Paula Baena Carmona
A pesar de que la violencia contra las personas mayores afecta a millones de personas en todo el mundo, sigue siendo una forma de maltrato frecuentemente invisibilizada, incluso en los entornos sanitarios. En este contexto, la atención primaria tiene un papel clave no solo en la detección precoz, sino también en la intervención y prevención del abuso.
El Dr. Miguel Ángel Acosta Benito, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria en la Unidad de Formación Continuada de la Gerencia Asistencial de Atención Primaria de Madrid, analiza la magnitud del maltrato hacia las personas mayores en España, sus múltiples formas, el rol de los profesionales de atención primaria ante esta “epidemia silenciosa” y las barreras estructurales que dificultan su abordaje en consulta.
Además, a través de una mirada clínica, el Dr. Acosta, miembro del Grupo de Trabajo de Atención al Mayor y Programa de Actividades Preventivas y de Promoción de la Salud (PAPPS) de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (Semfyc) ofrece en un documento que firma como parte del AP Day 2025 claves prácticas para la entrevista con el paciente, las señales de alerta más frecuentes, y el valor preventivo de la educación sanitaria, sin perder de vista el contexto asistencial actual, marcado por la sobrecarga y los recursos limitados.
En este documento del APDay califica la violencia contra las personas mayores como “epidemia silenciosa. ¿Cuál es la magnitud del problema en España y cuáles diría que son las causas subyacentes?
En España, la violencia contra las personas mayores es un problema grave pero invisibilizado, con múltiples formas de maltrato que van desde el abuso físico y psicológico hasta el económico y el institucional.
“En residencias, dos de cada tres trabajadores admitieron haber cometido comportamientos abusivos en el último año”
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente 1 de cada 6 personas mayores de 60 años ha sufrido algún tipo de abuso en entornos comunitarios. En instituciones como residencias, dos de cada tres trabajadores admitieron haber cometido comportamientos abusivos en el último año. Sin embargo, solo el 4% de los casos se denuncian, lo que indica una fuerte infravaloración del problema. El perfil más frecuente de víctima es una mujer mayor de 75 años, viuda, con dependencia funcional y enfermedades crónicas.
Las principales causas subyacentes incluyen el edadismo (prejuicios y estereotipos negativos hacia la vejez que fomentan la discriminación y el trato infantilizado), el aislamiento social, la sobrecarga del cuidador, la falta de políticas públicas coordinadas y la normalización del abuso.
Una serie de actuaciones a cuidar parecen ser la de que el médico de atención primaria entreviste directamente a la víctima, sin presencia de su cuidador. ¿Cómo proceder para no parecer que se acusa de manera anticipada a la persona que cuida al mayor? ¿Y si esta, o la víctima, se niegan a que salga de la consulta, cómo actuar?
Este es un tema delicado. La entrevista clínica sin el cuidador presente es una herramienta clave para detectar posibles situaciones de maltrato, pero debe manejarse con tacto para no generar rechazo ni parecer una acusación. En primer lugar, podemos normalizar la práctica, diciendo algo como: “Siempre que puedo, hablo un momento a solas con cada paciente, es parte de nuestra rutina para conocer mejor cómo se siente”.
“Si la sospecha de maltrato es muy alta, podemos derivar a trabajo social o activar una denuncia”
Esto evita señalar al cuidador como sospechoso. Otra estrategia es enmarcarlo dentro de un protocolo, o aducir razones médicas o técnicas como la necesidad de entrevistar a solas para pasar alguna escala concreta. Si el cuidador o el paciente se niegan, debemos respetar la negativa inicial, dejando la puerta abierta para otra ocasión. Es importante buscar otro momento, y observar las señales no verbales. Si la sospecha de maltrato es muy alta, podemos derivar a trabajo social o activar una denuncia.
El objetivo no es interrogar, sino crear un espacio seguro donde la persona mayor pueda expresarse libremente. La actitud del profesional debe ser tranquila, empática y no invasiva, evitando juicios o suposiciones.
La presión asistencial que vive la atención primaria y los reducidos tiempos de atención en consulta, ¿de qué forma podrían estar contribuyendo a que no dé tiempo a detectar las señales de violencia en mayores, a pesar de ser los principales usuarios de los centros de salud? ¿En qué aspectos cree que influiría más a la hora de seguir un protocolo adecuado?
La presión asistencial en atención primaria, con consultas que superan los 40 pacientes diarios en algunos centros, tiene un impacto directo en la capacidad de detectar señales de violencia en personas mayores, que suelen ser pacientes frecuentes, pero también más vulnerables.
En muchos casos, el profesional dispone de menos de 10 minutos por paciente, lo que dificulta explorar aspectos emocionales, sociales o de entorno. Ante la falta de tiempo, se tiende a centrarse en lo urgente o evidente, dejando de lado señales sutiles de maltrato como retraimiento, ansiedad o incoherencias en el relato.
“Ante la falta de tiempo, se tiende a centrarse en lo urgente o evidente, dejando de lado señales sutiles de maltrato como retraimiento, ansiedad o incoherencias en el relato”
La rotación de profesionales y la falta de estabilidad laboral impiden construir relaciones de confianza que faciliten la revelación de situaciones de abuso. Las esperas para conseguir cita pueden superar los 8 días, lo que retrasa la intervención en casos donde el tiempo es crítico.
¿Qué señales lanza un paciente mayor que sufre de maltrato psicológico? ¿Por qué cree que la pandemia disparó el aumento de casos de violencia contra este colectivo?
El maltrato psicológico en personas mayores es una forma de violencia silenciosa pero devastadora, que puede pasar desapercibida si no se conocen sus señales. Y la pandemia, con su confinamiento y aislamiento, fue el caldo de cultivo perfecto para que este tipo de abuso se intensificara.
Las señales de maltrato psicológico pueden ser sutiles. Incluyen cambios emocionales bruscos y persistentes, aislamiento social, baja autoestima o autoimagen negativa (ojo con frases como “ya no sirvo para nada”), dependencia excesiva de familiares o cuidadores para tomar decisiones, buscando su aprobación para todo, pérdida de interés por actividades que le gustan o negación o justificación del abuso, minimizándolo.
La Covid-19 no solo fue una crisis sanitaria, sino también una crisis social y emocional que afectó especialmente a los mayores. El confinamiento redujo drásticamente las redes de apoyo y se generó mucha sobrecarga en los cuidadores. Discursos que presentaban a los mayores como “prescindibles” o “culpables de colapsar el sistema” reforzaron la discriminación, y no se les tomó en cuenta a la hora de tomar decisiones.
“El maltrato emocional es, lamentablemente, la forma más común de abuso hacia las personas mayores”
Casi la mitad de los casos de maltrato son de tipo emocional. ¿A qué achaca que los maltratadores opten principalmente por este tipo de vejaciones?
El maltrato emocional es, lamentablemente, la forma más común de abuso hacia las personas mayores, y eso no es casual. Quienes lo ejercen suelen optar por este tipo de vejaciones porque es más difícil de detectar, más fácil de justificar y menos perseguido legalmente que otras formas de violencia.
Es invisible, no deja marcas físicas, lo que permite al agresor mantener una fachada de cuidado o afecto. A través de humillaciones, amenazas o manipulación, el maltratador puede ejercer poder sin recurrir a la violencia física. Se produce una normalización social con comentarios como “es por su bien” o “ya no razona”, que justifican actitudes paternalistas o degradantes. Existe un edadismo estructural en esta sociedad que valora la juventud. Muchos mayores son tratados como “menos válidos”, lo que facilita el desprecio o la infantilización. Por otro lado, el agresor puede ser un familiar o cuidador del que la persona mayor depende, lo que reduce su capacidad de denuncia.
¿Con qué herramientas cuenta el médico de atención primaria para diagnosticar que un mayor está siendo maltratado? ¿Qué papel tiene la educación sanitaria a la hora de prevenir que una víctima sufra maltrato continuado y que se dé cuenta de la situación que vive?
El médico de atención primaria dispone de herramientas clínicas, psicométricas y comunicativas para detectar el maltrato en personas mayores, aunque su eficacia depende del tiempo disponible, la formación y la sensibilidad del profesional. Se pueden emplear algunas escalas como la EASI (Elder Abuse Suspicion Index), que es un cuestionario breve de 6 ítems (5 para el paciente, 1 para el médico) que ayuda a detectar sospechas de abuso.
“La educación sanitaria es una estrategia preventiva esencial para empoderar a las personas mayores y reducir el riesgo de maltrato continuado”
El test de Zarit mide la sobrecarga del cuidador. Y la entrevista clínica individual suele ser clave para observar el lenguaje verbal y no verbal, así como las reacciones y relaciones entre el paciente y sus acompañantes.
La educación sanitaria es una estrategia preventiva esencial para empoderar a las personas mayores y reducir el riesgo de maltrato continuado. Ayuda a que la víctima reconozca que lo que vive no es “normal” ni aceptable, enseña a tomar decisiones, expresar necesidades y establecer límites y reduce la dependencia emocional. Por otro lado, facilita la denuncia al informar sobre recursos disponibles y cómo acceder a ellos. No menos despreciable es la función de sensibilización social que tiene.
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