Fátima del Reino Iniesta
La calidad de vida de los pacientes con cáncer debe adquirir un mayor peso en la evaluación y financiación de los tratamientos oncológicos. Expertos y pacientes han defendido que criterios como la autonomía, el bienestar emocional, la toxicidad o las relaciones sociales complementen a variables tradicionales como la supervivencia.
Esta es una de las principales conclusiones del informe Vivir más y mejor. La incorporación de la calidad de vida en los criterios de evaluación de fármacos y su impacto en los pacientes. El documento ha sido impulsado por AstraZeneca, en colaboración con la Alianza frente a la Metástasis: Innovación y Apoyo (Almia). En su elaboración ha participado un grupo multidisciplinar de expertos en oncología, farmacia hospitalaria, evaluación de tecnologías sanitarias, economía de la salud y representantes de pacientes.
Durante la presentación, Pilar Fernández, presidenta de Almia, ha subrayado que medir únicamente variables como la supervivencia global o la supervivencia libre de progresión ya no resulta suficiente. Especialmente, en los pacientes con enfermedad avanzada que pueden convivir durante años con el cáncer y sus tratamientos. «No podemos hablar a día de hoy de excelencia oncológica si no tenemos en cuenta la perspectiva del paciente, sus necesidades físicas, emocionales y sociales. Hablamos de autonomía del paciente, hablamos de emociones, hablamos de acompañamiento, hablamos de dolor físico y emocional y de integración social», ha explicado Fernández durante la rueda de prensa.
La calidad de vida permite valorar el impacto del tratamiento sobre la autonomía, el bienestar emocional y la vida social del paciente
La presidenta de Almia ha recordado los resultados de una encuesta realizada a 9.344 personas de siete países europeos. Ante una enfermedad grave como el cáncer y un tiempo de vida limitado, solo entre el 2% y el 6% consideraría más importante prolongar la vida. Por el contrario, entre el 57% y el 81%, dependiendo del país, priorizaría mejorar su calidad de vida.
El objetivo, ha señalado Fernández, no consiste únicamente en «dar voz a los pacientes». Esta perspectiva debe trasladarse a las decisiones sanitarias y a la evaluación y financiación de tecnologías sanitarias. «Tenemos que medir el valor, no el volumen«, ha defendido. Esto supone ir más allá del número de cirugías, tratamientos o consultas para analizar cómo estas intervenciones repercuten realmente en la vida de las personas.
En este sentido, ha reclamado incorporar tanto las medidas de experiencia reportada por los pacientes como los resultados comunicados por ellos mismos, conocidos como PREMs y PROMs, respectivamente. Estas evaluaciones pueden recoger factores físicos, pero también salud emocional y mental, autonomía, funcionalidad, relaciones interpersonales y acompañamiento. «El miedo, el temor y las relaciones que tenemos con la sociedad o con la familia también son importantes», ha señalado.
Fernández también ha destacado el impacto de los efectos secundarios de las terapias a la hora de valorar un tratamiento. «A veces el paciente prefiere un fármaco que le ayude a llevar una mejor calidad de vida, de movilidad, de autonomía», ha afirmado. Para garantizar el rigor de estos datos y evitar sesgos, la información aportada por los pacientes debe convivir con la evaluación clínica y seguir principios de independencia, imparcialidad y confidencialidad.
Medir la calidad de vida para poder tomar decisiones
La Dra. Ruth Vera, jefa del Servicio de Oncología Médica del Hospital Universitario de Navarra, ha recordado que el aumento de la supervivencia está generando una población creciente de personas que han superado un cáncer o continúan viviendo con la enfermedad. «Tradicionalmente, cuando hemos incorporado fármacos, tanto a nivel de evaluación, financiación o práctica clínica, siempre nos hemos basado en criterios tradicionales que eran supervivencia», ha explicado.
Sin embargo, «cada vez más se incorpora la medición de lo que llamamos calidad de vida«. Para la Dra. Vera, esto supone conseguir que el paciente pueda mantener su autonomía, independencia y bienestar emocional y social mientras convive con la enfermedad y recibe tratamiento.
El principal desafío reside en cómo realizar esa medición. Existen numerosos instrumentos y son muy heterogéneos. Por ello, Vivir más y mejor propone un marco estructurado en tres niveles. El primero incluye instrumentos generales de calidad de vida que permitan comparar distintos tipos de cáncer. El segundo incorpora herramientas específicas para cada tumor. Finalmente, un tercer módulo se centra en los efectos secundarios y la toxicidad del tratamiento.
El informe propone combinar instrumentos generales, herramientas específicas de cada tumor y medidas sobre toxicidad del tratamiento
«Es muy fácil decir calidad de vida, pero cuando empiezas un poco a rascar ahí por capas», aparecen preguntas sobre cuándo, cómo y con qué calidad metodológica realizar la medición, ha advertido la Dra. Vera. Una fotografía puntual durante la consulta puede resultar insuficiente. Un paciente puede recibir tratamiento cada tres o cuatro semanas y, al preguntarle cómo se encuentra, no recordar todos los cambios experimentados durante ese periodo. «Te pierdes muchísima información», ha señalado.
Por ello, las mediciones de calidad de vida deben ser longitudinales para permitir un seguimiento a lo largo del tiempo. Además, la información recogida debe tener utilidad clínica. «Algo que registras, que luego analizas, pero con lo que no puedes tomar una decisión no sirve para nada«, ha afirmado Vera.
El informe propone establecer umbrales de decisión clínica que permitan determinar cuándo un cambio en la calidad de vida percibida por el propio paciente es suficientemente importante como para plantear un ajuste de la estrategia terapéutica. Las mediciones deben ser también reproducibles, representar adecuadamente a la población y resultar útiles tanto para el profesional como para las agencias que participan en las decisiones de financiación.
Mayor relevancia en el cáncer metastásico
La importancia que concede cada paciente a la calidad de vida puede variar según el momento de la enfermedad, ha explicado la Dra. Vera. En fases iniciales, un paciente puede aceptar durante un periodo determinado un deterioro de su calidad de vida si el objetivo del tratamiento es mejorar la supervivencia. La situación puede cambiar cuando se trata de una persona con enfermedad metastásica que lleva años en tratamiento y ha recibido varias líneas terapéuticas.
«Cuando el paciente es metastásico y ha recibido muchas líneas de tratamiento, cada vez tenemos más datos y más publicaciones. Cuando tú le preguntas a un paciente, prioriza calidad de vida frente a supervivencia«, ha indicado.
En estos escenarios adquieren especial relevancia la autonomía, la independencia y el mantenimiento de las relaciones sociales. Aunque la oncóloga ha reconocido que todavía «no tenemos una estructura real que lo incorpore», considera que se están dando pasos hacia su integración.
Uno de ellos es el Real Decreto 415/2026, de 27 de mayo, por el que se regula la evaluación de tecnologías sanitarias, aprobado en el marco del Reglamento europeo 2021/2282 sobre evaluación de tecnologías sanitarias. La nueva regulación incorpora la perspectiva del paciente y contempla la calidad de vida entre los criterios relevantes para la priorización de tecnologías sanitarias.
La integración de estas medidas exige que los datos lleguen al clínico y tengan un retorno visible para el propio paciente
Fernández considera que este nuevo marco supone un «paso adelante» para que la voz de los pacientes sea escuchada. No obstante, persisten barreras relacionadas con el tiempo, la complejidad y la desconfianza.
La presidenta de Almia ha defendido el desarrollo de plataformas intuitivas y dinámicas para facilitar que pacientes y familiares respondan a cuestionarios breves y validados sobre calidad de vida. También resulta fundamental que exista un retorno asistencial. Cuando el paciente comprueba que la información aportada tiene consecuencias sobre su tratamiento o su calidad de vida, «se vuelve mucho más participativo».
La Dra. Vera ha coincidido en que el reto tecnológico no está en la ausencia de herramientas. «Hay herramientas, hay millones de herramientas, hay apps, hay muchísimas soluciones digitales», ha señalado. La dificultad reside en integrarlas en la historia clínica y en los circuitos asistenciales. Además, deben diseñarse de manera que no supongan una carga adicional. «Tienen que ser aplicaciones o herramientas que no fatiguen al paciente porque, si no, no va a haber adherencia y las va a dejar de hacer», ha advertido.
La propuesta recogida en el informe apuesta precisamente por integrar las medidas reportadas por los pacientes en la historia clínica digital y establecer mecanismos de recogida remota. También plantea alertas ante deterioros relevantes, síntomas no controlados o toxicidades emergentes. «Si todo eso no tiene un feedback en el paciente, no conseguimos nada«, ha concluido la Dra. Vera.
Fernández ha destacado asimismo el papel del cuidador, especialmente cuando la situación del paciente no permite que sea él mismo quien complete las evaluaciones. En este sentido, ha defendido proporcionar formación a pacientes, familiares y profesionales para favorecer una participación efectiva.
El objetivo final, según plantea Vivir más y mejor, es que la calidad de vida deje de tener un papel meramente descriptivo y se incorpore de manera estructurada a la práctica clínica, la investigación y las decisiones de evaluación y financiación de los tratamientos oncológicos.








