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Un futuro que se desliza y no llega a calar. Fernando Mugarza

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Fernando Mugarza, director de Desarrollo Corporativo y Comunicación de la Fundación IDIS. Profesor de ética de la Universidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE. Expresidente y Miembro de Honor de Forética.
Las palabras que todos hemos escuchado acerca del reparto de puesto y sillones antes que hablar de programas todavía resuenan en los oídos por la verdad que encierran. A todos nos ha dejado asombrados esa prisa por pisar moqueta una vez pasadas las últimas elecciones generales.

Y si es llamativo este aspecto desde el punto de vista general, más lo es si de lo que hablamos es de salud y sanidad. Parece poco aleccionador que ante un posible gobierno de coalición como el que se está orquestando no sepamos los ciudadanos qué plantean sus dirigentes en una de las materias que más preocupa a la población como es la situación de la sanidad en nuestro país.

Parece poco aleccionador que ante un posible gobierno de coalición no sepamos los ciudadanos qué plantean en sanidad

Nos abocamos a un escenario de extraordinaria complejidad en materia sanitaria, tanto se habla del cambio sociodemográfico, del envejecimiento poblacional, de la cronicidad asociada, de la irrupción de las nuevas tecnologías, de la llegada de las nuevas terapias y medios diagnósticos cada vez más precisos y sofisticados, de las nuevas formas de enfermar, que de pura costumbre de escucharlo ya no hacen mella en la pulsión por ponerles remedio como sería lo deseable.

Decir como un mantra que nuestro Sistema Nacional de Salud es uno de los mejores del mundo, sin entrar a valorar si es o no verdad, no ayuda a que en el futuro lo sea o lo pueda seguir siendo, máxime si tenemos en cuenta que los cambios que se están produciendo son de tal calibre que desde luego si no se prevén sus consecuencias con tiempo suficiente el pronóstico no dejará de ser infausto. Quien no se anticipa y apuesta por el futuro no tiene futuro y esta es una gran verdad. Y si no lo creemos pongamos nuestra atención en tantos ejemplos de organizaciones y sistemas que por no adelantarse a los cambios que se cernían sobre ellos han terminado desapareciendo o siendo absorbidos que, de alguna forma, viene a significar lo mismo.

Sin una reforma inclusiva que trate de utilizar de forma estratégica todos los recursos del sistema, independientemente de su titularidad, la derivada puede ser muy negativa

Tenemos la costumbre de fijarnos mucho en el pasado, en demasía diría yo, en las virtudes de nuestro ordenamiento jurídico en materia sanitaria. Y no percibimos que lo que ayer era valioso hoy ya no lo es tanto. Ha de ser adaptado, reformado o incluso cambiado para que permita avanzar en el tiempo y el espacio. Para no pecar de inmovilismo y de cicatería en el empeño de periclitar un tiempo pasado que fue sencillamente distinto, no mejor ni peor, simplemente distinto.

Nuestra Ley General de Sanidad cuenta ya con más de 33 años desde su promulgación, la Ley de Autonomía del Paciente cuenta ya con algo más de 17 años, 16 tiene la Ley de Cohesión y Calidad y así sucesivamente. Este hecho por sí mismo sería motivo de reflexión. Más cuando podemos percibir que principios consolidados y puestos en valor por esta normativa como la equidad, la cohesión, el acceso al sistema y a la innovación, la solidaridad territorial, la financiación suficiente, la universalidad, la capacidad de elección basada en información constante y transparente de resultados, la participación del paciente en la toma de decisiones que le conciernen, etc.

Hoy en día se encuentran con serias dificultades que se van a ir incrementando. De no poner remedio con una reforma inclusiva no excluyente que trate de utilizar de forma estratégica todos los recursos del sistema, independientemente de su titularidad, la derivada puede ser muy negativa para todos con una fragilidad cierta en el modelo.

Si no queremos ahondar en la brecha social que supone la inequidad tendremos que poner el remedio adecuado de forma urgente

La medicina y, por lo tanto, infiero que la gestión de la sanidad también cambia de forma constante. Eso hace que ambas disciplinas que conforman caras de la misma moneda hayan de ser evaluadas de forma permanente. Un proverbio chino afirma que la vida humana tiene tres fases: veinte años para aprender, veinte para luchar y veinte para alcanzar la sabiduría. En nuestro caso la sabiduría se puede compendiar en establecer y exponer datos rigurosos, objetivos y transparentes. Analizarlos concienzudamente y extraer conclusiones válidas. En poner en marcha planes de acción realistas y oportunos. Planes que permitan abordar los problemas presentes y anticipar los escenarios que van a determinar nuestro futuro.

En este sentido, si no queremos ahondar en la brecha social que supone el hecho de la inequidad, de la desigualdad en definitiva, tendremos que poner el remedio adecuado de forma urgente dejando atrás apriorismos y poniendo de manifiesto la importancia de aportar lo mejor de nosotros mismos, de una forma responsable, independientemente de la naturaleza jurídica del sector en el que se enmarque, público o privado.

Trabajemos todos de una forma sinérgica, colaborativa y en red por el bien de una sociedad que lo demanda y exige

Medicina solo hay una, buena o mala; el paciente es único independientemente de donde elija voluntariamente ser tratado; los profesionales se forman con el mismo programa curricular y la enfermedad nos afecta a todos por igual, no admitiendo esperas. Por lo tanto, no pongamos puertas al campo y trabajemos todos de una forma sinérgica. De forma colaborativa y en red por el bien de una sociedad que lo demanda y exige. Un futuro que se desliza y no llega a calar no es sino el principio de una carta sin destinatario y sin remitente, inane, sin vibración ni resultado.

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