El ayuno intermitente, más que un aliado para la obesidad: mejora la memoria, la atención y el control inhibitorio

El estudio del Ibima revela cómo el ayuno intermitente reconfigura la microbiota intestinal y activa una señalización neuroinmunológica que protege el cerebro

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Paula Baena
Además de método para perder peso, el ayuno intermitente puede convertirse en una herramienta terapéutica para preservar la salud cerebral. Así lo demuestra un nuevo estudio del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga (Ibima Plataforma Bionand), que asocia esta pauta alimentaria con mejoras significativas en la memoria, la atención y el control inhibitorio en adultos con obesidad. Los hallazgos, publicados en la revista Gut, abren la puerta a estrategias de nutrición de precisión para el cerebro.

La obesidad es uno de los principales retos sanitarios del siglo XXI. Más allá de sus bien conocidos vínculos con enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 o síndrome metabólico, diversos estudios han identificado una asociación consistente entre el exceso de grasa corporal, la inflamación sistémica y un deterioro cognitivo prematuro. Con este contexto, el equipo de investigación liderado por el Dr. Francisco J. Tinahones, la Dra. Isabel Moreno‑Indias y la Dra. Virginia Mela ha demostrado que el ayuno intermitente en días alternos (alternate-day fasting o ADF) no solo contribuye a reducir peso, sino que influye directamente sobre el estado funcional del sistema nervioso central.

El ayuno intermitente en días alternos influye directamente sobre el estado funcional del sistema nervioso central

El ensayo clínico se llevó a cabo con 96 adultos con obesidad (IMC entre 30 y 40 kg/m²), quienes fueron asignados aleatoriamente a tres intervenciones dietéticas distintas durante doce semanas: una dieta mediterránea equilibrada, una dieta cetogénica (alta en grasas y muy baja en carbohidratos) y un protocolo de ayuno intermitente en días alternos. Esta última estrategia consistía en alternar días de alimentación habitual sin restricción calórica con jornadas de ingesta severamente reducida, inferior al 25 % de la energía habitual.

Antes y después del periodo de intervención, los participantes realizaron pruebas neuropsicológicas para evaluar diferentes dominios cognitivos: atención, velocidad de procesamiento, memoria de trabajo y control inhibitorio. Además, se analizaron marcadores de inflamación en sangre, se secuenció la microbiota intestinal y se desarrollaron estudios funcionales con células microgliales derivadas de sangre periférica. Asimismo, se realizaron trasplantes fecales en modelos animales para verificar los efectos causales de la microbiota sobre el sistema nervioso central.

Los tres grupos lograron una pérdida de peso similar, pero el grupo sometido al ayuno en días alternos mostró mejoras significativas en las pruebas cognitivas

Aunque los tres grupos lograron una pérdida de peso similar(una media del 7% respecto al peso corporal inicial), solo el grupo sometido al ayuno en días alternos mostró mejoras significativas en las pruebas cognitivas. Esta mejora se acompañó de una mayor reducción de marcadores inflamatorios como MCP-1 y ferritina, así como de una remodelación de la microbiota intestinal, con una disminución de géneros bacterianos asociados a inflamación crónica y un aumento de productores de butirato, un ácido graso de cadena corta conocido por sus efectos neuroprotectores.

El trabajo fue aún más allá: los investigadores comprobaron que la transferencia de microbiota de los participantes post-ADF a ratones inducía en los animales una activación microglial más eficiente, menos proinflamatoria, y una mayor capacidad de eliminación de residuos neuronales. Curiosamente, estos efectos no pudieron replicarse con la simple administración de cuerpos cetónicos, lo que apunta al papel determinante de la microbiota intestinal como mediadora de los beneficios cerebrales del ayuno intermitente.

“Estos hallazgos rompen con la visión tradicional de que solo importan las calorías. La misma pérdida de peso puede tener repercusión sobre la salud diferente en función de la estrategia utilizada para conseguirlo”, explica el Dr. Francisco J. Tinahones. Para la Dra. Virginia Mela, la clave está en el impacto que este patrón de alimentación tiene sobre el eje intestino-cerebro: “El patrón de ingesta basado en el ayuno intermitente, al remodelar nuestra comunidad microbiana, produce señales químicas que viajan por el eje intestino‑cerebro y regulan directamente la función de las células inmunitarias en el cerebro”. Además, la Dra. Isabel Moreno‑Indias añade que el ADF «es una estrategia asequible y culturalmente adaptable: no exige suplementos ni alimentos exóticos, solo alternar jornadas de ingesta normal con días con ayuno o ingestas muy reducidas”.

Una nueva diana terapéutica

El estudio Microbiota fasting-related changes ameliorate cognitive decline in obesity and boost ex vivo microglial function through the gut-brain axis no solo describe por primera vez cómo un patrón de ayuno puede mejorar la cognición a través de mecanismos microbianos e inmunitarios, sino que abre nuevas vías hacia una nutrición de precisión para la prevención del deterioro cognitivo. Según explican los autores, ya están en marcha nuevas investigaciones para evaluar el impacto del ayuno intermitente en personas con prediabetes, síndrome metabólico o edad avanzada.

Más allá del ámbito clínico, estos resultados sugieren que el ayuno intermitente podría convertirse en una herramienta accesible para quien desee mejorar su rendimiento cognitivo, siempre bajo supervisión profesional. Su sencillez, adaptabilidad y bajo coste refuerzan la idea de que la alimentación, no solo en cuanto a qué comemos, sino también cuándo, puede convertirse en un modulador directo de nuestra salud cerebral.

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