Pablo Malo Segura
El accidente ferroviario ocurrido el pasado domingo en Adamuz (Córdoba) se ha llevado por delante hasta ahora la vida de 42 personas y ha dejado numerosos heridos. Actualmente, 37 personas, 33 adultos y cuatro niños, continúan ingresadas en los hospitales andaluces. El número de pacientes que se encuentran en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) se sitúa en nueve: cuatro en el hospital Reina Sofía de Córdoba, dos en Cruz Roja y tres en el hospital San Juan de Dios. Además de las víctimas humanas y los daños físicos y materiales provocados por esta catástrofe es importante no dejar de lado su impacto emocional en los afectados y sus familiares y la necesidad de seguimiento psicosocial.

El primero de ellos (contacto) consiste en ayudar a la víctima a abrirse a la comunicación, concediéndole el tiempo que necesite para tomar conciencia de la realidad y no transmitirle información importante hasta estar seguros de que está en condiciones de escucharla y comprenderla. El segundo (evaluación) es asegurarse de evaluar los riesgos aún presentes y los posibles daños sufridos por la víctima con la intención de facilitar el triaje de los afectados y la priorización de las intervenciones.
En las primeras horas tras una catástrofe, la intervención psicológica se centra en cinco objetivos: contacto, evaluación, comprensión, adaptación y derivación
En tercer lugar (comprensión), señala que es necesario transmitir a las víctimas la certeza de que los profesionales presentes en el escenario están allí para prestarle ayuda y que comprenden su estado emocional porque la gravedad de las circunstancias así lo ameritan. El cuarto (adaptación) se basa en solicitar a la coordinación de la emergencia información sobre las acciones necesarias y orientar y favorecer las conductas colaborativas de los afectados. Por último, el quinto (derivación) se refiere a facilitar la colaboración y confianza de la víctima en el resto de los profesionales que intervienen en la emergencia: sanitarios, bomberos, fuerzas y cuerpos de seguridad, etc.
Uno de los momentos más duros se vive en las horas o días de incertidumbre sobre el estado de los seres queridos. Miguel Ángel Estévez define este proceso como una economía emocional. «Los seres humanos gestionamos la incertidumbre debatiéndonos entre el miedo y la esperanza. El miedo nos prepara para lo peor y eso nos ayuda porque nos mantiene alerta y nos lleva a tomar conciencia de la gravedad de la situación. Por otro lado, la esperanza nos da razones y fuerzas para seguir en pie».
El riesgo aparece cuando uno de estos polos domina al otro. «Un exceso de miedo bloquea y un extremo de esperanza nos aleja de la realidad. Debemos contribuir a un equilibrio entre la conciencia de gravedad de la situación actual y la expectativa realista de las posibilidades de mejora de esta en el futuro», asegura.
¿Cuándo hay que preocuparse?

En las primeras horas y días, indica que lo fundamental es «evaluar la situación psicológica en la que se encuentra la persona, detectar situaciones de riesgo, y facilitar estrategias psicoadaptativas que le ayuden a manejar de una forma más adecuada la situación dificilísima que están viviendo», resalta.
Fernando Muñoz: «La sintomatología más frecuente es de tipo ansioso-depresiva al inicio y psicotraumática»
Miguel Ángel Estévez subraya que la atención especializada debería darse a todas las personas afectadas desde el primer momento, y que lo importante es diferenciar el tipo de especialización. «En los primeros momentos el objetivo de la intervención es la adaptación de los afectados al contexto de crisis y por eso yo propongo siempre una orientación de trabajo desde la psicología social (donde se engloba la psicología de emergencias y catástrofes) ya que la que está alterada es la situación en su conjunto, no la salud mental de las personas afectadas. Son personas normales en contextos anormales. En situaciones así, las personas no nos volvemos locas, lo que está enloquecido es el contexto de la catástrofe y nosotros tratamos de adaptarnos a ello lo mejor que podemos», señala.
Según Fernando Muñoz Prieto, para decidir cuándo una persona debe pasar de una atención psicológica de emergencia a un seguimiento especializado en salud mental debe «analizarse su situación bio-psico-social, entre otros aspectos la presencia de sintomatología psicológica, el nivel de intensidad, gravedad y de afectación de los síntomas».
La derivación clínica se recomienda cuando, pasados meses, los síntomas no remiten. «Después de un tiempo, se habla de hasta seis meses por ejemplo en el caso de trastorno de estrés postraumático, si se mantienen síntomas como las reviviscencias del hecho traumático, conductas evitativas o estados de alerta, se puede empezar a hablar de afectación en la salud mental», detalla Miguel Ángel Estévez. En este caso, es recomendable orientar la atención a un enfoque puramente clínico y solicitar ayuda.
Miguel Ángel Estévez propone una orientación de trabajo desde la psicología social (donde se engloba la psicología de emergencias y catástrofes) ya que «la que está alterada es la situación en su conjunto, no la salud mental de las personas afectadas»
El después: cuando la atención mediática se va y el dolor permanece
El seguimiento psicosocial a medio y largo plazo tras un suceso de este tipo es fundamental. «En la pandemia nos dimos cuenta de que el índice de suicidios había bajado mucho durante los meses de confinamiento y sin embargo subió después cuando la situación se normalizaba. El primer descenso de fallecimientos por esta causa se compensó con la subida posterior y las tasas anuales no mostraron variaciones con respecto a los años anteriores. Sin embargo, pudimos ver que cuando la crisis social desaparece lo individual cobra mayor fuerza», expone el profesor de Psicología Social del CES Cardenal Cisneros (UCM).
En este sentido, precisa que cuando la mayoría de personas recuperan una cierta normalidad tras una catástrofe es esencial prestar atención y cuidado a quienes más dificultades tienen y «pueden estar sintiendo que se quedan atrás en ese camino a la recuperación».
Miguel Ángel Estévez: «El acompañamiento psicosocial en crisis no debe nunca ser visto como un añadido»
La salud mental, imprescindible en la respuesta a la emergencia
El Ministerio de Sanidad, en coordinación con la Junta de Andalucía, ha reforzado la atención en salud mental tras el accidente. La ministra Mónica García ha asegurado que «la atención psicológica tras una catástrofe no es un complemento, sino una parte esencial de la respuesta sanitaria». El dispositivo incluye la intervención del Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Catástrofes (Gipec) y un programa específico de cuidado de cuidadores, destinado a prevenir el trauma vicario en voluntarios, fuerzas de seguridad y profesionales de emergencia.
Para Miguel Ángel Estévez es clave que exista una coordinación integral. «El acompañamiento psicosocial en crisis no debe nunca ser visto como un añadido a la atención de un sanitario o un bombero, etc. Todos esos elementos son simplemente diferentes partes de un mismo modelo integral de atención». Una idea en la que coincide Fernando Muñoz Prieto, que resalta la necesidad de un abordaje integral del paciente, entre recursos sanitarios y sociales. Así, indica que realizar estrategias de psicología de enlace ayudará a la protección del paciente.
Miguel Ángel Estévez recuerda que estas crisis ponen a prueba la fortaleza de nuestras estructuras sociales, primero, y familiares y personales después. «Es esencial que cuidemos entre todos de la credibilidad y confiabilidad de nuestras instituciones. Hasta el momento, en esta crisis estamos viendo a nuestras instituciones trabajar de forma leal y coordinada. Ojalá se mantenga así porque cuando la polarización política y social afecta a la coordinación interinstitucional la gestión de las emergencias se debilita y eso puede costar vidas y causar mucho dolor innecesario».








