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El éter y la cirugía. Antonio G. García

Tesis doctoral

..Antonio G. García. Catedrático Emérito de Farmacología de la UAM y presidente de la Fundación Teófilo Hernando.
La banda de música de mi pueblo cobró impulso cuando el ayuntamiento contrató al maestro Antonio Villa. Era yo un quinceañero y el maestro sugirió que me iría bien el clarinete. Dos o tres tardes-noches de la semana era obligatorio asistir a clases de solfeo y al ensayo. Me sentaba junto a Paco “el Vaquero”, un virtuoso del clarinete y uno de los veteranos de la banda. Aprendí solfeo elemental con Villa y logré hacerme con el instrumento gracias a la paciencia que Paco tuvo conmigo. Recuerdo que, en nuestras primeras salidas en las procesiones de Molina de Segura, el maestro taponaba con una bayeta el clarinete para que no sonara; los novatos salíamos para hacer bulto y que la banda pareciera más nutrida de músicos. Cuando ya adquirí cierta destreza, el maestro Villa me invitaba a tocar el clarinete, incluso en ausencia de Paco, en las fiestas de Molina y pueblos aledaños. Cuando viajábamos a otros pueblos, a los músicos nos acogían los vecinos, que nos trataban a cuerpo de rey. La música era esencial para animar los festejos.

Las clases de solfeo y los ensayos los celebrábamos en la biblioteca, ubicada en el primer piso del edificio que albergaba la policía municipal y el retén. En el descanso de los ensayos fisgaba entre los libros, distribuidos temáticamente en las estanterías. Una noche vi un voluminoso libro sobre historia de la cirugía, que me llevé prestado al día siguiente. Confieso que todo él me gustó, pero cuando llegué a la historia de la anestesia general quirúrgica me enganchó tan intensamente que no paré hasta devorar todos sus capítulos. Tal fue el impacto que me produjo el hecho de que unas moléculas tan sencillas como el óxido nitroso y el éter inhibieran la señal dolorosa y sumergieran al paciente en la inconsciencia, contribuyendo así al espectacular desarrollo de la cirugía, que desde aquella experiencia quise hacerme médico y cirujano.

A mediados del siglo XIX un gas, el óxido nitroso y un líquido volátil, el éter, se disputaban la gloria por erigirse en el primer anestésico general quirúrgico. Ambos se venían utilizando en ferias y guateques para sentir sus efectos hilarantes, risas y regocijos. En 1776 Priestley describió con precisión los efectos del óxido nitroso: ligera presión en todos los músculos, acompañada de una sensación placentera, particularmente en el pecho y extremidades, con una irresistible sensación de poder muscular que impulsaba a la acción; la percepción del medio ambiente se disipó; sintió vívidas imágenes que pasaban por su mente, perdiendo la voluntad y la capacidad de decisión. Ya en 1799 Humphry Davy había anunciado que el óxido nitroso tenía la capacidad de bloquear la sensación dolorosa, y sugerido que su uso en cirugía podía ser de gran utilidad. Esta idea, sin embargo, pasaría inadvertida durante 43 años.

El óxido nitroso del dentista Horace Well fue el primer intento de introducir la anestesia general en 1845, pero fracasó

A principios de la década de 1840 el químico Colton hacía demostraciones del “gas de la risa” viajando por las ciudades de Nueva Inglaterra, al noreste de los Estados Unidos. El 10 de diciembre de 1844 hizo una de sus presentaciones en Haytford, Connecticut, cobrando 25 centavos por la entrada y la posibilidad de inhalar óxido nitroso. En el anuncio del espectáculo se decía que la inhalación del gas producía risa, ganas de cantar, bailar, hablar o pelear. De hecho, con el fin de evitar potenciales estragos, en la primera fila del teatro se sentaban ocho hombres forzudos para, en caso necesario, controlar la reacción violenta de los espectadores que se prestaban a la inhalación del gas.

Cooley, un dependiente de droguería, mostró una actitud agresiva cuando inhaló óxido nitroso; saltó del escenario con la idea de agredir a uno de los forzudos, que salió huyendo. Durante la persecución, Cooley se subió a una silla y cayó precipitadamente al suelo, recuperando la tranquilidad y volviendo, sereno, a su asiento. De repente notó que tenía una herida que sangraba en una pierna, sorprendiéndose de que no hubiera sentido dolor tras el accidente. Pero aquel incidente no pasó desapercibido para Horace Wells, un dentista de Hartford que estaba en la sala como espectador. Sintió curiosidad y preguntó insistentemente a Cooley si era verdad que no había sentido dolor, quien asintió una y otra vez que así era. Al día siguiente, Well inhaló óxido nitroso mientras que su colaborador le extraía un diente sin que sintiera dolor alguno. Por ello declaró públicamente que se abría una nueva era en la extracción dental. Dio publicidad al uso del óxido nitroso para la extracción dental indolora y a partir de aquel momento ejerció su profesión utilizando el citado gas. En enero de 1845 Wells hizo una demostración en el quirófano del “Massachusetts General Hospital” de Boston, pero el paciente rompió en gritos cuando el cirujano abrió su piel con el escalpelo. Ello relegó a segundo plano el potencial desarrollo del óxido nitroso como anestésico, y dejó paso al éter.

El éter se conocía desde que Valerius Cordus lo decubriera en 1540. Tres siglos más tarde, en 1842, Crawford W. Long, un cirujano de Jefferson, Georgia, pidió a un amigo que inhalara éter mientras que le extirpaba un pequeño tumor en el cuello; no sintió dolor. Long utilizó éter en otras operaciones, pero no publicó sus datos, que permanecieron en el olvido hasta que Morton redescubriera la actividad anestésica del éter en circunstancias harto curiosas.

Otro dentista, William Morton, tuvo más suerte con el éter, en la afamada primera operación quirúrgica realizada con anestesia general el 16 de octubre de 1846

William Morton había sido colaborador de Wells y conocía los efectos analgésicos del óxido nitroso. Entró como estudiante en la Facultad de Medicina de Harvard, pero para pagarse sus estudios, continuó ejerciendo la profesión de dentista. Consultó con Charles T. Jackson, su profesor de química, el problema de la anestesia con éter. Jackson le sugirió que para que fuera útil, debía utilizar éter sulfúrico puro. Morton practicó con éter en él mismo, en perros, gatos, gallinas y ratas y logró extraer un diente sin dolor a un cliente que había inhalado éter, un profesor de música de Boston llamado Eben Frost. Cuando ya había acumulado cierta experiencia, pidió permiso a J.C.Warren, un profesor de cirugía de Harvard, para hacer una prueba con éter en una intervención quirúrgica para extirpar un tumor en el cuello. Warren aceptó y citó a Morton para el día 16 de octubre de 1846.

En el anfiteatro del quirófano había muchos espectadores y cirujanos; mostraban una sonrisa incrédula en sus caras. Querían ver como fracasaba la demostración de anestesia con éter de un estudiante de segundo curso de medicina, como le ocurriera a Wells con el óxido nitroso en el mismo escenario, un año antes. El paciente Gilbert Abbott aguardaba temeroso e inquieto en la mesa del quirófano, rodeado de cuatro hombres forzudos dispuestos a sujetarle si la anestesia con inhalación de éter fracasaba. Warren también esperaba la llegada de Morton, vestido con su atuendo de calle normal; entonces se desconocía la eficacia de la asepsia (esterilización del material quirúrgico) y antisepsia (esterilización del campo operatorio con antisépticos), o del uso de bata, mascarilla y guantes.

En medio de esta expectación, pasaron 15 minutos de la hora convenida y Morton no llegaba. Warren se impacientaba y cogió el escalpelo diciendo que quizás Morton tenía otro compromiso. Cuando iba a practicar la incisión en la piel del atemorizado paciente, Morton entró en el quirófano disculpándose por su tardanza, que había sido debida a la necesidad de modificar el dispositivo que le permitiera administrar el éter con más precisión. Warren miró a Morton y le dijo: «Bueno, señor, su paciente está preparado». Rodeado de una antipática audiencia que, sin embargo, guardaba un silencio expectante, Morton inició tranquilamente su trabajo. Tras unos minutos de inhalación de éter el paciente cayó en un estado de inconsciencia y Morton, a su vez, dijo: «Doctor Warren, su paciente está preparado». Durante la intervención, el paciente no mostró signo alguno de dolor, y respiraba normalmente; los hombres forzudos fueron innecesarios. Cuando terminó la intervención quirúrgica Warren se dirigió a la asombrada audiencia con las siguientes palabras: «Caballeros, esto no es una farsa». Un eminente cirujano que presenció la demostración, Henry J. Bigelow, hizo la siguiente observación: «Hoy he visto algo que dará la vuelta al mundo». Aquel histórico quirófano se le conoce hoy como la “Bóveda del Éter” en el Massachusetts General Hospital.

Un cirujano que presenció la operación con éter, Henry Bigelow, declaró: «Hoy he visto algo que dará la vuelta al mundo»

Tras un corto periodo de incredulidad, que siguió a la demostración de Morton, el éter comenzó a utilizarse rápidamente en otras ciudades de Estados Unidos y Gran Bretaña. Pero la vida de los protagonistas de esta historia no evolucionó tan favorablemente. William Morton intentó patentar el uso del éter en anestesia, pero fracasó; solo pudo patentar el aparato que inventó para su administración. A esto siguió un conflictivo periodo sobre quién fue el legítimo descubridor de la anestesia. Morton no logró que se le concediera el debido crédito y murió amargado. También reclamó la prioridad del descubrimiento Charles Jackson, el profesor de química que había sugerido a Morton que utilizara el éter sulfúrico puro; al no lograrlo, enloqueció. Algo parecido le ocurrió a Horace Wells, que fracasó en la demostración pública de la anestesia por óxido nitroso. Por su parte, Crawford Long había tenido éxito en el uso del éter con anestesia, en la Georgia rural de 1842, 4 años antes de la demostración de Morton, aunque no publicó sus datos. En última instancia, el crédito se le concedió a Morton pues los ciudadanos de Boston erigieron un monumento en su tumba en el cementerio de Ausborn, con la siguiente inscripción, escrita por el cirujano Bigelow que presenció la demostración del éter: William T. G. Morton, Inventor y revelador de la anestesia por inhalación. Antes de él, en todos los tiempos, la cirugía era agonía. Por él, el dolor en cirugía se venció y anuló. Tras él, la ciencia tuvo control sobre el dolor.

El agradable y penetrante olor del éter lo convirtió en una droga de abuso con capacidad adictógena; su inhalación produce euforia y alucinaciones, como se ilustra en la excelente película “Las normas de la casa de la sidra”. Lo mejor de la película es la interpretación que hace Michael Caine del doctor Larch, un personaje que parece hecho a su medida. Ambientada en los años de 1930 en Nueva Inglaterra, el doctor Larch dirige un orfanato. Uno de los huérfanos que había crecido bajo la amorosa protección del doctor Larch, Homer Wells, aprendió con él la práctica médica. Maestro y alumno se enfrentan por cuestiones éticas en tornos al aborto. El joven discípulo es fiel a la tradición hipocrática de defender la vida humana desde la concepción y en cualquier circunstancia; el maestro, sin embargo, justifica el aborto en circunstancias excepcionales. Cuando Homer decide abandonar el hogareño orfelinato descubrirá el amor y la traición, el compañerismo y el placer, pero también las realidades más crudas de la vida como el incesto. Serán las consecuencias de esto último las que obligarán a Homer a enfrentarse con aquello que censuraba a su maestro, el aborto, que le plantea tomar una difícil decisión moral. Tras jornadas agotadoras lidiando con los mil problemas de los niños del orfanato, el doctor Larch se recluye en su habitación y se relaja inhalando éter. Sabía utilizarlo y su inhalación no le planteaba problemas. Ya al final de la película, cuando estaba semiinconsciente, muere por sobredosis del anestésico.

Hoy el éter está en desuso; pero el anestesista dispone de una amplia gama de moléculas para inducir la anestesia quirúrgica

Por su capacidad para inflamarse y su estrecho margen de seguridad, el éter ha dejado de utilizase como anestésico general. Sin embargo, el anestesista dispone hoy de una amplia gama de moléculas para inducir la anestesia quirúrgica con sus componentes de amnesia, analgesia, inconsciencia, inmovilidad a los estímulos analgésicos y atenuación de las respuestas del sistema nervioso autónomo ante estímulos nocivos. La rápida inducción de la anestesia se ha realizado durante décadas con el pentotal, un barbitúrico lipofilico que, administrado intravenosamente, llega en pocos segundos al cerebro. Hoy se ha sustituido casi en su totalidad por otros anestésicos intravenosos tipo propofol, etomidato o ketamina. También existe una amplia gama de anestésicos inhalados, gases o líquidos volátiles; son moléculas sencillas que poseen escasos efectos adversos comparadas con los más clásicos anestésicos generales tipo cloroformo, éter o ciclopropano. Entre otros, se dispone del halotano, enflurano, isoflurano y sevoflurano. Curiosamente, el uso de óxido nitroso tiene todavía alguna utilidad en anestesia; es un buen analgésico a bajas concentraciones, aunque para llegar a los planos profundos de la anestesia general se requieren concentraciones más elevadas que son incompatibles con la adecuada oxigenación de los tejidos. De ahí la necesidad de combinarlo con otros anestésicos. A esta rica gama de anestésicos generales hay que añadir otros fármacos sedantes y analgésicos que se utilizan en etapas preanestésicas, así como el uso de anestésicos locales en la anestesia epidural, intradural o troncular.

A lo largo de los años sentí nostalgia de aquel instrumento musical de viento alargado, con numerosos agujeros que se tapan con los dedos o con llaves, con boquilla con una lengüeta de caña y el pabellón en forma de bocina. En las distintas etapas de mi vida profesional quise comprarme un buen clarinete y recuperar mi afición por tocarlo, aunque fuera con dificultad. En una etapa más tranquila de mi recorrido vital, cuando quise comprarlo, me di cuenta de que ni mis labios tenían suficiente fuerza y flexibilidad para hacer una buena “embocadura” con la boquilla, ni mis pulmones tenían el fuelle suficiente para generar la corriente de aire concentrado que hiciera sonar con soltura tan dulce instrumento. A lo largo de los años me he consolado escuchando los conciertos para clarinete y orquesta o música de cámara, particularmente el concierto de Wolfgan Amadeus Mozart, que te eleva a las alturas. Aunque me gusta menos, también he escuchado jazz, pues el clarinete se utiliza bastante en este estilo musical, caso de Woody Allen, buen músico y excelente cineasta.

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