Mi amigo, el profesor Javier García-Sancho

El autor ensalza la figura del fallecido profesor que "desarrolló sus investigaciones fisiofarmacológicas en dos terrenos: el estudio de la homeostasia celular del calcio y la utilización como fármaco para tratar algunas enfermedades, de células mesenquimales pluripotenciales"

Alzheimer

Dr. Antonio G. García, médico y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Teófilo Hernando
La amistad es un sentimiento mezcla de admiración y respeto por el otro. Está exenta de intereses espurios y la alimenta la generosidad. Además, la persona capaz de rodearse de amigos no deja sitio para los enemigos, como tan certeramente cantara en dos cuartetos el poeta cubano José Martí: «Cultivo una rosa blanca, / en junio como en enero, / para el amigo sincero / que me da su mano franca. / Para el cruel que me arranca / el corazón con que vivo, / cardos ni ortiga cultivo, / cultivo la rosa blanca». Describo aquí la génesis de mi amistad con el profesor Javier García-Sancho, generada en el marco de una rica y duradera colaboración científica.

Ya en los años de 1970 el Departamento de Bioquímica y Biología Molecular y Fisiología de la Facultad de Medicina, en la Universidad de Valladolid, gozaba de justa fama, dentro y fuera de España. Por una razón, allí reinaba la buena ciencia protagonizada por los profesores Carlos Belmonte, Roberto Gallego, Antonio Sillero, María Antonia Günter y Benito Herreros, entre otros. Benito Herreros fue un destacado bioquímico que impulsó la creación del Instituto de Biología y Genética Molecular, un centro mixto entre la Universidad de Valladolid y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, del que fue su primer director. El trabajo de laboratorio de Benito se relacionaba con los mecanismos de transporte de aminoácidos e iones a través de las membranas celulares. En aquel ambiente intelectual desarrollaría su tesis doctoral el profesor Javier García-Sancho, con la dirección de Benito Herreros.

«Mi duradera amistad con el profesor Javier García-Sancho se fraguó en el campo fisiofarmacológico del catión calcio mensajero y la neurosecreción suprarrenal de adrenalina»

Por aquel entonces había yo finalizado mi posdoctorado en la Universidad Estatal de Nueva York y me había incorporado a la Facultad de Medicina vallisoletana con una plaza de profesor agregado que me proporcionó mi director de tesis, profesor Pedro Sánchez García, que dirigía el Departamento de Farmacología y Terapéutica de Pucela. Recién llegado, tenía yo interés en familiarizarme con los temas, métodos y técnicas de investigación de varios departamentos de la Facultad de Medicina, que hacían buena investigación; en Farmacología disponíamos de exiguos recursos e infraestructuras y necesitaba con premura dar comienzo a mi propia línea de investigación en España, tras mi periplo posdoctoral estadounidense. Así que sintonicé con varios miembros de la Facultad, pero, particularmente con los del potente Departamento de Bioquímica, Biología Molecular y Fisiología.

Allí conocí a Javier, que estaba finalizando su tesis doctoral con la dirección de Benito Herreros, que presentaría y defendería poco después de mi llegada a la Facultad. La mañana de la presentación y defensa de su tesis, me presenté en el Aula de Grados para escuchar la disertación de Javier. Tras la finalización de la exposición, el presidente del tribunal evaluador pidió opiniones a los doctores de la sala, que podían hacer preguntas al doctor in pectore. Generalmente, cuando el presidente del tribunal invita a esos doctores a formular preguntas al candidato a doctor, dan la callada por respuesta. Pero yo venía de la Universidad Estatal de Nueva York en donde la discusión de las tesis doctorales duraba horas; por ello, estaba habituado a formular preguntas desde la audiencia en el estimulante entorno neoyorquino. Así que cuando el presidente del tribunal invitó a hacer preguntas al candidato Javier, no dudé en «entrar al trapo».

«Nos encontramos a mitad de la década de 1970, cuando Javier defendía su tesis doctoral y yo me encontraba en la audiencia, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid»

El tema de su tesis estaba relacionado con el transporte de levodopa, que todavía hoy se utiliza como eficaz fármaco en el tratamiento de los enfermos que sufren la enfermedad de Parkinson. Javier parecía complacido con mis preguntas, que contestaba con soltura una y otra vez. Habíamos creado una especie de diálogo sobre aspectos metodológicos y mecanismos de acción implicados en el transporte de levodopa, que el presidente tuvo a bien interrumpir porque nos estábamos alargando demasiado. En el marco de aquella dinámica discusión, de hace casi medio siglo, nacería mi amistad con Javier, que se enriqueció con los años.

Y se enriqueció sobre la base de una fructífera colaboración científica cuando Javier finalizara su posdoctorado en los Estados Unidos y el Reino Unido, para luego obtener una plaza de profesor en la Universidad de Cantabria y finalmente recalar en su alma mater vallisoletana, en cuyo Departamento de Bioquímica, Biología Molecular y Fisiología, y más tarde en el nuevo edificio del Instituto de Biología y Genética Molecular, que se construyó gracias a la gestión de Javier, este desarrollaría sus dos líneas principales de investigación: una básica relacionada con el estudio de los mecanismos implicados en el transporte de iones, particularmente del calcio; y la otra más traslacional relacionada con la utilización cómo fármacos de células madre mesenquimales de médula ósea humana para tratar ciertas enfermedades cardiovasculares y osteoarticulares.

En los años de 1990 y en la primera década del siglo XXI, nuestros laboratorios (el de Javier en Valladolid y el mío en la Universidad Autónoma de Madrid) desarrollaban estimulantes proyectos conjuntos de investigación. Y la sustancia que los unió fue el calcio, un pequeño catión mensajero implicado en una miríada de efectos fisiológicos reguladores; de ellos, nos interesó el estudio de los movimientos celulares del catión en la regulación de la liberación exocitótica de catecolaminas al espacio extracelular, tomando como modelo la célula cromafín de la glándula suprarrenal.

«La colaboración de su laboratorio vallisoletano y el mío en la Universidad Autónoma de Madrid alcanzó su cenit en las décadas de 1990 y de 2000»

Javier se interesó largos años por el estudio de las señales de calcio en diversos tipos de células excitables y no excitables. Para ello, incorporó a su excelente grupo de trabajo las técnicas más resolutivas que iban surgiendo, para seguir con precisión y finura los movimientos intracelulares de este catión. Trabajó en varios tipos celulares, pero hubo una etapa en que le interesaron particularmente las células secretoras del páncreas endocrino y la hipófisis. Vino a Madrid varias veces a darnos un seminario y también yo impartí en Valladolid algún seminario sobre mi célula favorita, la cromafín de la médula suprarrenal. Tenía yo interés en descifrar los mecanismos que regulaban el calcio en esta célula, tales como los canales de calcio de la membrana plasmática y algunas organelas subcelulares, principalmente la mitocondria y el retículo endoplásmico. Esta regulación condicionaría a su vez la secreción súbita de la adrenalina adrenomedular en la fisiológica respuesta de lucha o huida, que permite poner en guardia al organismo para sobrevivir ante una inesperada situación de violento estrés. A Javier le gustó el modelo de célula cromafín, que reunía todas las características de una neurona simpática excitable. Y decidimos colaborar: su laboratorio con técnicas muy resolutivas, temporal y espacialmente, para monitorizar los rápidos movimientos de entrada de calcio en la célula y su posterior redistribución en organelas; y el mío, con aproximaciones experimentales centradas en técnicas y metodologías de alta resolución electrofisiológica, para seguir en una sola célula cromafín la liberación de adrenalina mediante el fenómeno de fusión de membranas conocido como exocitosis.

Javier siempre se rodeó de brillantes colaboradores que, con su liderazgo, convirtieron su laboratorio en un referente internacional para el estudio de los movimientos celulares del calcio para descifrar su papel en la regulación de varios fenómenos fisiológicos, con el foco puesto en la neurosecreción. Se iniciaba el siglo XXI y los laboratorios de Madrid y Valladolid habíamos logrado hacer realidad algunas publicaciones conjuntas en destacadas revistas internacionales. Para celebrarlo, Javier nos invitó en su tierra natal, el histórico Arévalo, a una comida deliciosa en la que los miembros de ambos grupos hablamos de la buena ciencia y la pasión y expectativas generadas por tan franca, leal y eficaz colaboración. En años sucesivos se continuaría esta colaboración, siempre con la égida, la inteligencia y el entusiasmo de Javier.

«Con su numeroso grupo de competentes colaboradores, el laboratorio vallisoletano de Javier se erigió en un centro científico de referencia con proyección internacional»

Decía Stephen Hawking que las preguntas más complejas solo pueden afrontarse con curiosidad, conocimiento y una disposición permanente para explorar lo desconocido. El profesor Javier García-Sancho gozaba de estas tres cualidades en abundancia. El científico que Javier llevaba dentro no dejaba de darle vueltas a sus hipótesis e interpretación de los datos de su laboratorio. Una anécdota ilustra esta curiosidad:

Durante el verano, se hicieron clásicas las paellas en mi casa de Alpedrete, en la Sierra Madrileña; y en otoño, los guisos de níscalos en la casa de Javier, en Tudela de Duero. Compartimos estos gratos momentos de amistad y sabores, la familia de Javier (la profesora Ana Sánchez, su esposa, y Miguel y Carlos, sus hijos) y la mía (mi esposa, Estrella de Diego, y mis hijos, Antonio Miguel, Arturo y Estrella). Tras el postre, Javier y yo nos acomodábamos en lugares solitarios en los jardines de ambas casas. A veces dormitábamos, pero la mayor parte del tiempo Javier comenzaba a darle vueltas a las posibles interpretaciones de los datos experimentales y la génesis de nuevas hipótesis derivadas de experimentos recientes. De aquellas «siestas catárticas» siempre surgía algún nuevo experimento. En una ocasión se nos ocurrió escribir un extenso manuscrito que compendiara varias de las investigaciones que habíamos realizado conjuntamente y que dieron lugar a una curiosa hipótesis que acuñamos con el nombre de triada funcional: en ella aunamos tres de los elementos que en la célula cromafín de la glándula suprarrenal controlaban los movimientos de calcio y, por ende, la secreción explosiva de adrenalina en situaciones de estrés, a saber, los canales de calcio, el retículo endoplásmico y la mitocondria. Esta extensa revisión la publicamos en la revista internacional más relevante de fisiología, el Physiological Reviews.

«Nuestra colaboración científica generó una amistad franca y leal durante nuestras vidas académicas y familiares»

Durante la redacción de esta historia, a lo largo de varios meses, pude constatar algo que ya sospechaba: el dominio que Javier tenía de las matemáticas y su utilización para hacer los cálculos sobre los trasiegos de calcio en los distintos compartimentos de la célula. También, en la redacción de este detallado manuscrito, colofón de nuestra colaboración de más de dos décadas, pude constatar el profundo conocimiento que Javier tenía acerca del vasto campo de los movimientos celulares de iones y, particularmente del calcio. Ello me llevó a consultar con Javier, en muchas ocasiones, las dudas que surgían sobre el tema en mi propio laboratorio. La curiosidad y el conocimiento profundo de su campo de trabajo llevaban a Javier a adoptar una disposición permanente para explorar lo desconocido. Gozaba de estas cualidades en abundancia, que Hawking atribuía como esenciales para un buen científico.

Hay otra faceta científica que Javier cultivó con la profesora Ana Sánchez, su esposa, a través de la creación de la empresa Citospin, que facilitó ciertos tratamientos celulares en algunas enfermedades. Ello permitió a ambos, como médicos y doctores en medicina y fisiología que eran, dar un enfoque traslacional a sus respectivas vocaciones científicas.

En un opúsculo que escribió con motivo de mi jubilación, y en el que recordaba nuestra amistad y colaboración, Javier mencionaba la tumultuosa vida de la Universidad de Valladolid en los años setenta. Un estudiante de aquellos años, Andrés Trapiello, se convertiría en escritor, y Javier citó algún párrafo de su segunda novela, El buque fantasma (Plaza & Janés Editores, 1992), en la que Trapiello habla del Valladolid de la década de 1970 como una ciudad volcada en el cine, llena de cineclubs, filmotecas y festivales —no en vano albergaba un gran festival internacional de cine, la Seminci—. Según cuenta en el libro, cuando piensa en ella, Trapiello rememora la urbe castellana en blanco y negro, como las películas de los países del Este que veía, y siempre de noche, con llovizna y niebla, como solían recibirle las calles pucelanas al salir de la sala de cine.

Mi amigo Javier nos dejó el pasado julio de 2026. Dejo constancia en esta reflexión de mi recuerdo y pesar por la pérdida irreparable de mi amigo y mi pésame para su familia

Frío y niebla, sí, desde luego. Pero gentes que hablaban un castellano cristalino, también; y amistades profundas y duraderas, sin duda, como las de Javier García-Sancho y Ana Sánchez. Arte e historia en sus iglesias, como las de San Pablo o Santa María La Antigua y el Colegio de San Gregorio, hoy Museo Nacional de Escultura, una maravilla. Mis recuerdos de Valladolid son más luminosos que los de Trapiello. Por ejemplo, los frondosos jardines del Campo Grande en otoño y primavera; el amor contado por José Zorrilla en su afamado Tenorio; la narrativa sencilla, realista e impactante de las novelas de Miguel Delibes; o la emoción de contemplar las esculturas de la Piedad de Gregorio Fernández o la Magdalena penitente de Pedro de Mena.

Mi última visita a Valladolid fue el viernes 23 de julio pasado; en el tanatorio de Las Contiendas di mi último saludo y adiós al profesor Francisco Javier García-Sancho Martín y pude abrazar a Ana Sánchez y a sus hijos Miguel y Carlos. Mi amigo y recordado Javier emprendió el último viaje, el adiós definitivo de Juan Ramón Jiménez: «Y yo me iré, / y se quedarán los pájaros cantando; / y se quedará mi huerto, con su verde árbol, / y con su pozo blanco». Descansa en paz, amigo Javier.

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