Fátima del Reino Iniesta
El Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo) ha cifrado en 2.635 las muertes atribuibles al calor entre el 15 de mayo y el 30 de septiembre de 2025, lo que supone un 40% más que en el mismo periodo de 2024. La ola de calor más prolongada, del 3 al 18 de agosto, concentró 1.149 fallecimientos en solo 16 días, prácticamente la mitad de todo el verano.
El 17 de agosto fue la jornada más letal, con 125 muertes, seguido del 16, con 113. El perfil de las víctimas es claro: la inmensa mayoría eran personas de más de 65 años (2.529 fallecidos), con especial incidencia en los mayores de 75 (2.347). Dentro de este grupo, 1.747 tenían más de 85 años. El calor golpea, sobre todo, a quienes ya se encuentran en una situación de fragilidad.
La ola de calor de agosto provocó 1.149 muertes en apenas 16 días, con un pico de 125 fallecidos en una jornada
Una vulnerabilidad marcada por la edad y el lugar de residencia
Los datos de MoMo revelan que más de 9 de cada 10 muertes por calor en 2025 correspondieron a mayores de 75 años. La Dra. Chenhui Chen, geriatra en el Hospital Universitario de Navarra y secretaria en el Grupo de Jóvenes de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), resume que las personas mayores tienen mayor riesgo de sufrir enfermedades relacionadas con las altas temperaturas, e incluso la muerte. «Con la edad disminuye la capacidad para regular la temperatura corporal: sudan menos, sienten menos sed y su sistema cardiovascular responde peor. Además, las enfermedades crónicas y la polifarmacia aumentan las posibilidades de complicaciones».
El riesgo, añade, «es mayor para una persona con 85 años que para otra de 75, aunque también depende de las enfermedades y de los tratamientos que esté tomando».
La inmensa mayoría de las víctimas eran personas mayores: 2.347 de más de 75 años, de los que 1.747 tenían 85 o más
La protección frente al calor también depende del lugar de residencia. Según la Dra. Chen en residencias «suele haber mayor vigilancia clínica y climatización, lo que permite detectar precozmente signos de deshidratación». Sin embargo, afirma que las personas institucionalizadas suelen tener más enfermedades y polifarmacia.
En domicilios, en cambio, influyen factores como la ventilación inadecuada, limitaciones económicas. «El aislamiento social de muchos mayores o la falta de información sobre los síntomas atípicos del golpe de calor favorece que los problemas se consulten tarde», destaca la geriatra.
El calor no solo impacta en la fisiología, también en la soledad, los fármacos y el entorno socioeconómico
Desde fuentes del Ministerio de Sanidad reconocen que el aumento de mortalidad en 2025 se debe también a un verano excepcionalmente cálido: junio fue el más caluroso registrado y los primeros días de agosto también lo fueron. Aun así, destacan que el factor socioeconómico es, junto con la edad, el principal determinante de vulnerabilidad. «Los hogares de menor renta tienen menos capacidad de adaptarse al calor: solo entre el 40 y el 55% disponen de aire acondicionado, frente al 75–85% de los hogares más ricos». En barrios con menos zonas verdes y viviendas mal aisladas, el riesgo de complicaciones se multiplica.
Síntomas difusos y presión asistencial

El problema, advierte, es que los síntomas son muy inespecíficos: calambres, debilidad, confusión, deshidratación leve. «Pueden confundirse con otras causas y eso retrasa la intervención. Además, durante los picos de calor se combina un aumento de demanda asistencial con recursos saturados, lo que dificulta la prevención y el seguimiento», resume el coordinador.
La soledad no deseada se convierte en un agravante silencioso. «Podríamos considerarla un factor de riesgo cardiovascular más, al nivel de la hipertensión o la diabetes. Durante las olas de calor, los mayores aislados pueden no hidratarse ni buscar espacios frescos, y nadie detecta los síntomas incipientes», afirma Kramer.
Fármacos: un riesgo poco visible

«El calor no solo afecta a las personas, también cambia cómo actúan sus medicamentos»
«El calor no solo afecta a las personas, también cambia cómo actúan sus medicamentos. Por eso es esencial que cada paciente tenga un plan individualizado y que nunca se suspenda un tratamiento sin indicación médica», añade.
Preparar el sistema sanitario en un país que envejece
Los expertos coinciden en que la adaptación pasa por educar a la población y a las familias, reforzar infraestructuras en hospitales y residencias y diseñar protocolos para identificar a los más vulnerables. Sanidad insiste en que las alertas de riesgo por calor deben llegar también a los mayores con escaso acceso a tecnología, un reto pendiente en un país que envejece.
Para la Dra. Chen, la estrategia debe ser múltiple. «Es fundamental educar a pacientes y familias sobre riesgos y precauciones, garantizar infraestructuras adaptadas en hospitales, residencias y espacios comunitarios, y reforzar la formación de profesionales con protocolos que permitan detectar precozmente a las personas de alto riesgo», concluye.











