Redacción
Un comité internacional de expertos ha presentado un informe publicado en The Lancet Diabetes & Endocrinology que propone una redefinición del diagnóstico de la obesidad como enfermedad crónica. Este trabajo, respaldado por más de 75 organizaciones médicas de todo el mundo, plantea abandonar el tradicional índice de masa corporal (IMC) como única herramienta de diagnóstico, integrando nuevas medidas que reflejen el exceso de grasa corporal y las complicaciones metabólicas asociadas. El objetivo es ofrecer un enfoque más preciso y adaptado al carácter multifacético de esta enfermedad, considerada una pandemia global.
Según recoge Science, la endocrinóloga Andreea Ciudin, coordinadora de la Unidad de Obesidad del Hospital Vall d’Hebron, advierte sobre los riesgos de incluir el concepto de «preobesidad» en esta nueva narrativa. «La preobesidad podría llevar a retrasos en el diagnóstico y en intervenciones eficaces, especialmente cuando ya existen señales de inflamación de bajo grado y disfunción del tejido adiposo. Estas condiciones no representan una fase previa; son indicativas de obesidad como enfermedad crónica», afirma.
La Dra. Ciudin compara esta situación con enfermedades como la diabetes tipo 2 y la enfermedad renal crónica, donde las fases iniciales, aunque menos evidentes, ya presentan complicaciones significativas. «Minimizar la obesidad o clasificarla como algo reversible en sus etapas iniciales podría reforzar una tendencia perjudicial en la sociedad y entre los profesionales sanitarios, perpetuando su infradiagnóstico», añade. Por ello, considera crucial definir de forma clara los criterios que diferencien las fases clínicas de la enfermedad y garantizar que estas no generen confusión.
El informe también cuestiona la efectividad del IMC
El informe también cuestiona la efectividad del IMC, una métrica tradicional que, aunque sencilla, no refleja la complejidad de la obesidad ni los riesgos metabólicos asociados. En su lugar, se sugiere emplear métodos como el análisis de la composición corporal mediante densitometría ósea (DXA) y parámetros como el índice cintura/altura, que ofrecen información más precisa sobre el riesgo cardiovascular y metabólico. Sin embargo, la Dra. Andreea Ciudin señala que la DXA, aunque válida, tiene limitaciones prácticas, especialmente en pacientes con obesidad severa debido a restricciones técnicas y logísticas.
Javier Sayavera, profesor de la Universidad Pablo de Olavide, califica este trabajo como un paso necesario hacia un cambio de paradigma en el tratamiento de la obesidad. Según Sayavera, «el informe no solo pone en evidencia las limitaciones del IMC, sino que también destaca la necesidad de adaptar los sistemas de salud para integrar métodos diagnósticos más avanzados, lo que permitirá planificar tratamientos más efectivos».
En Europa, algunas iniciativas ya avanzan en esta dirección. La European Association for the Study of Obesity (EASO) introdujo en 2024 un marco diagnóstico que combina el IMC con el índice cintura/altura como indicadores más fiables del riesgo metabólico. Esto permite diagnosticar obesidad en personas con un IMC inferior a 30, ampliando la capacidad de intervención en casos que tradicionalmente habrían sido desestimados.
El informe subraya que la obesidad es una enfermedad metabólica crónica que requiere atención personalizada y basada en evidencia
No obstante, la implementación de estos métodos a gran escala enfrenta desafíos significativos. Desde la formación del personal sanitario hasta la adquisición de tecnología adecuada, el camino hacia una evaluación más precisa requiere una transformación profunda en los sistemas de salud. «Es un cambio necesario, pero no será inmediato», reconoce la Dra. Ciudin, quien enfatiza la importancia de concienciar a la población y a los profesionales sanitarios sobre la gravedad de la obesidad y su impacto en la salud global.
El informe subraya que la obesidad es mucho más que un exceso de peso; es una enfermedad metabólica crónica que requiere atención personalizada y basada en evidencia. Reformular su diagnóstico y tratamiento no solo mejorará la calidad de vida de millones de personas, sino que también reducirá la carga sobre los sistemas de salud. Sin embargo, como concluye Sayavera, «este cambio solo será posible con una colaboración global que integre conocimientos científicos, recursos tecnológicos y un enfoque centrado en el paciente».








