Laurentia Jora, directora de Comunicación Estratégica de World Vision
Abdul sostiene en brazos a Marzia, su hija de cuatro meses, en el pasillo de la clínica, abarrotada de gente. A cuatro horas de Qala-e-Naw, la capital de la provincia de Badghis, en el noroeste de Afganistán, este centro sanitario, gestionado por World Vision y financiado por el Ministerio Federal de Asuntos Exteriores de Alemania, atiende a 18 aldeas y presta asistencia a más de 17.000 personas en esta zona rural del país.
En el interior, el aire está cargado de una mezcla de antiséptico, sudor y el olor terroso del polvo húmedo que llega del exterior. El estrecho pasillo palpita con un movimiento constante: pasos que se arrastran, médicos que dicen nombres y el agudo gemido de los bebés. El traqueteo de los utensilios médicos resuena mientras los pacientes se mueven rápidamente por la clínica, entrando en una de las nueve salas destinadas a diversos servicios: atención de urgencias, pruebas de desnutrición, vacunaciones, obstetricia, atención prenatal y postnatal, servicios ambulatorios, asesoramiento, farmacia y sesiones de concienciación sanitaria. El ritmo es frenético e incesante, ya que un flujo constante de personas llena el espacio.
«He venido a vacunar a mi hija», dice Abdul, acunando a Marzia, que se ha quedado dormida en sus brazos. Tiene la ropa pegada al cuerpo, empapada por la lluvia, y la humedad le penetra en la piel. Tiene el rostro demacrado y los ojos cargados por el cansancio del largo viaje. Abdul, su esposa Parwana*, su hijo Hashim de cuatro años y su bebé Marzia caminaron durante tres horas para llegar a la clínica. La intensa lluvia convirtió los caminos, ya de por sí irregulares, en ríos de barro espeso y pegajoso, lo que hizo que el viaje fuera aún más agotador. A duras penas lo consiguieron.
«He venido a vacunar a mi hija», dice Abdul, acunando a Marzia, que se ha quedado dormida en sus brazos. Abdul, su esposa Parwana*, su hijo Hashim de cuatro años y su bebé Marzia caminaron durante tres horas para llegar a la clínica

Jamal está recibiendo la vacuna contra la poliomielitis, una enfermedad infecciosa causada por un virus, que puede causar parálisis total en cuestión de horas. «Afecta sobre todo a niños y niñas menores de cinco años y es potencialmente mortal», explica el vacunador, echando unas gotas de la vacuna oral en la lengua del bebé.
La polio no tiene cura, sólo prevención mediante la vacunación. Afganistán es uno de los dos únicos países del mundo donde la polio sigue siendo endémica. Mientras el virus siga circulando, los niños y niñas no vacunados corren el riesgo de sufrir parálisis de por vida. Garantizar que todos reciban la vacuna, especialmente en las zonas rurales de difícil acceso, es fundamental para detener la transmisión y proteger a las generaciones futuras.
Afganistán es uno de los dos únicos países del mundo donde la polio sigue siendo endémica
Acurrucado en los brazos de su abuelo, Jamal parpadea, sobresaltado por el repentino sabor, luego retuerce su regordeta cara y rompe a llorar. La siguiente vacuna que recibe Jamal es contra el sarampión. «Es otra enfermedad muy contagiosa causada por un virus que provoca complicaciones graves y la muerte. El sarampión es una de las enfermedades más contagiosas del mundo», dice Sayed mientras coge una jeringuilla nueva.
El sarampión comienza en los pulmones y se propaga rápidamente, causando fiebre alta, tos, secreción nasal y erupción cutánea. Aunque puede ser mortal para cualquier menor o adulto, es aún más peligroso para los que están desnutridos. En Afganistán, donde más de 3 millones de niños y niñas sufren desnutrición aguda, los riesgos son mucho mayores.
«El sarampión y la poliomielitis figuran entre las enfermedades con mayores tasas de brotes en Afganistán. La vacunación desempeña un papel fundamental en la prevención de estos brotes, ya que refuerza la inmunidad de rebaño y reduce las tasas de transmisión», explica el Dr. Ahmad Shakib, responsable del Sector de Salud y Nutrición de World Vision.
Dr. Ahmad Shakib: «El sarampión y la poliomielitis figuran entre las enfermedades con mayores tasas de brotes en Afganistán. La vacunación desempeña un papel fundamental en la prevención de estos brotes»
Sin acceso a los servicios de vacunación, especialmente en zonas remotas, las comunidades se enfrentan a mayores riesgos de brotes de enfermedades, aumento de las tasas de mortalidad infantil y problemas de salud a largo plazo. «Los grupos vulnerables, como la infancia y las mujeres embarazadas, se ven especialmente afectados, lo que provoca muertes evitables y ejerce una gran presión sobre unos sistemas sanitarios ya de por sí sobrecargados», afirma el Dr. Shakib.
Aunque se han logrado avances sustanciales, las tasas de vacunación siguen siendo bajas. Sólo el 36,6% de los niños y niñas de entre 12 y 23 meses reciben las vacunas básicas en Afganistán, y sólo el 16,2% de entre 24 y 35 meses están completamente vacunados. Esto se debe en gran medida al limitado acceso a la atención sanitaria en las zonas rurales y remotas, donde las familias a menudo se enfrentan a largas distancias hasta la clínica más cercana.
Esta falta de acceso, unida a la falta de concienciación sobre el papel de las vacunas, tiene graves consecuencias. Mientras que las enfermedades no transmisibles, enfermedades que no se transmiten de persona a persona, como las cardiopatías o el cáncer, son responsables de más de la mitad de las muertes en Afganistán, el 52%, el 48% restante está relacionado con enfermedades infecciosas, muchas de las cuales podrían prevenirse mediante la vacunación.
Sólo el 36,6% de los niños y niñas de entre 12 y 23 meses reciben las vacunas básicas en Afganistán, y sólo el 16,2% de entre 24 y 35 meses están completamente vacunados
«Aquí los brotes eran frecuentes, sobre todo de malaria y sarampión. Cada día vienen unas 15 personas a vacunarse», explica Sayed, mientras instruye cuidadosamente a Mohammad, el abuelo del pequeño Jamal, sobre la siguiente ronda de vacunas y los plazos. «Si esta clínica no existiera, veríamos muchas más enfermedades y muchas más vidas perdidas», dice Sayed, llamando a continuación a la familia de Abdul. «Hoy le pondré las primeras vacunas contra la poliomielitis y el rotavirus», explica Sayed, mientras explica a Abdul la finalidad de cada vacuna para su hija.
Abdul desenvuelve suavemente a la pequeña Marzia de su gruesa manta, exponiendo su pequeña pierna para la vacuna. Este padre de cinco hijos se gana la vida a duras penas construyendo casas de barro y arcilla en un pueblo cercano: diez horas de trabajo al día por sólo 300 afganis, unos cuatro dólares. Pero el mayor desafío es que el trabajo es estacional. «Algunas semanas, algunos meses, no hay nada de trabajo», dice.
Cuando gana algo, sólo compra lo esencial, lo justo para sobrevivir. Ha habido muchos días en los que no ha tenido nada que dar de comer a sus hijos. Las comidas suelen ser simples, sin nutrientes vitales. «Comemos patatas y cualquier verdura que podamos recoger de las montañas», añade.
«Sólo cocinamos una vez al día», dice Parwana en voz baja, con la cara cubierta por un gran hiyab burdeos. Puede tardar entre dos y tres horas en preparar una sola comida
Abdul, su esposa Parwana y sus cinco hijos viven en una tienda improvisada de tela y plástico, instalada en un terreno baldío a casi tres horas de la clínica. Ofrece poca protección contra el frío, el calor o la lluvia, pero es todo lo que pueden permitirse. «Sólo cocinamos una vez al día», dice Parwana en voz baja, con la cara cubierta por un gran hiyab burdeos.
Puede tardar entre dos y tres horas en preparar una sola comida. «Primero salgo a recoger ramitas o hierba seca para el fuego. A veces tardo una hora en encontrar suficientes». Hierve agua y cocina los alimentos que la familia ha conseguido reunir. Recogen agua del río y la transportan en recipientes de plástico. En la tierra seca de los alrededores, intentan cultivar maíz y cebollas.
Para ayudar a mantener a la familia, Parwana teje bufandas a mano, un laborioso proceso que tarda un mes en completar. «Si vendo una bufanda, gano 500 afganis (5 dólares)». Acunando a la pequeña Marzia, que aún solloza tras recibir las vacunas, Parwana cambia su peso de un pie a otro. Y añade, con voz apenas susurrante: «Mi sueño es sencillo. Quiero que tengamos un hogar propio y la oportunidad de dar a mis hijos una educación. Pero sobre todo, quiero que estén sanos». Hace una breve pausa, antes de añadir: «He visto lo que pueden hacer los brotes. Estos servicios sanitarios han salvado la vida de mis hijos».
Si no mantenemos y financiamos los programas de salud e inmunización, pondremos en peligro los avances logrados durante décadas
Cuando se interrumpen los programas de vacunación, las enfermedades prevenibles se propagan rápidamente, causando tasas de mortalidad más elevadas, especialmente en regiones ya agobiadas por la pobreza y por un sistema sanitario infradotado. En Afganistán, los niños y las niñas son los más afectados. Si no mantenemos y financiamos los programas de salud e inmunización, pondremos en peligro los avances logrados durante décadas, dejando a los más vulnerables expuestos a un mayor riesgo de muerte.
Sólo en 2024, más de 870.000 personas, incluidos más de 516.000 niños y niñas, accedieron al apoyo sanitario y nutricional de World Vision.
*Nombre modificado para proteger la identidad del sujeto.









