La deuda pública está lastrando al sistema sanitario

La senda del Gobierno actual no es el de una sanidad para todos, una sanidad universal, sino una sanidad para quien pueda pagarla

Rafael Belmonte Gómez, diputado a Cortes Generales por Sevilla del Grupo Parlamentario Popular y secretario Segundo de la Comisión de Sanidad del Congreso.
La deuda pública española supera el 100% del PIB, pero según el economista Daniel Lacalle, ese no es el verdadero problema. Lo preocupante es la deuda comprometida que aún no está financiada. Es decir, el Estado ha prometido gastar dinero que ni siquiera ha pedido prestado todavía.

El problema no solo es la deuda pública, es la deuda comprometida que todavía sin financiar

Esta deuda pública invisible es más peligrosa que la visible, es la parte sumergida del iceberg que hunde el barco fiscal nacional. El modelo económico español se basa en un crecimiento artificial, sostenido por gasto público financiado con deuda. Y mientras tanto, más de 4,1 millones de personas siguen desempleadas. El empobrecimiento no es una amenaza futura porque ya está aquí. Los salarios pierden valor real, los ahorros se evaporan y el Estado sigue gastando como si no hubiera mañana.

Pero uno de los golpes más duros lo recibe la sanidad pública. El sistema necesita entre 30.000 y 50.000 millones de euros adicionales para seguir siendo sostenible. Si no se aumentan los ingresos fiscales o se recortan otros gastos, el Estado tendrá que tomar decisiones incómodas. Nadie quiere pensar en copagos más altos, privatización parcial o servicios de primera solo para quien pueda pagarlos… Sin embargo, el camino del Gobierno es que la sanidad universal se convierta en un lujo al alcance de unos pocos. La deuda pública española puede acabar ahogando al sistema sanitario.

El sistema necesita entre 30.000 y 50.000 millones de euros adicionales para no tener que tomar decisiones incómodas

La paradoja es que hay margen para mejorar sin gastar más. Estudios de Esade y la revista Ocronos proponen soluciones sensatas: digitalización, centralización de compras, colaboración público-privada (bien regulada, por favor). También se habla de una reforma fiscal real, no de seguir exprimiendo a las clases medias. Y por si fuera poco, el envejecimiento de la población complica aún más el panorama. Más enfermedades crónicas, más cuidados de larga duración, más presión sobre un sistema que ya está al límite. Todo esto mientras el margen fiscal se reduce por culpa de la deuda pública acumulada.

¿La buena noticia? España podría mantener los mismos resultados sanitarios usando solo el 96% de sus recursos actuales. También puede mejorar la calidad un 16% sin aumentar el gasto. Pero eso exige voluntad política, gestión eficiente y dejar de mirar hacia otro lado. Si seguimos en esta senda, el futuro no será una sanidad para todos, sino una sanidad para algunos. Y eso, aunque suene a sarcasmo, no tiene ninguna gracia.

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