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La eutanasia, contraria a la dignidad humana. Dr. César Nombela

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..Dr. César Nombela, Catedrático emérito de Microbiología. Miembro del Comité de Bioética de España en el periodo 2008-2016.
Como otras cuestiones que conciernen a la vida humana, la eutanasia se ha convertido en objeto de un debate, en el que con frecuencia se confunden los términos y sus alcances. Parece que la sociedad actual tiene que enfrentarse a cuestiones difíciles, que se plantean como dilemas ante situaciones en las que los derechos individuales –la propia esencia de la dignidad humana- entrarían en conflicto con planteamientos colectivos.

Aboguemos al menos porque los términos del debate se formulen con honradez y precisión, para que resplandezcan los valores que están en juego cuando se habla de eutanasia, es decir de la acción de “acabar deliberadamente con la vida de personas”.

La legalización de la eutanasia, no lo olvidemos, se ha producido hasta ahora en Europa en apenas tres de los estados más pequeños

La legalización de la eutanasia, no lo olvidemos, se ha producido hasta ahora en Europa en apenas tres de los estados más pequeños, los países del Benelux, a los que habría que sumar Suiza, que autoriza el suicidio asistido. En Bioética se habla de “pendiente deslizante” o “rotura de diques” cuando la aceptación de ciertas prácticas, que desde siempre se habían considerado inaceptables, conduce de inmediato a autorizar o facilitar otras que resultan aún más transgresoras.

Pues bien, una prueba de la pendiente deslizante que se deriva de la legalización de la eutanasia la tenemos en la subsiguiente despenalización de la muerte deliberada de recién nacidos con graves patologías. No concurre obviamente en un neonato la voluntad expresada autónomamente de terminar con la propia vida, requisito sobre el que se justificó la aprobación de la eutanasia.

Sin embargo, algunos entendieron que a falta de esa voluntad autónoma en esos casos estaba justificado la no penalización de quienes acababan con esas vidas. Además, algunas estimaciones fijan como significativo el número de eutanasias practicadas de facto sin que se den los dos requisitos fundamentales, es decir, la petición expresa del afectado y el informe favorable de dos médicos.

La aceptación de que la enfermedad o la dependencia justifican el terminar con la vida de alguna persona, suponen una inversión total de los valores de la Medicina

Hasta tal punto el lenguaje se desvirtúa que la definición más clásica de eutanasia, como “la acción u omisión, por parte del médico u otra persona, con la intención de provocar la muerte del paciente terminal o altamente dependiente, por compasión y para eliminarle todo dolor”, se ha visto desbordada. Hay en marcha en los países aludidos iniciativas para ampliar la eutanasia a quienes se encuentran con el ánimo debilitado o simplemente que no quieren vivir más. No hace falta detallar que la vulnerabilidad del ser humano, la conciencia de su debilidad y finitud, en muchas situaciones, lo único que nos muestra es a quien está necesitado de apoyo y de cuidado, no de un marco legal que le invite a dejar este mundo.

La aceptación de que la enfermedad o la dependencia justifican el terminar con la vida de alguna persona, suponen una inversión total de los valores de la Medicina. Para la filósofa Laura Bossi, la despenalización y la legalización de la eutanasia no conducen a una mayor responsabilidad del enfermo sobre el final de su vida, sino al resultado inverso, a un incremento del poder médico y a una estandarización de la muerte.

Por muy estricta que sea la regulación, será inevitable el temor a una aplicación no deseada

Además La legalización de la eutanasia no se queda en la formalización de una autorización: transmitiría a enfermos y a personas dependientes, que ya sufren el sentimiento de ser inútiles y de estar a cargo de sus allegados, el mensaje de que la sociedad les invita a dejar de ser una carga para los demás y a dejar sitio.

Desde la perspectiva de la autonomía personal, no es equiparable el derecho a vivir, con el supuesto derecho a terminar la propia vida. Sin embargo, la eutanasia supone un acto social, una actividad que requiere la actuación de otros, dirigida deliberadamente a dar fin a la vida de una persona. Por muy estricta que sea la regulación, será inevitable el temor a una aplicación no deseada.

La investigación sigue abierta, sin duda podremos establecer, cada vez mejor, desde cuál es la situación de los enfermos terminales y sus expectativas de supervivencia, hasta el perfeccionamiento de los criterios de muerte clínica. Pero, una sociedad que acepta la eutanasia abre un camino en el que para muchos ya no hay retorno posible. La inversión del valor del curar o aliviar –al enfermo terminal también, por supuesto- como principio esencial de la Medicina, sustituyéndolo por el de provocar la muerte, puede abrir vías cuyos límites son impredecibles. La Ciencia y la Práctica Médica tienen cada vez más y mejores instrumentos para actuar y para discernir; reclamar que se empleen a favor de la vida humana es un derecho de todos.

Nadie tiene derecho a provocar la muerte de un semejante gravemente enfermo, ni por acción ni por omisión

La promoción de la eutanasia, tan intensa en algunos ámbitos, se suele basar en la consideración de situaciones-límite muy concretas. Hay que deslindar lo que puede ser el análisis de casos específicos, de lo que debe ser un principio irrenunciable: nadie tiene derecho a provocar la muerte de un semejante gravemente enfermo, ni por acción ni por omisión.

Y la sociedad que acepta la terminación de la vida de algunas personas, en razón a la precariedad de su salud y por la actuación de terceros, se inflige a sí misma la ofensa que supone considerar indigna la vida de algunas personas enfermas o intensamente disminuidas. Se echa por tierra algo tan humano como la lucha por la supervivencia, la voluntad de superar las limitaciones, la posibilidad incluso de recuperar la salud gracias al avance de la Medicina.

Ante esta situación escuchemos la voz de quienes postulan una ética del cuidado, especialmente quienes acompañan el final de la vida de muchas personas que no desean morir, por muchas estadísticas de apoyo a la eutanasia que se les muestren.

Escuchemos la voz de quienes postulan una ética del cuidado, especialmente quienes acompañan el final de la vida de muchas personas que no desean morir

El filósofo Agustín Domingo lo ha formulado muy bien ofreciendo ideas  sobre el cuidado responsable, entre ellas: atender, tener compasión y ponerse en el lugar del otro; ayudar al otro a realizar lo que no puede hacer por sí mismo; invitar al otro a que reconozca su vulnerabilidad y se deje ayudar; velar por el bien del otro; incorporar el cuidado responsable como una opción educativa; acompañar al otro sin necesidad de indicarle o determinarle el camino que debe seguir; hacerse cargo del otro; salvar a otro de una soledad no deseada.

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