Un «quejío» de la Neurociencia española

Antonio G. García, médico y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Teófilo Hernando

Alzheimer

Antonio G. García, médico y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Teófilo Hernando
Cuando escribo sobre un tema que me gusta lo hago con una de mis plumas estilográficas que también me gusta, en el caso que me ocupa, una Montblanc color azul oscuro con unas vetas y un plumín plateados. Las plumas no se compran; se regalan. En el caso de mi Montblanc, el regalo vino de la Fundación Teófilo Hernando, una Fundación que tiene una curiosa e intrigante afición por todo lo que atañe al medicamento, esa prodigiosa herramienta de la que se vale el médico para tratar la enfermedad.

El medicamento, sin embargo, no cura la inmensa mayoría de las enfermedades neuropsiquiátricas, caso de la depresión mayor, el alzhéimer, la esquizofrenia, el espectro autista, las epilepsias, la enfermedad bipolar, la esclerosis lateral amiotrófica, la esclerosis múltiple, el síndrome postraumático, la enfermedad de Parkinson, los trastornos de la ingesta, el dolor intratable, el trastorno obsesivo compulsivo, la adicción a los psicofármacos, el insomnio o el cansancio de vivir. Aunque sí que mitiga las cascadas patogénicas y la sintomatología de muchas de ellas, haciendo la vida del paciente más soportable. Así pues, en todas estas enfermedades cerebrales nos encontramos a la espera de que llegue el mejor medicamento. Pero antes hace falta que la neurociencia esclarezca muchos ángulos oscuros de sus vías patogénicas y defina las dianas de ese medicamento.

La Sociedad Española de Neurociencia acaba de lanzar un manifiesto pidiendo más apoyo para la investigación del cerebro

Las enfermedades cerebrales generan gastos que actualmente rebasan el de las dos áreas sanitarias clásicamente dominantes, el cáncer y las dolencias cardiovasculares. De entre todas ellas, solo una enfermedad constituye el reto sanitario y socio-económico más grande del siglo XXI, el alzhéimer, con su casi millón de pacientes en España, sus 7-8 millones en Europa, otros tantos en los Estados Unidos y unos 60-70 millones en el mundo. Y creciendo; porque las poblaciones no dejamos de envejecer y los pacientes pueden vivir muchos años, eso sí, en condiciones progresivamente dependientes. Si la longevidad de las poblaciones se extendiera hasta los 100 años, los gobiernos y las sociedades no sabrían que hacer con las personas mayores.

Uno de los presupuestos más abultados que invierten los Estados Unidos para la investigación neurocientífica es, precisamente, el alzhéimer. Y a eso hay que añadir los cuantiosos recursos que aquel gran país dedica a estas investigaciones con fondos de procedencia privada. Uno se pregunta con timidez sobre los recursos que podría dedicar España, o incluso los 27 países de la Unión Europea, si hicieran una inversión conjunta para la investigación del alzhéimer, en comparación con los Estados Unidos. Es seguro que la lectura de las cifras nos depararía una sorpresa, ya que las estadounidenses rebasarían significativamente la suma de todas las aportaciones de los 27 países de la Unión Europea.

La necesidad de más investigación es patente, dado que la atención sanitaria de los pacientes que sufren las enfermedades neuropsiquiátricas suponen gastos astronómicos que ya rebasan los del cáncer o las enfermedades cardiovasculares

Pero ahondando en la cuestión, nos gustaría preguntarnos si el reto de resolver el alzhéimer y las otras muchas enfermedades neuropsiquiátricas arriba aludidas no incluiría algo más que dinero. Quizás esa frase de «muchos pueden más que uno» sea acertada. Por eso, en los países avanzados se han creado numerosos institutos de Neurociencia; que también ha sido el caso de España con el clásico que creara Santiago Ramón y Cajal o como el de Salamanca, Barcelona y, por supuesto, el Instituto de Neurociencia de San Juan, un centro mixto de la Universidad Miguel Hernández y el Consejo Superior de Investigaciones científicas (CSIC). Y es seguro que hay varios más, pues siguiendo la tradición cajaliana, esta área de investigación está bien representada en nuestro país.

Con esta abundancia de centros de neurociencia cabe preguntarse si existe un objetivo concreto en torno a un problema, como el alzhéimer del que venimos hablando. Y si un gobierno, en este caso el español, estaría dispuesto a apoyar a los neurocientíficos españoles. Me refiero al apoyo verdadero y contundente para intentar resolver un problema médico determinado, estilo Estados Unidos. Pero el dinero que hay es escaso, la contratación de personal compleja, los jóvenes científicos se marchan al extranjero a hacer sus posdoctorados y muchos ya no vuelven, pues lograr la estabilidad exige el recorrido por un camino tortuoso, la investigación exige esfuerzo, no pueden con la brega del laboratorio y acaban tirando la toalla.

Una de las enfermedades que supone el reto científico y sanitario más importante del siglo XXI es el alzhéimer

Recuerdo que en el pasado he firmado algún manifiesto por la ciencia en España. Uno de estos manifiestos se firmó en San Lorenzo de El Escorial a propósito de un curso de verano, en los tardíos años de 1990. Yo mismo he escrito algunos artículos críticos que he publicado en revistas médicas en el pasado, cuyo contenido giraba en torno al eterno problema de la histórica falta de atención económica y social que la ciencia española ha recibido y recibe de la clase política y la sociedad. El resultado de estos reiterados «quejíos», utilizando un término del flamenco, es que hoy, como ayer, la ciencia española sigue postrada en la irrelevancia, desde que hace 100 años Cajal se lamentara insistentemente con otro «quejío». Y ahora estoy viviendo un tercer «quejío» en forma de un nuevo manifiesto de los neurocientíficos españoles.

Hace unas semanas, el profesor Carlos José Matute Almau, presidente de la Sociedad Española de Neurociencia, pidió a los ex presidentes de la Sociedad que colaboráramos en la redacción de un «Manifiesto por la investigación del cerebro», para que pudiéramos alcanzar aquel desiderátum escrito en grandes letras en el vestíbulo del madrileño Hospital Ramón y Cajal y que el profesor Cajal escribiera: «Si se lo propone, el hombre puede conocer su propio cerebro».

Antaño, Cajal pedía más apoyo para la neurociencia, mientras que Unamuno escribió aquella frase lapidaria: «que inventen ellos». En los últimos 100 años, gobiernos y sociedad han apostado por la frase de don Miguel, dejando a un lado la de don Santiago

No sé yo si disponemos ya de las bases científicas y tecnológicas para emprender tan fantástica obra. ¿Podemos con esos equipos ultrarresolutivos conocer nuestro propio cerebro? ¿Son esos supercomputadores, que generan textos e imágenes, unos remedos del cerebro humano? No sé; a ver qué opinan el día de mañana los jóvenes neurocientíficos de hoy, cuando cumplan 80 años, como en mi caso. Yo todavía, tras casi 60 años de brega en el laboratorio, no he podido ver a la larga treintena de mis neurotransmisores cerebrales charlando y generando señales electroquímicas. Tampoco imagino a cerebros muy particulares (San Juan de la Cruz, Albert Einstein, Francis Crick, Ramón y Cajal, sir Henry Dale) ejerciendo de pensadores o al de Fray Luis de León componiendo su oda a la vida retirada: «¡Que descansada vida, / la del que huye del mundanal ruido, / y sigue la escondida senda / por la que han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!». Sí que imagino algunos eventos más simples, como el de los átomos de una pequeña molécula de morfina interaccionando con ciertos átomos de un número limitado de aminoácidos del receptor opioide mu, abortando así en el cerebro la percepción de la desagradable señal dolorosa de un cáncer de próstata con metástasis óseas.

Mi escepticismo no tiene por qué contagiar al presidente Carlos Matute y a los expresidentes de la Sociedad Española de Neurociencia, que han apoyado (y yo también, por qué no) el Manifiesto por la investigación del cerebro. Ojalá que llegue a sus destinatarios políticos y que estos tengan la voluntad y la valentía de desviar parte de ciertas partidas presupuestarías (¿las militares, sanidad, educación…?) hacia la investigación del cerebro. Sin embargo, me gustaría que mis compañeros neurocientíficos no se hicieran muchas ilusiones y recuerden que el español y gran pensador don Miguel de Unamuno dijo aquello de «que inventen ellos», consejo que han seguido fielmente nuestros gobiernos desde los tiempos de Cajal.

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