El duende de la UIMP. Dr. Antonio G. García

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..Dr. Antonio G. García. Médico y Catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Teófilo Hernando.
Corría el año de 1932 cuando nació una de las ideas educativa y culturales más atractivas de España. El entonces ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Fernando de los Ríos, firmó el decreto fundacional de la originalmente llamada Universidad Internacional de Verano de Santander. Resulta harto curioso que sus dos rectores iniciales fueran un escritor de peso, Ramón Menéndez Pidal (1933) y un afamado científico, Blas Cabrera (1934-1936). Y más curioso si cabe fue el hecho de que su secretario general fuera el gran poeta Pedro Salinas.

Así, la idea renacentista de entrelazar ciencia y cultura quedaba perfectamente plasmada en aquella brillante iniciativa de aquel ministro de educación español que ya lo quisiéramos hoy. Con los años, el nombre del gran historiador cántabro Marcelino Menéndez y Pelayo se incorporaría al nombre de la singular institución veraniega, hoy llamada Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). Ya en 1933 se hizo entrega a la UIMP del magnífico Palacio de la Magdalena, sito en la Península del mismo nombre, en un cerro poblado de pinos, encinas y hayas, desde donde se domina el proceloso Mar Cantábrico, un trozo “español” del Atlántico.

El diccionario de la RAE dice que una acepción de duende es alguien o algo con un encanto misterioso e inefable: la UIMP disfruta de ese duende

¿Qué es eso del «duende de la UIMP»? ¿Acaso una institución puede tener duende? Pues sí; tiene su espíritu y su «duende», entendiendo por tales aquello que confiere encanto, misterio y atractivo. Y ese duende lo han generado, acumulativamente, los miles de alumnos y cientos de profesores de dentro y fuera de España que han colaborado enseñando y aprendiendo, para hacer de la UIMP, tras casi un siglo de andadura, un crisol de saberes y culturas de lo más dispares, pero mutuamente convergentes y enriquecedoras. Como muestra valen algunos nombres de científicos, filósofos o escritores que pasaron por sus aulas en aquellos tiempos: Unamuno, Hernando, Marañón, Zubiri, Ortega, Warburg, Schrödinger, Palacios, Jiménez Díaz, Lafora, Cabrera, Camón, Von Euler, Barger, Menéndez Pidal o Américo Castro.

Resulta curioso que por entonces los cursos duraran todo el verano; se seleccionaban los 350 mejores alumnos de las distintas universidades españolas para que en la UIMP convivieran en una atmósfera informal que facilitaba el sereno análisis de los temas, la maduración intelectual de los alumnos, el desarrollo de una actitud crítica y liberal con apertura de espíritu y tolerancia hacia las ideas de los demás. Así, Julián Marías decía que en la UIMP «había un ambiente cordial y alegre entre estudiantes y profesores… Pocas veces he visto una convivencia más espontánea, estimulante, inteligente, divertida, cortés. No puedo decir cuánto me enriqueció intelectualmente y humanamente».

El duende de la UIMP lo resumiría el filósofo Julián Marías así: «Pocas veces he visto una convivencia más espontánea, inteligente, divertida cortés. No puedo decir cuánto me enriqueció intelectual y humanamente»

El profesor Alfonso de la Fuente Chaos tuvo a bien suspenderme la Patología quirúrgica I en junio de 1967, en la madrileña Universidad Central, que así se llamaba entonces la actual Complutense. Durante aquel verano me propuse aprenderme su libro a conciencia y hacer un curso de cirugía en la UIMP. Este primer contacto con aquella universidad cambió radicalmente mi forma de aproximarme al estudio de un problema en general y a un tema médico en particular: escuchar al profesor con mente crítica, no dar crédito ciego a todo lo que dice, buscar soluciones alternativas al problema, adoptar una actitud activa en clase, preguntar dudas en voz bien alta y sin temores, en suma, desarrollar un criterio propio y un propio pensamiento crítico.

Pero la UIMP me aportó otras actitudes que necesitaba desarrollar, a saber, la cultura, visitando la Cueva de Altamira (entonces no había restricciones), la visita al Hospital de Valdecilla, donde asistí a algunas clases de cirugía, el hecho de alojarme en una suntuosa habitación en el Palacio de la Magdalena o, simplemente, pasear por los bosques y playas que lo circundaban. Para un estudiante que venía de un pueblo agrícola, aquella experiencia constituyó mi despertar a las ciencias y las letras, más allá de empollar una asignatura para aprobarla.

Con los años tuve ocasión de revalidar mi entusiasmo por la UIMP impartiendo algunas clases de neuropsicofarmacología, invitado como profesor a los cursos organizados por algunos amigos. Pero la atracción que sobre mi ejercía la UIMP sufrió un revulsivo cuando en 1995 recibiera una llamada de su rector, profesor José Luis García Delgado, invitándome a organizar una Escuela de Farmacología, que bauticé con el nombre de don Teófilo Hernando, el adelantado de la farmacología española. Las Escuelas de la UIMP tienen continuidad pues tratan de desarrollar temáticas frontera año tras año.

La Escuela Internacional de Farmacología Teófilo Hernando inició su andadura en 1996; durante el verano de 2022 celebramos la edición número 19, sobre terapias frontera para tratar las enfermedades humanas

Con la colaboración del profesor Luis Gandía, iniciamos la Escuela de Farmacología “Teófilo Hernando” en 1996, con buen número de alumnos, cercano al centenar. Eran mayoritariamente estudiantes de grado y los temas, aunque trataron de avances farmacoterápicos recientes impartidos por profesores de distintas universidades españolas y la industria farmacéutica, no dejaban de ser meras revisiones. Con los años me di cuenta de que sería mucho más interesante tener solo una treintena de alumnos de doctorado y posdoctorado y reclutar a profesores de todo el mundo expertos en cada tema, que hablaran de su trabajo en la frontera del conocimiento y que se impartiera en inglés.

Así, desde hace unos años, el formato de la Escuela consiste en 10 charlas de expertos impartidas por las mañanas en sesiones de 2 horas, de lunes a viernes, y en la presentación por los alumnos de sus trabajos de doctorado y posdoctorado, en distintas áreas, pero centradas en avances farmacoterápicos para el tratamiento de las enfermedades humanas. De esta manera, los alumnos y profesores tienen oportunidad de establecer contactos que pueden redundar en futuras colaboraciones. De hecho, durante su doctorado muchos alumnos han hecho estancias breves en los laboratorios de América y Europa, con científicos que conocieron en la Escuela.

También los ya doctores han hecho su posdoctorado de 2 o más años con profesores que conocieron en La Magdalena. Resulta curiosa la vinculación con la Escuela de muchos alumnos que, durante los cuatro años de su doctorado, acuden a la Escuela cada verano; se ha creado así una interesante (y práctica) red de jóvenes investigadores y profesores de América y Europa.

Con los años, la Escuela ha dado origen a una interesante red de científicos de América y Europa, que ha servido para facilitar la incorporación de muchos alumnos a sus laboratorios para realizar estancias pre- y posdoctorales

Pero si la ciencia es parte esencial de la Escuela ¿dónde queda la otra parte del espíritu de la UIMP, las humanidades? No me olvidé de ellas. Al contrario, las cultivé desde sus orígenes en forma de poesía. Por ejemplo, en 2008, el acto de clausura de la octava edición de la Escuela fue emocionante. Regalé cinco libros de poesía a los cinco alumnos que mejor habían declamado los poemas a lo largo de la semana. Pero con diferencia, la mejor fue Elena Plans Berilo, una alumna de medicina de la UAM que pertenecía al grupo de teatro y que luego se haría psiquiatra.

Durante la semana había recitado el poema número 20 de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda; lo declamó con tanta ternura y sensibilidad que emocionó a alumnos y profesores. Por eso, al regalarle este librito, le pedí que volviera a declamarlo: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche. / Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada, / y tiritan, azules, los astros a lo lejos”.» La profesora Virginia Maqueira, vicerrectora de la UIMP, se quedó vivamente impresionada por la dulzura del recital de Elena y por el hecho de que en un curso científico se hubiera introducido el discurso poético.

Desde sus orígenes, la Escuela Internacional de Farmacología “Teófilo Hernando” ha combinado la poesía con la ciencia, contribuyendo así a mantener y fomentar el duende de la UIMP

Las cuatro ediciones recientes de la Escuela se han celebrado enteramente en inglés y su temática se ha centrado en las enfermedades del sistema nervioso. La colaboración del profesor Michael Duchen, fisiólogo del University College London, quien ha codirigido conmigo esas ediciones de la Escuela, ha sido fundamental. Con ello le hemos dado un enfoque más internacional.  Es esencial que en el marco de la Escuela, profesores y alumnos interaccionen e intercambien ideas sobre temas científicos, humanísticos y de todo tipo. Algunos profesores dejan sus ocupaciones y pasan la semana con nosotros. Pongo un ejemplo ilustrativo.

El profesor Paul Schumacker, quien se desplazó desde su Universidad Northwestern de Chicago, pasó con nosotros la semana de la décimocuarta Escuela, que celebramos en Julio de 2015. Paul asistió a todas las conferencias de la mañana, impartidas por neurocientíficos de renombre y, lo que fue más llamativo, también estuvo presente en las sesiones de la tarde, cuyos protagonistas son los jóvenes alumnos que presentan su trabajo de doctorado o posdoctorado. Esta no es la actitud de muchos científicos que, invitados como ponentes en cursos y congresos llegan, imparten su charla y se marchan.

Paul formuló numerosas preguntas a los ponentes, charló animadamente con los alumnos en el comedor y en la cafetería y confesó que esta cercanía profesor-alumno era impensable en su universidad. En la cena final de profesores y alumnos que celebramos en el restaurante La Gaviota del barrio de pescadores de Santander, compartimos mesa con él dos estudiantes de Farmacia de Salamanca y la Complutense, Cristina Serrano y Laura Vallejo, otros dos de medicina de la Universidad Autónoma de Madrid, Santiago García Martín y Manuela García Ferrer, y yo. Entre rabas, chipirones, navajas, bonito y sardinas a la brasa, rociados con sangría y cerveza, Paul habló de la ciudad de Chicago, su entorno de los Grandes Lagos y, por supuesto, del estrés oxidativo y la enfermedad de Parkinson. Los alumnos preguntaban y opinaban sobre los ambientes universitarios español y estadounidense.

Con los años, los alumnos y profesores de la Escuela de Farmacología Teófilo Hernando de la UIMP saben que en su trasfondo científico-farmacológico hay un acento poético que es preciso cultivar. En este ambiente, y tras una semana escuchando a alumnos y profesores recitando poemas en su lengua materna, Paul Schumacker se animó a construir un poema de su propia cosecha, que dedicó a los alumnos y leyó al finalizar su conferencia. En él contaba la profunda impresión que le había causado el hecho de vivir tan intensamente aquella edición número 14 de la Escuela. Además, en el poema dejó claro un mensaje para los jóvenes alumnos: «Cuando en el futuro persigáis vuestros objetivos profesionales, sea la ciencia, la medicina, la farmacia u otras carreras, agarraos a la verdad, al conocimiento y a la pasión. Disfrutad lo que hagáis, mantened vuestro espíritu humanista y cuando estéis equivocados, admitidlo». Es el duende de la UIMP, asimilado por un médico neurocientífico de los Estados Unidos en su estancia de una semana en La Magdalena.

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