes encontramos resultados toxicológicos positivos en 106, lo que representa un 22% del grupo total, incluyendo tanto a los pacientes analizados como a aquellos a los que no se les realizó la prueba, ya que el análisis toxicológico no fue sistemático.
Esta cifra supera individualmente la prevalencia registrada de hipertensión, diabetes y dislipemia en este grupo de población más joven. Sin embargo, debemos resaltar dos matices fundamentales. El primero es que el tabaquismo activo continúa siendo el factor de riesgo tradicional más frecuentemente encontrado, presente en torno al 42% de los pacientes jóvenes de nuestra cohorte.
El segundo es que solamente se realizaron determinaciones toxicológicas al 40,2% de los pacientes de 50 años o menos. Entre quienes fueron analizados, algo más de la mitad presentó un resultado positivo para algún tóxico. Por tanto, desconocemos la prevalencia real en nuestra cohorte si hubiéramos realizado las determinaciones de forma sistemática.
La sustancia más frecuentemente detectada fue el cannabis, seguido de la cocaína y, en tercer lugar, las anfetaminas. Desde el punto de vista de su peso clínico, nuestro estudio no estaba dirigido a demostrar que los infartos que coincidían con una detección positiva de tóxicos en orina estuvieran causados por esas sustancias. Sí sabemos, desde el punto de vista fisiopatológico, que determinadas drogas, especialmente la cocaína, las anfetaminas y otros estimulantes, pueden favorecer la aparición de eventos coronarios agudos. Sin embargo, debemos resaltar que la detección de una sustancia en orina no demuestra necesariamente que haya sido la responsable del infarto.
«Los pacientes jóvenes tienen menos factores de riesgo metabólicos clásicos y mayor frecuencia de tabaquismo»
Respecto a las diferencias con los pacientes de mayor edad, nuestro estudio demuestra que los pacientes jóvenes tienen menos factores de riesgo metabólicos clásicos y mayor frecuencia de tabaquismo, pero no podemos establecer una comparación de la prevalencia de drogas entre ambos grupos, ya que no recogimos la presencia de tóxicos en la población de mayor edad. Sabemos por otros estudios internacionales que la detección de sustancias recreativas tiene especial relevancia en pacientes más jóvenes. Por ejemplo, un estudio multicéntrico francés, el ADDICT-ICCU, publicado en 2024, encontró resultados positivos en un 34% de los pacientes menores de 50 años, frente a una positividad toxicológica global del 12,6% al considerar toda la población, tanto jóvenes como mayores. Creo que nuestros resultados ponen de manifiesto que debemos incorporar estas exposiciones a la valoración integral y a la tipificación del riesgo cardiovascular, sin olvidar los factores de riesgo tradicionales.
¿Cómo afecta la cocaína al corazón y por qué puede desencadenar un infarto incluso en personas jóvenes, aparentemente sanas y sin antecedentes cardiovasculares? ¿Existe riesgo también con un consumo ocasional?
Sabemos que la cocaína tiene efectos cardiovasculares especialmente importantes. Por un lado, produce una intensa activación del sistema nervioso simpático, lo que aumenta la frecuencia cardíaca y la tensión arterial y puede incrementar las demandas de oxígeno del corazón.
Asimismo, puede provocar vasoconstricción de las arterias coronarias, reduciendo el aporte sanguíneo precisamente cuando el corazón está más sobrecargado y necesita más sangre y, por tanto, más oxígeno. Por otra vía fisiopatológica, también favorece la activación plaquetaria y los fenómenos trombóticos, lo que puede facilitar la formación de trombos capaces de obstruir una arteria coronaria. Esta combinación de mayor demanda de oxígeno, menor aporte coronario y mayor tendencia a la obstrucción por la formación de trombos puede desencadenar infartos agudos de miocardio incluso en personas jóvenes sin enfermedad aterosclerótica avanzada conocida.
«Nuestros resultados sí que refuerzan la necesidad de prestar atención a la prevención cardiovascular desde edades tempranas»
También sabemos que el consumo de cocaína puede favorecer la rotura de placas ateroscleróticas preexistentes. Por tanto, no debemos pensar que todos estos infartos se producen exclusivamente por la vasoconstricción de las arterias del corazón.
Respecto al consumo ocasional, disponemos de estudios que han demostrado un incremento transitorio del riesgo de infarto durante las primeras horas posteriores al consumo de cocaína. Por tanto, no es necesario que exista una dependencia o un consumo crónico para que se produzcan complicaciones cardiovasculares con graves implicaciones. Esto es importante para la concienciación y educación de la población, ya que incluso un único consumo puede desencadenar complicaciones.
¿Presentan los infartos asociados al consumo de drogas características clínicas diferentes? ¿Existen dificultades añadidas para diagnosticarlos y tratarlos, especialmente cuando el paciente no reconoce haber consumido estas sustancias?
Los pacientes jóvenes que sufren un infarto pueden presentar algunas características clínicas diferentes de las observadas en los de mayor edad, pero debemos distinguir estos hallazgos de los efectos específicos del consumo de drogas. En nuestro estudio vimos que los pacientes de menor edad tenían una menor prevalencia de factores de riesgo clásicos. También observamos que presentaban con menor frecuencia un curso clínico con shock cardiogénico, aunque, de forma llamativa, sufrían con más frecuencia paradas cardiorrespiratorias antes de la realización del cateterismo, en comparación con los pacientes de mayor edad.
Sin embargo, estos resultados corresponden a una comparación entre grupos de edad, no entre pacientes que habían consumido tóxicos antes del evento coronario y pacientes que no los habían consumido. Por tanto, no podemos atribuir estas diferencias al uso de drogas recreativas. Desde el punto de vista fisiopatológico, sabemos que sustancias como la cocaína pueden provocar isquemia mediante distintos mecanismos, como he explicado anteriormente.
«Debemos integrar de forma más habitual preguntas específicas sobre el consumo de cocaína, cannabis u otros estimulantes»
¿Qué ocurre después de que un paciente joven sufra un infarto relacionado con el consumo de cocaína? ¿Qué riesgo tiene de sufrir un segundo episodio y hasta qué punto es decisivo abandonar el consumo para mejorar su pronóstico?
Este es uno de los aspectos fundamentales que debemos entender: el manejo del infarto agudo de miocardio no termina cuando hemos abierto una arteria que estaba obstruida. En un paciente joven, la prevención de nuevos eventos resulta crucial, porque hablamos de personas que tienen varias décadas de vida por delante y, por tanto, una exposición prolongada a los factores de riesgo que han contribuido al evento cardiovascular. Su control es crucial para mejorar el pronóstico.
Sabemos, por diferentes registros, que el consumo de cocaína y otras sustancias recreativas se ha asociado con un peor pronóstico cardiovascular después de un infarto. El registro estadounidense YOUNG-MI encontró una asociación entre el consumo documentado de cocaína y cannabis y una mayor mortalidad cardiovascular a largo plazo.
También el estudio multicéntrico francés ADDICT-ICCU ha reforzado estos hallazgos al encontrar una mayor frecuencia de eventos cardiovasculares adversos durante el primer año entre los pacientes que tenían resultados toxicológicos positivos. Sin embargo, debemos ser prudentes, ya que estos estudios son observacionales y no permiten atribuir todo ese exceso de riesgo directamente a las sustancias.
Creemos que abandonar su consumo es crucial y constituye uno de los objetivos fundamentales de la prevención secundaria. Si un paciente continúa exponiéndose a una sustancia capaz de provocar vasoconstricción coronaria, trombosis o isquemia en las arterias que nutren el corazón, puede mantener un riesgo cardiovascular adicional. Esa exposición prolongada, especialmente por tratarse de pacientes jóvenes, puede favorecer la recurrencia de eventos.
- «Consideramos fundamental transmitir esta información a la población y sobre todo evitar la estigmatización del paciente»
A la luz de estos resultados, ¿deberían replantearse las estrategias de prevención cardiovascular dirigidas a la población joven? ¿Cree que existe una falsa sensación de seguridad respecto al consumo recreativo de drogas y sus consecuencias para el corazón?
Nuestros resultados refuerzan la necesidad de prestar atención a la prevención cardiovascular desde edades tempranas, incorporando tanto los factores de riesgo tradicionales como otras exposiciones potencialmente perjudiciales. Entre ellas hay que destacar el consumo de drogas, ya que tradicionalmente la prevención cardiovascular se ha centrado en los factores de riesgo más clásicos. Evidentemente, esa prevención sigue siendo fundamental.
De hecho, en nuestra población joven el tabaquismo activo estaba presente en el 42%, lo que remarca la enorme importancia de una correcta prevención. Pero también hemos observado una frecuencia considerable de resultados toxicológicos positivos, y esto nos obliga a reflexionar sobre cómo se está evaluando y abordando ese consumo, que es clínicamente muy relevante.
Creo que debemos integrar de forma más habitual preguntas específicas sobre el consumo de cocaína, cannabis u otros estimulantes, que en la práctica clínica pueden pasar inadvertidos para los facultativos que recibimos al paciente. Esto será crucial para aumentar nuestra sospecha clínica, considerar posibles modificaciones en el tratamiento, facilitar intervenciones preventivas y poner a disposición del paciente los recursos de nuestro sistema sanitario para acompañarlo en el abandono de ese hábito tóxico.
Respecto a la percepción social, creo que debemos combatir la idea de que el consumo ocasional de ciertas sustancias es inocuo desde el punto de vista cardiovascular, especialmente en el caso de la cocaína, que por sus mecanismos fisiopatológicos sabemos que puede estar asociada a eventos incluso con consumos puntuales. Consideramos fundamental transmitir esta información a la población y, sobre todo, evitar la estigmatización del paciente. Debemos identificar el consumo de estas sustancias, pero también conseguir que las personas acepten ayuda para abandonarlas, basando la relación médico-paciente en la confianza y la confidencialidad.










