Redacción
Los avances en el diagnóstico y tratamiento del cáncer han permitido que más de la mitad de los pacientes en España superen los cinco años desde el diagnóstico. Pero la recuperación física y emocional no concluye cuando finaliza la terapia. Efectos secundarios como la alopecia, las alteraciones de la piel, las cicatrices o la pérdida de volumen continúan afectando a la autoestima y a la vida social. En este punto, la medicina estética está ganando un espacio cada vez más definido dentro del cuidado global del paciente oncológico.
“La enfermedad y los tratamientos pueden generar cambios visibles que afectan directamente a cómo el paciente se ve y se reconoce”, explica la Dra. Juana Deltell Canales, vocal de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME). “Intervenir de manera prudente sobre estos cambios visibles permite mejorar la percepción de la propia imagen y, con ello, reforzar la autoestima”.
La SEME defiende que cada paciente y cada fase del proceso oncológico requieren un enfoque distinto
La doctora insiste en que la medicina estética no debe entenderse como un mero complemento cosmético, sino como un recurso sanitario que contribuye al bienestar psicológico. “Cuidar la imagen, desde un enfoque médico y realista, también es cuidar la salud emocional”, subraya. Recuperar el aspecto previo o aproximarse a él ayuda a reducir la evitación social, facilita el regreso a las rutinas y mejora la relación con el entorno. Además, añade, la consulta de medicina estética “puede convertirse en un espacio de acompañamiento, escucha y cuidado, siempre sin banalizar la enfermedad ni generar expectativas irreales”.
La SEME defiende que cada paciente y cada fase del proceso oncológico requieren un enfoque distinto. Antes de comenzar las terapias, los especialistas pueden recomendar cuidados dermocosméticos específicos para preparar la piel, asesorar sobre la protección solar o ayudar a elegir pelucas y prótesis capilares. Durante el tratamiento, las intervenciones se limitan a técnicas de bajo riesgo destinadas a mejorar la tolerancia cutánea. Y, una vez finalizadas las terapias, se amplía el abanico de procedimientos, como la fotobiomodulación para la prevención y el tratamiento de la mucositis, el empleo de láseres para tratar cicatrices o alteraciones pigmentarias, el uso de toxina botulínica en indicaciones seleccionadas o la aplicación de rellenos dérmicos para recuperar volúmenes perdidos.
En los últimos años se ha producido un incremento de estudios que analizan la seguridad y la eficacia de técnicas estéticas en supervivientes de cáncer
“La indicación debe individualizarse y priorizar siempre la seguridad”, recalca la Dra. Deltell. El abordaje comienza con una historia clínica oncológica completa que incluye diagnósticos, tratamientos, zonas irradiadas, cirugías previas y estado inmunológico. Cuando se plantean técnicas invasivas, se revisan parámetros analíticos como el hemograma, el recuento plaquetario o la coagulación, y se extreman las precauciones en pacientes con riesgo infeccioso elevado. “La seguridad se basa en seleccionar bien al paciente, el procedimiento y el momento”, resume. También se evita intervenir sobre zonas irradiadas recientemente o con cicatrización comprometida, y se utiliza un consentimiento informado reforzado que detalle expectativas reales y posibles riesgos.
Papel de la medicina estética en el abordaje multidisciplinar
El enfoque multidisciplinar es otro de los pilares. La comunicación entre oncólogos, médicos estéticos y otros especialistas permite decidir cuándo realizar cada intervención, evitar interferencias con el tratamiento y planificar los procedimientos de forma coherente con la evolución clínica del paciente. “La coordinación entre médicos estéticos y oncólogos es un pilar de seguridad y calidad asistencial”, destaca la Dra. Deltell. La creación del Grupo de Expertos en Medicina Estética Oncológica (Gemeon), vinculado a la SEME y con la participación de numerosos oncólogos, refuerza este trabajo conjunto.
En los últimos años se ha producido un incremento de estudios que analizan la seguridad y la eficacia de técnicas estéticas en supervivientes de cáncer o en pacientes cuidadosamente seleccionados. Este crecimiento, junto con el mayor conocimiento de las toxicidades cutáneas asociadas a las diferentes terapias oncológicas, ha permitido estandarizar protocolos dermocosméticos y desarrollar intervenciones cada vez más precisas. “Cada vez existe más evidencia que permite decidir mejor qué hacer, cuándo hacerlo y en quién”, afirma la experta.
De manera paralela, se ha producido “el desarrollo de tecnologías y herramientas diagnósticas y terapéuticas más precisas que permiten, en manos expertas, ofrecer tratamientos progresivos, personalizados y con perfiles de seguridad cada vez mejores”, subraya la Dra. Deltell.









